Cuando, como muchos cofrades, me registré en el desaparecido Foro el Nazareno decidí utilizar un nick que reflejara algo de mí que me enorgulleciera. Por eso y no sin temer que muchos viesen en él al personajillo, tan habitual por estos lares, ansioso de trepar hacia un atril, decidí rebautizarme como pregonero_de_sevilla. Y es que pregonero de Sevilla no sólo lo soy yo, ni tampoco ese señor que cada primavera nos habla de lo que más amamos desde el Maestranza. Pregoneros de Sevilla somos todos los que vivimos enamorados de esta tierra, tenemos el atrevimiento de cantarla y a través de nuestra afición a las letras, dejar por escrito nuestras vivencias y nuestros sueños en torno a ella. Todos vosotros que reflejáis la ciudad en vuestros rincones, sois por tanto pregoneros de esta Sevilla nuestra.
Pero, como en cada gremio, tenemos unos maestros y esta semana pasada, en plena Feria, se nos marchó sin duda uno de los más grandes.
Don Antonio Garmendia era un tipo arrolladoramente original en todo lo que hacía. Desde muy niño lo veía pasear por mi barrio de la Alfalfa, me llamaba la atención su larga barba cana y aún recuerdo cuando, llegadas las fechas propias, mi madre me contaba que aquel señor era un paje de los Reyes...
Más tarde, cuando fui descubriendo la ciudad, sus personajes, su literatura y sus encantos, supe que Garmendia era un excelente escritor, un sevillano profundo y distinto, casi tan irónico como sembrado de gracia y hasta tuve el placer de conocerlo y de que me dedicara su libro "Historias y Leyendas de la Semana Santa" con las siguientes palabras: "A Enrique Henares junior, joven sabio cofradiero, con sincero afecto por su padre transmitido", a las que acompañaban una graciosa caricatura de su personalísimo perfil, demostrando que, además de un gran conocedor de Sevilla y de sus tradiciones, era un excelente dibujante.
En los últimos tiempos tuve el placer de sentirme compañero suyo en las páginas de Casco Antiguo y también de escucharle, de manera asidua por las mañanas, en el programa de Carlos Herrera, que junto a Antonio Burgos, en mi diaria visita a sus espacios periodísticos, fueron quienes me comunicaron la inesperada noticia de su muerte.
Descanse en paz el bueno de don Antonio Garmendia, pregonero de Sevilla, paseante de la ciudad de sus sueños, parroquiano y señor de sus tabernas, amante del tinto y bético confeso; pero sobre todo hermano de Santa Cruz, cofradía a la que cada año volverá a asomarse, desde el mostrador de los cielos, para tomar nota en su libreta de cómo el Cristo de las Misericordias mira atardecer el Martes Santo junto a la muralla del Alcázar.
30 abril 2007
23 abril 2007
Mi Feria
Lo siento queridos lectores, pero esta semana no puedo cantar las excelencias de la fiesta local coincidente con la publicación de la presente entrada. Y no es que odie la Feria ni nada por el estilo, simplemente es que no siento hacia ella ese vínculo que de manera innata sí mantengo con las otras celebraciones propias de esta ciudad.
Recuerdo desde niño pasos, muchos pasos, Semanas Santas imborrables en la memoria, cofradías de gloria, procesiones extraordinarias... Recuerdo lejanas vísperas de Corpus por las calles del centro y mañanas de juncia y romero, junto a mi abuela en las sillas de la plaza del Salvador. Recuerdo en las calores estivales noches de la Velá de Santa Ana, a la orilla del río y, días más tarde, creo que sólo una vez en mi vida, y de forma justificada, falté a la cita de cada 15 de Agosto con la Virgen a la que siempre acudo cuando algo me preocupa de verdad. Con la Feria no me ocurre lo mismo; lejanamente sí tengo grabados algunos mediodías de sol y albero, correteando por alguna caseta con mis primos mayores, pero después hay un vacío en mi mente hasta los tiempos más recientes, diez o doce años atrás, cuando comencé a ir solo.
Es curioso, la Feria tiene todo lo que me gusta: copitas, risas, colorido, niñas guapas, amigos para charlar de cofradías... pero, quizá porque no la he mamado y porque me resulta espantosamente incomoda, no me siento para nada cercano a ella. La gran mayoría de las veces, cuando voy, me lo pasó mejor que aquellos que tanto han insistido en llevarme; eso es una de las cosas que no me gustan de la Feria, la insistencia de la gente en que la tienes que vivir con la misma intensidad que ellos, si no es que eres un muermo, aunque durante el resto del año demuestres ser todo lo contrario y hayas crecido en el seno de una familia que le gusta la calle como a pocas.
Pese a todo, me encanta Sevilla en estos días; tiene en esta semana una luz especial, un ambiente muy agradable. Me gusta el bullicioso mediodía del centro, tomar en los alrededores del Hotel Colón o el Arenal una copa de vino de Jerez (la manzanilla está buena en Sanlúcar y el invento ese del rebujito en ninguna parte) y esperar a que llegue la hora de reencontrase con ese hermoso sueño de la primavera que es la Maestranza una tarde de farolillos. Y es que, como sabéis, la Feria que me hace disfrutar es la taurina.
Recuerdo desde niño pasos, muchos pasos, Semanas Santas imborrables en la memoria, cofradías de gloria, procesiones extraordinarias... Recuerdo lejanas vísperas de Corpus por las calles del centro y mañanas de juncia y romero, junto a mi abuela en las sillas de la plaza del Salvador. Recuerdo en las calores estivales noches de la Velá de Santa Ana, a la orilla del río y, días más tarde, creo que sólo una vez en mi vida, y de forma justificada, falté a la cita de cada 15 de Agosto con la Virgen a la que siempre acudo cuando algo me preocupa de verdad. Con la Feria no me ocurre lo mismo; lejanamente sí tengo grabados algunos mediodías de sol y albero, correteando por alguna caseta con mis primos mayores, pero después hay un vacío en mi mente hasta los tiempos más recientes, diez o doce años atrás, cuando comencé a ir solo.
Es curioso, la Feria tiene todo lo que me gusta: copitas, risas, colorido, niñas guapas, amigos para charlar de cofradías... pero, quizá porque no la he mamado y porque me resulta espantosamente incomoda, no me siento para nada cercano a ella. La gran mayoría de las veces, cuando voy, me lo pasó mejor que aquellos que tanto han insistido en llevarme; eso es una de las cosas que no me gustan de la Feria, la insistencia de la gente en que la tienes que vivir con la misma intensidad que ellos, si no es que eres un muermo, aunque durante el resto del año demuestres ser todo lo contrario y hayas crecido en el seno de una familia que le gusta la calle como a pocas.
Pese a todo, me encanta Sevilla en estos días; tiene en esta semana una luz especial, un ambiente muy agradable. Me gusta el bullicioso mediodía del centro, tomar en los alrededores del Hotel Colón o el Arenal una copa de vino de Jerez (la manzanilla está buena en Sanlúcar y el invento ese del rebujito en ninguna parte) y esperar a que llegue la hora de reencontrase con ese hermoso sueño de la primavera que es la Maestranza una tarde de farolillos. Y es que, como sabéis, la Feria que me hace disfrutar es la taurina.
17 abril 2007
La Maestranza más secreta
El pasado viernes tuve un privilegio al alcance de muy pocas personas. Me enviaron del periódico a la Real Maestranza, para visitar su desconocido museo, con el fin de realizar un reportaje sobre el mismo para el especial de Feria. La cita, una visita guiada, estaba concertada a las 9,15 de la mañana, antes de la apertura al público.
El museo recorre la historia de la tauromaquia local desde el siglo XVIII a nuestros días, pasando por la época de Goya y por los años dorados de la dualidad sevillana entre Joselito y Juan Belmonte, a comienzos del XX.
Pero como ya he señalado en el artículo, que en pocos días verá la luz, sin lugar a dudas, lo más interesante de la visita no es este curioso itinerario por las cuatro salas expositivas. Cuando Natalia, la señorita que me explicó hasta el más mínimo detalle del museo, me invitaba a visitar la pequeña capilla del patio de cuadrillas, sentí que veinte años acudiendo a ver toros en nuestra plaza no son los suficientes para conocerla.
A pocos metros, junto a la cuadra, se oían los primeros preparativos para la novillada que, horas más tarde, abriría el ciclo continuado de festejos. En el interior, quietud entre paredes blancas, la diminuta talla de la Virgen de los Dolores presidiendo; azulejos del Señor, de la Macarena, de la Caridad del Baratillo y dos velas rizadas, a buen seguro provenientes del paso de palio de esta ilustre vecina. Llaman nuestra atención otros tres azulejos con versos de poetas sevillanos: Rodríguez Buzón, Caro Romero y Manolo Lozano, alusivos a esos instantes mágicos, previos al inicio del paseíllo. En un rincón reposa un misterioso botijo de barro, Natalia soluciona nuestra duda, es el llamado "botijo del miedo", con el que los toreros refrescan la garganta seca antes de pisar el albero liados en el capote de paseo.
La belleza de este lugar se antoja insuperable, pero no lo es; apurada la escalera de uno de los accesos, pocas estampas más hermosas podremos contemplar en nuestra vida que la de una Maestranza solitaria y serena, cubierta por un cielo claro en el que el sol, por lo temprano aún de la hora, no ha terminado de imponerse en plenitud. Visión inesperada, sorpresiva, capaz de aunar la belleza propia del rincón en que nos encontramos, cuna y cima del toreo, con un sabor de secreto patio sevillano al descubrir tan despoblados sus tendidos.
De regreso, por las calles de ese pueblo que es el Arenal por las mañanas, pensamos que a eso de las 6, cuando acudamos a los toros, nos parecerá mentira haberla disfrutado de esta forma tan inusual. Así ocurrió y así ocurrirá desde entonces.
El museo recorre la historia de la tauromaquia local desde el siglo XVIII a nuestros días, pasando por la época de Goya y por los años dorados de la dualidad sevillana entre Joselito y Juan Belmonte, a comienzos del XX.
Pero como ya he señalado en el artículo, que en pocos días verá la luz, sin lugar a dudas, lo más interesante de la visita no es este curioso itinerario por las cuatro salas expositivas. Cuando Natalia, la señorita que me explicó hasta el más mínimo detalle del museo, me invitaba a visitar la pequeña capilla del patio de cuadrillas, sentí que veinte años acudiendo a ver toros en nuestra plaza no son los suficientes para conocerla.
A pocos metros, junto a la cuadra, se oían los primeros preparativos para la novillada que, horas más tarde, abriría el ciclo continuado de festejos. En el interior, quietud entre paredes blancas, la diminuta talla de la Virgen de los Dolores presidiendo; azulejos del Señor, de la Macarena, de la Caridad del Baratillo y dos velas rizadas, a buen seguro provenientes del paso de palio de esta ilustre vecina. Llaman nuestra atención otros tres azulejos con versos de poetas sevillanos: Rodríguez Buzón, Caro Romero y Manolo Lozano, alusivos a esos instantes mágicos, previos al inicio del paseíllo. En un rincón reposa un misterioso botijo de barro, Natalia soluciona nuestra duda, es el llamado "botijo del miedo", con el que los toreros refrescan la garganta seca antes de pisar el albero liados en el capote de paseo.
La belleza de este lugar se antoja insuperable, pero no lo es; apurada la escalera de uno de los accesos, pocas estampas más hermosas podremos contemplar en nuestra vida que la de una Maestranza solitaria y serena, cubierta por un cielo claro en el que el sol, por lo temprano aún de la hora, no ha terminado de imponerse en plenitud. Visión inesperada, sorpresiva, capaz de aunar la belleza propia del rincón en que nos encontramos, cuna y cima del toreo, con un sabor de secreto patio sevillano al descubrir tan despoblados sus tendidos.
De regreso, por las calles de ese pueblo que es el Arenal por las mañanas, pensamos que a eso de las 6, cuando acudamos a los toros, nos parecerá mentira haberla disfrutado de esta forma tan inusual. Así ocurrió y así ocurrirá desde entonces.
09 abril 2007
En el recuerdo
Hoy, Lunes de Pascua, la gélida e incierta en lo meteorológico Semana Santa de 2007, forma ya parte de esos recuerdos imperecederos para los sevillanos que, durante todo un año, aguardamos ansiosos la llegada de estos días de ensueño.
En lo particular comencé mis vivencias el Viernes de Dolores en el Claret, sacando junto a muchísimos amigos (ese y ningún otro fue el motivo de mi presencia allí) el paso del Señor de la Misión. Lo pasé genial, no sabéis como os agradezco a todos vuestro apoyo en los malos momentos que pasé unos días antes. Aún dentro de estas vísperas, la noche del Sábado de Pasión fue tan maravillosa como siempre: recorrido por los diferentes templos durante la puesta de flores, fraternal convivencia de los más íntimos dando cuenta de varios papelones de pescao frito en Triana, nervios, expectación...
Un día después amaneció la gloria y como siempre fue algo inolvidable: ilusión con la Paz, clasicismo y elegancia medida con Subterráneo por Doña María Coronel, vivencias únicas pegado al respiradero del palio lleno de sevillanía de Gracia y Esperanza, redescubrimiento de la Estrella de Triana... Un año más volvió esa sensación de no saber dejar de ver el paso de Cristo de San Julián, qué estampa más bella cuando lo vemos alejarse desde su trasera. Y cómo no, la cofradía completa de la Amargura y su paso de misterio, con esto sobran las palabras por repetitivas.
Llegaron otros días, otros momentos; la revirá increíble de las Mercedes del Tiro en la Puerta del Arenal, la de la Virgen de los Dolores con La Madrugá de vuelta a San Vicente, el mal rato en el Cerro que terminó de consumar el catarro que aún arrastro, San Bernardo (¡qué pedazo de cofradía!), el descubrimiento del misterio de la Lanzada de regreso por San Andrés, San Pedro un año más por la oscuridad de su plaza, la decepción del Jueves junto a la Victoria más hermosa que nunca, la belleza de la dolorosa de los ojos verdes por Cuna, a los sones de Valle de Sevilla...
Y llegó la Madrugá, y con ella el Señor de rostro limpio y poderoso andar y el palio del Mayor Dolor y Traspaso, increíble que después de verlo caminar haya gente que siga defendiendo que la exclusividad de los palios en Sevilla la tiene Antonio Santiago. Volvió la Esperanza de Triana de los azulejos, volvimos a amanecer junto al Calvario; y cómo no, volvieron a empañarse nuestras miradas junto a la más hermosa de las mujeres, cuando caminábamos a su vera de regreso por Feria, hasta perder la trasera de su paso por la calle Amargura, tras cruzar el mercado.
El Viernes tuvo la luz de siempre, la estampa antigua del Cachorro contrastando con los toldos del puente que lleva su nombre, el sabor a cofradías de ayer de la Carretería, San Isidoro y la Mortaja y, como broche final, el regreso de Montserrat, paseando como pocas cuadrillas lo han hecho a su paso de Cristo y admirándonos con la elegante belleza de su dolorosa. ¡Qué pena seguir sin poder disfrutar de esta jornada en todo su esplendor!
Lo del Sábado, con su epílogo eterno en San Lorenzo, porque es allí y en ninguna otra parte donde termina la Semana Santa, fue un sueño cumplido bajo la Piedad de los Servitas. La reafirmación (ahora me enorgullezco de decirlo con conocimiento de causa, al haber conocido lo opuesto) de que no hay cuadrillas como las de los Villanueva. ¿Disfrutaste amigo calleferia?
Sí, un año más todo concluyó, pero allá en el Arenal, desde la azotea de una plaza de toros recién encalada, podemos certificar que la primavera sigue atardeciendo cada día sobre las aguas de un río que se enamoró de esta ciudad, en la que nunca se dejan de vivir cosas hermosas.
En lo particular comencé mis vivencias el Viernes de Dolores en el Claret, sacando junto a muchísimos amigos (ese y ningún otro fue el motivo de mi presencia allí) el paso del Señor de la Misión. Lo pasé genial, no sabéis como os agradezco a todos vuestro apoyo en los malos momentos que pasé unos días antes. Aún dentro de estas vísperas, la noche del Sábado de Pasión fue tan maravillosa como siempre: recorrido por los diferentes templos durante la puesta de flores, fraternal convivencia de los más íntimos dando cuenta de varios papelones de pescao frito en Triana, nervios, expectación...
Un día después amaneció la gloria y como siempre fue algo inolvidable: ilusión con la Paz, clasicismo y elegancia medida con Subterráneo por Doña María Coronel, vivencias únicas pegado al respiradero del palio lleno de sevillanía de Gracia y Esperanza, redescubrimiento de la Estrella de Triana... Un año más volvió esa sensación de no saber dejar de ver el paso de Cristo de San Julián, qué estampa más bella cuando lo vemos alejarse desde su trasera. Y cómo no, la cofradía completa de la Amargura y su paso de misterio, con esto sobran las palabras por repetitivas.
Llegaron otros días, otros momentos; la revirá increíble de las Mercedes del Tiro en la Puerta del Arenal, la de la Virgen de los Dolores con La Madrugá de vuelta a San Vicente, el mal rato en el Cerro que terminó de consumar el catarro que aún arrastro, San Bernardo (¡qué pedazo de cofradía!), el descubrimiento del misterio de la Lanzada de regreso por San Andrés, San Pedro un año más por la oscuridad de su plaza, la decepción del Jueves junto a la Victoria más hermosa que nunca, la belleza de la dolorosa de los ojos verdes por Cuna, a los sones de Valle de Sevilla...
Y llegó la Madrugá, y con ella el Señor de rostro limpio y poderoso andar y el palio del Mayor Dolor y Traspaso, increíble que después de verlo caminar haya gente que siga defendiendo que la exclusividad de los palios en Sevilla la tiene Antonio Santiago. Volvió la Esperanza de Triana de los azulejos, volvimos a amanecer junto al Calvario; y cómo no, volvieron a empañarse nuestras miradas junto a la más hermosa de las mujeres, cuando caminábamos a su vera de regreso por Feria, hasta perder la trasera de su paso por la calle Amargura, tras cruzar el mercado.
El Viernes tuvo la luz de siempre, la estampa antigua del Cachorro contrastando con los toldos del puente que lleva su nombre, el sabor a cofradías de ayer de la Carretería, San Isidoro y la Mortaja y, como broche final, el regreso de Montserrat, paseando como pocas cuadrillas lo han hecho a su paso de Cristo y admirándonos con la elegante belleza de su dolorosa. ¡Qué pena seguir sin poder disfrutar de esta jornada en todo su esplendor!
Lo del Sábado, con su epílogo eterno en San Lorenzo, porque es allí y en ninguna otra parte donde termina la Semana Santa, fue un sueño cumplido bajo la Piedad de los Servitas. La reafirmación (ahora me enorgullezco de decirlo con conocimiento de causa, al haber conocido lo opuesto) de que no hay cuadrillas como las de los Villanueva. ¿Disfrutaste amigo calleferia?
Sí, un año más todo concluyó, pero allá en el Arenal, desde la azotea de una plaza de toros recién encalada, podemos certificar que la primavera sigue atardeciendo cada día sobre las aguas de un río que se enamoró de esta ciudad, en la que nunca se dejan de vivir cosas hermosas.
28 marzo 2007
Últimas impresiones
Compruebo en vuestros blogs que no soy el único que en estos días no tiene tiempo ni ganas de escribir, pero el cariño con que honráis este rincón hace que al menos os deje mis últimas impresiones, antes de que amanezca el Domingo más hermoso de la primavera.
Todo parece comenzar y empezar a acabar en la mañana dorada y expectante de la mudá de la Amargura. Plaza repleta, botellines fresquitos, vieja parihuela, canasto cubierto de maderas y figuras enfundadas en sábanas. Son las primeras sensaciones, la primera vez que sentimos ganas de detener el tiempo en un Domingo en que Valle y Estrella, cita con la belleza, tienden sus manos para que las besemos.
Todo continua cuando acaba el pregón, alturas del teatro de la Maestranza, ovación cerrada a un hombre con hechuras de estar tocando el cielo, repeluco recorriendo los cuerpos de un grupo de amigos impecablemente vestidos. Todo se sucede, hay otras risas, más bromas que nunca, más alegría durante el almuerzo compartido, durante la tarde hermosa y tibia en que recorremos la ciudad y sus templos.
Llega la semana previa, se pasará volando entre tertulias, nervios, incertidumbres meteorológicas, traslados y preparativos anualmente repetidos. Se cumplen los ritos, pero uno sobre todos. No se lo pierdan, está en la Basílica, en su palio y sin candelería...
Pd: a todos mis lectores la mejor Semana Santa de sus vidas (esa que siempre está por llegar). Cuando la nostalgia nos invada, espero no dejar de contar con vuestra compañía para juntos seguir soñando y pregonando Sevilla.
Todo parece comenzar y empezar a acabar en la mañana dorada y expectante de la mudá de la Amargura. Plaza repleta, botellines fresquitos, vieja parihuela, canasto cubierto de maderas y figuras enfundadas en sábanas. Son las primeras sensaciones, la primera vez que sentimos ganas de detener el tiempo en un Domingo en que Valle y Estrella, cita con la belleza, tienden sus manos para que las besemos.
Todo continua cuando acaba el pregón, alturas del teatro de la Maestranza, ovación cerrada a un hombre con hechuras de estar tocando el cielo, repeluco recorriendo los cuerpos de un grupo de amigos impecablemente vestidos. Todo se sucede, hay otras risas, más bromas que nunca, más alegría durante el almuerzo compartido, durante la tarde hermosa y tibia en que recorremos la ciudad y sus templos.
Llega la semana previa, se pasará volando entre tertulias, nervios, incertidumbres meteorológicas, traslados y preparativos anualmente repetidos. Se cumplen los ritos, pero uno sobre todos. No se lo pierdan, está en la Basílica, en su palio y sin candelería...
Pd: a todos mis lectores la mejor Semana Santa de sus vidas (esa que siempre está por llegar). Cuando la nostalgia nos invada, espero no dejar de contar con vuestra compañía para juntos seguir soñando y pregonando Sevilla.
15 marzo 2007
De azul y plata
No sé por qué cada noche víspera de Domingo de Ramos, cuando entro en San Julián por la puerta de la casa de hermandad y me reencuentro con el paso personalísimo del crucificado de la Buena Muerte con la Magdalena a sus pies, siento ese cosquilleo en el estómago. No sé por qué ese instante, en que el ajetreo desbordado de los preparativos florales llena de vida el templo, es para mí quizás el más feliz del año, aquel en que se toca con las manos lo soñado, pero a la vez aún no se vive como para poder sentir la nostalgia primera de perderlo.
No sé por qué desde muy niño aquellos nazarenos azules despiertan en mí sentimientos muy especiales. Quizá sea el colorido de la cofradía, quizás esa composición perfecta del Señor en la Cruz contemplado por una mujer guapa y rota de dolor, quizá los sonidos eternos de Arahal, quizá la belleza castiza de la Virgen de la Hiniesta... No lo sé, pero me sigue llamando la atención que siempre sentí como mía propia esta hermandad de la que hasta hace poco apenas conocía algún hermano, que no se vincula al corte de las que siempre frecuenté, que no está especialmente cercana a mi casa...
Puede que el encanto de la Hiniesta radique en su sevillanía. La Hiniesta de salida por el Pumarejo, por la calle Feria o enmarcada entre las columnas de la Alameda es Domingo de Ramos en estado puro. Su paso de Cristo de regreso por Doña María Coronel, acariciado por el azahar de los naranjos y por la primera brisa de la noche primaveral, es estampa usual de la Semana Santa de nuestros días y cita ineludible para buenos cofrades en las postrimerías de la jornada de los sueños cumplidos.
Sí, hay mucha Sevilla en esta cofradía, como la hay en su barrio de espadañas y huertos conventuales, de cal en las fachadas, de casas derruidas, de modernos bloques de pisos viveros de sus niños nazarenos, de tabernas y pequeños talleres artesanos.
Nunca he sido hermano y quizá nunca lo seré porque no se rompa esa magia que siempre tuvimos entre nosotros. La Hiniesta es para mí ese amor imposible que disfrutas sólo con mirarlo, esa debilidad de todos conocida y muchos compartida, esa imagen grabada de un día o de una fecha concreta, ese símbolo de lo anhelado durante todo un año...
La Hiniesta es como un novillero que allá donde toree, por muy lejos que esté, se anuncia como "de Sevilla" y a Sevilla siempre regresa. Cuentan las crónicas que tiene una costumbre de siglos; cada Domingo de Ramos vuelve a debutar hecho Semana Santa, en la Puerta de Córdoba y vistiendo un traje azul y plata. Mientras siga teniendo salud jamás faltaré entre su público.
No sé por qué desde muy niño aquellos nazarenos azules despiertan en mí sentimientos muy especiales. Quizá sea el colorido de la cofradía, quizás esa composición perfecta del Señor en la Cruz contemplado por una mujer guapa y rota de dolor, quizá los sonidos eternos de Arahal, quizá la belleza castiza de la Virgen de la Hiniesta... No lo sé, pero me sigue llamando la atención que siempre sentí como mía propia esta hermandad de la que hasta hace poco apenas conocía algún hermano, que no se vincula al corte de las que siempre frecuenté, que no está especialmente cercana a mi casa...
Puede que el encanto de la Hiniesta radique en su sevillanía. La Hiniesta de salida por el Pumarejo, por la calle Feria o enmarcada entre las columnas de la Alameda es Domingo de Ramos en estado puro. Su paso de Cristo de regreso por Doña María Coronel, acariciado por el azahar de los naranjos y por la primera brisa de la noche primaveral, es estampa usual de la Semana Santa de nuestros días y cita ineludible para buenos cofrades en las postrimerías de la jornada de los sueños cumplidos.
Sí, hay mucha Sevilla en esta cofradía, como la hay en su barrio de espadañas y huertos conventuales, de cal en las fachadas, de casas derruidas, de modernos bloques de pisos viveros de sus niños nazarenos, de tabernas y pequeños talleres artesanos.
Nunca he sido hermano y quizá nunca lo seré porque no se rompa esa magia que siempre tuvimos entre nosotros. La Hiniesta es para mí ese amor imposible que disfrutas sólo con mirarlo, esa debilidad de todos conocida y muchos compartida, esa imagen grabada de un día o de una fecha concreta, ese símbolo de lo anhelado durante todo un año...
La Hiniesta es como un novillero que allá donde toree, por muy lejos que esté, se anuncia como "de Sevilla" y a Sevilla siempre regresa. Cuentan las crónicas que tiene una costumbre de siglos; cada Domingo de Ramos vuelve a debutar hecho Semana Santa, en la Puerta de Córdoba y vistiendo un traje azul y plata. Mientras siga teniendo salud jamás faltaré entre su público.
07 marzo 2007
La Dolorosa que enamoró a un Rey
¿Qué importa dónde esté? A buen seguro que su lugar no es una capilla revestida por oscuros ladrillos y enclavada en un barrio tan poco sevillano como impersonal (que nadie se me enfade). Pero, eso qué más da... La Victoria es infinitamente hermosa porque así la hizo Dios, o Juan de Mesa, atribución fundada en que tanta belleza no pudo estar al alcance de cualquiera. Qué más da quién la hizo...
Amargura, Valle, Estrella, Esperanza Macarena y entre ellas, en mis predilecciones, siempre la dulce Victoria de las Cigarreras. Victoria Cigarrera llegando a la Campana en mi niñez, con la Banda de Tejera tras su paso; Victoria Cigarrera en aquella calurosa madrugada de 1992, regresando desde el Salvador a los Remedios y cruzando el Puente de San Telmo con el telón de fondo de la Velá de Santa Ana; Victoria Cigarrera de mis primeras Semanas Santas con los amigos, recorriendo Triana de salida, tocada por el sol inconfundible del Jueves reluciente...
A buen seguro no os descubro nada. Llevaréis muchos años viéndola llorar por Sevilla, en su regio y majestuoso paso de palio, ejemplo de buen gusto y de delicada y cuidada armonía. Faltan palabras en el mundo y en el vocabulario de servidor de ustedes para describir esa mirada suya de ojos bajos, vencidos pese a su incuestionable Victoria; faltan palabras para calificar con precisión en qué instante de la tarde del Jueves Santo se desborda su dolor sereno.
Faltan palabras para poder contaros lo que se siente bajo su paso, donde el destino me llevó a conocer la más auténtica Semana Santa, la del sudor y el compañerismo, hermanados en el esfuerzo por lograr culminar de manera exitosa el trabajo bien hecho. No sabría deciros con palabras qué se siente al mirarla, entre la cera consumida, cuando todo concluye; todo menos su llanto, liberado a cuenta gotas mientras pequeños sollozos parecen escapar de entre sus finos labios de niña sevillana.
Es difícil encontrar palabras para expresar todo lo que Ella encierra, quizá por eso nunca fue tan cantada como otras. Quizá por eso el mejor de los versos que se le podría escribir a la Virgen de la Victoria es el de contemplarla, contemplarla y dejar que te vaya enamorando, como enamoró a un Rey..., y a un costalero.
Amargura, Valle, Estrella, Esperanza Macarena y entre ellas, en mis predilecciones, siempre la dulce Victoria de las Cigarreras. Victoria Cigarrera llegando a la Campana en mi niñez, con la Banda de Tejera tras su paso; Victoria Cigarrera en aquella calurosa madrugada de 1992, regresando desde el Salvador a los Remedios y cruzando el Puente de San Telmo con el telón de fondo de la Velá de Santa Ana; Victoria Cigarrera de mis primeras Semanas Santas con los amigos, recorriendo Triana de salida, tocada por el sol inconfundible del Jueves reluciente...
A buen seguro no os descubro nada. Llevaréis muchos años viéndola llorar por Sevilla, en su regio y majestuoso paso de palio, ejemplo de buen gusto y de delicada y cuidada armonía. Faltan palabras en el mundo y en el vocabulario de servidor de ustedes para describir esa mirada suya de ojos bajos, vencidos pese a su incuestionable Victoria; faltan palabras para calificar con precisión en qué instante de la tarde del Jueves Santo se desborda su dolor sereno.
Faltan palabras para poder contaros lo que se siente bajo su paso, donde el destino me llevó a conocer la más auténtica Semana Santa, la del sudor y el compañerismo, hermanados en el esfuerzo por lograr culminar de manera exitosa el trabajo bien hecho. No sabría deciros con palabras qué se siente al mirarla, entre la cera consumida, cuando todo concluye; todo menos su llanto, liberado a cuenta gotas mientras pequeños sollozos parecen escapar de entre sus finos labios de niña sevillana.
Es difícil encontrar palabras para expresar todo lo que Ella encierra, quizá por eso nunca fue tan cantada como otras. Quizá por eso el mejor de los versos que se le podría escribir a la Virgen de la Victoria es el de contemplarla, contemplarla y dejar que te vaya enamorando, como enamoró a un Rey..., y a un costalero.
03 marzo 2007
Viernes de Marzo en el Cautivo
Este primer viernes de Marzo que vivimos ayer sigue teniendo un sabor muy especial. El tiempo parece detenerse entre tanta polémica y debate cuaresmal y regresar a lo que siempre fueron y serán estas horas.
Esta jornada, como estos viernes cuaresmales en general, es quizás uno de esos tesoros mantenidos por las viejas costumbres y usos sevillanos. Primer viernes de Marzo y sábado siguiente en los que visitar al Dulcísimo Nazareno de San Antonio Abad; primavera presentida en el atrio, incienso y lirios, pie adelantado... Primer viernes de Marzo en la Casa de Pilatos; atardecida tenue, galerías de un hermoso patio, faroles encendidos, apunte de cuaresmas lejanas camino de la Cruz del Campo... Primer viernes de Marzo en el Tiro de Línea, en San Lorenzo, en la Puerta de Carmona...
Los viernes de Cuaresma retornan a mi mente los recuerdos de las largas colas del besapiés de Jesús Cautivo; ya no son tan largas, pero allí sigue el Cautivo, atemporal, recibiendo el peso de la devoción de una ciudad. Recuerdo regresar del colegio o del instituto y ver aquellos auténticos regueros humanos por Descalzos, por la Pila del Pato... San Ildefonso se hace la plaza principal de un pueblo; ajetreo, vendedores de recuerdos, pedigüeños que animan un paisaje diariamente tranquilo y secreto; rincón de paz donde la belleza de lo desconocido se da cita en hermosas casas de patio, en las gemelas torres de aire colonial de la parroquia, en el torno de las yemas, en el balconcito siempre cerrado, clavado en las cales del convento, desde donde el alma de Rodríguez Buzón despide a Gracia y Esperanza cada noche de Domingo de Ramos, porque Caballerizas ya no es lo que era...
El Cautivo en su templo, junto a la Virgen de los Sastres y a esa dolorosa de Astorga tan parecida a la Presentación, sigue significando mucho para estos viernes cercanos a los días soñados. Él no sabe de Semana Santa, pero sabe mucho de la verdad de la Cuaresma y también de Sevilla.
Esta jornada, como estos viernes cuaresmales en general, es quizás uno de esos tesoros mantenidos por las viejas costumbres y usos sevillanos. Primer viernes de Marzo y sábado siguiente en los que visitar al Dulcísimo Nazareno de San Antonio Abad; primavera presentida en el atrio, incienso y lirios, pie adelantado... Primer viernes de Marzo en la Casa de Pilatos; atardecida tenue, galerías de un hermoso patio, faroles encendidos, apunte de cuaresmas lejanas camino de la Cruz del Campo... Primer viernes de Marzo en el Tiro de Línea, en San Lorenzo, en la Puerta de Carmona...
Los viernes de Cuaresma retornan a mi mente los recuerdos de las largas colas del besapiés de Jesús Cautivo; ya no son tan largas, pero allí sigue el Cautivo, atemporal, recibiendo el peso de la devoción de una ciudad. Recuerdo regresar del colegio o del instituto y ver aquellos auténticos regueros humanos por Descalzos, por la Pila del Pato... San Ildefonso se hace la plaza principal de un pueblo; ajetreo, vendedores de recuerdos, pedigüeños que animan un paisaje diariamente tranquilo y secreto; rincón de paz donde la belleza de lo desconocido se da cita en hermosas casas de patio, en las gemelas torres de aire colonial de la parroquia, en el torno de las yemas, en el balconcito siempre cerrado, clavado en las cales del convento, desde donde el alma de Rodríguez Buzón despide a Gracia y Esperanza cada noche de Domingo de Ramos, porque Caballerizas ya no es lo que era...
El Cautivo en su templo, junto a la Virgen de los Sastres y a esa dolorosa de Astorga tan parecida a la Presentación, sigue significando mucho para estos viernes cercanos a los días soñados. Él no sabe de Semana Santa, pero sabe mucho de la verdad de la Cuaresma y también de Sevilla.
21 febrero 2007
Los caminos del gozo
Hace unos días que le daba vueltas a lo que hoy, fecha inicial del tiempo cuaresmal, escribiría en este nuestro rincón común. Pero ha sido esta misma mañana, leyendo el blog de mi amigo Migue y tras revivir a través de su fantástica y desconocida prosa uno de esos instantes mágicos que nos lega la Semana Santa, cuando he tomado la decisión de hablaros acerca de cómo veo el camino que nos lleva desde estas horas a aquellas otras tan distintas.
El de hoy es el día de los recuerdos imborrables de esos Miércoles de Ceniza nerviosos de nuestros años de colegio e instituto; años en los que el Domingo de Ramos, en este punto y hora, nos parecía mucho más cercano de lo que aún está. Y es verdaderamente hermoso que no esté tan cerca, porque de este modo y no de otro, podremos y sabremos disfrutar de cada uno de los pequeños detalles que conforman este trayecto hacia los gozos de cada primavera.
Podremos y sabremos disfrutar de ese cosquilleo mirando el calendario, contando los Domingos que faltan, hacedlo, ¿habéis visto qué poquitos parecen?; podremos y sabremos disfrutar de esa primera torrija que sabe tan distinta a la que nos deja nuestra madre para cuando volvemos de ver cofradías; podremos y sabremos disfrutar de esas atardecidas, cada vez más largas, más luminosas y más tibias y que nos parecen, año tras año, el más bello pregón posible de la Semana Santa . Pese a todo, nos resultará paradójico como a pesar de lo que estamos disfrutando, sólo querremos que el tiempo pase, raudo y veloz, hacía una fecha única y marcada.
Llegarán los pasos a las iglesias; llegarán ese Viernes y ese Sábado de ritos anuales e ineludibles, para sentirnos plenamente felices y predispuestos; y por fin, amanecerá el más hermoso día que Dios nos pudo regalar.
En él nos desbordarán tantas emociones vividas, tantos momentos ..., pero llegarán las horas finales y será entonces cuando, como bien dices Migue, querremos detener el tiempo en esa última vuelta del Herodes en la oscuridad de San Juan de la Palma. Hasta entonces no nos habremos dado cuenta, pero en aquel instante sabremos que, cuando llegue el paso de palio y como si fuera un sueño pase ante nosotros, revire para dar cara al pueblo y entre en su templo, habrán concluido de nuevo los días en los que más gozamos de nuestra existencia. Queda mucha Semana Santa sí, pero si lo vivido hasta ese punto no es distinto, ¿por qué nos queda ese vacío en el alma cuando entra la Amargura?
El de hoy es el día de los recuerdos imborrables de esos Miércoles de Ceniza nerviosos de nuestros años de colegio e instituto; años en los que el Domingo de Ramos, en este punto y hora, nos parecía mucho más cercano de lo que aún está. Y es verdaderamente hermoso que no esté tan cerca, porque de este modo y no de otro, podremos y sabremos disfrutar de cada uno de los pequeños detalles que conforman este trayecto hacia los gozos de cada primavera.
Podremos y sabremos disfrutar de ese cosquilleo mirando el calendario, contando los Domingos que faltan, hacedlo, ¿habéis visto qué poquitos parecen?; podremos y sabremos disfrutar de esa primera torrija que sabe tan distinta a la que nos deja nuestra madre para cuando volvemos de ver cofradías; podremos y sabremos disfrutar de esas atardecidas, cada vez más largas, más luminosas y más tibias y que nos parecen, año tras año, el más bello pregón posible de la Semana Santa . Pese a todo, nos resultará paradójico como a pesar de lo que estamos disfrutando, sólo querremos que el tiempo pase, raudo y veloz, hacía una fecha única y marcada.
Llegarán los pasos a las iglesias; llegarán ese Viernes y ese Sábado de ritos anuales e ineludibles, para sentirnos plenamente felices y predispuestos; y por fin, amanecerá el más hermoso día que Dios nos pudo regalar.
En él nos desbordarán tantas emociones vividas, tantos momentos ..., pero llegarán las horas finales y será entonces cuando, como bien dices Migue, querremos detener el tiempo en esa última vuelta del Herodes en la oscuridad de San Juan de la Palma. Hasta entonces no nos habremos dado cuenta, pero en aquel instante sabremos que, cuando llegue el paso de palio y como si fuera un sueño pase ante nosotros, revire para dar cara al pueblo y entre en su templo, habrán concluido de nuevo los días en los que más gozamos de nuestra existencia. Queda mucha Semana Santa sí, pero si lo vivido hasta ese punto no es distinto, ¿por qué nos queda ese vacío en el alma cuando entra la Amargura?
15 febrero 2007
Sobre Montoto y una esquina sevillana
Además de por los libros de José María de Mena, un autor que ha aficionado a leer sobre Sevilla a un gran número de gente, seguro que muchos de vosotros comenzasteis como yo a curiosear sobre estos temas, a través de las obras imprescindibles de don Santiago Montoto, el llamado patriarca de las letras sevillanas.
Don Santiago publicó muchos libros sobre Sevilla, algunos directamente como tales y otros recopilatorios, de artículos y opiniones en prensa, llevados a cabo por sus muchos discípulos. El que nos ocupa pertenece a este segundo tipo y es un ejemplar gastado, por el mucho uso que le di durante algún tiempo, que permanece en la biblioteca de mi casa bajo el título muy sugerente de "Esquinas y Conventos de Sevilla".
Hace unos días lo rescaté y, echando un vistazo al índice, llamó mi atención la primera de las esquinas (algunas no son ni siquiera tales) a la que se refiere el escritor nacido en la calle Levíes. Ésta no es otra que la de la Cabeza del Rey Don Pedro.
Se trata de un lugar que desde pequeño llamó mucho mi atención. Me resultaba atractivo conocer que aquella famosa leyenda de La Vieja del Candilejo se había supuestamente desarrollado tan cercana al balcón de mi propia casa, que asoma a la calle Almirante Hoyos, aquella que desemboca frente a la cabeza del rey, para unos Cruel, para otros Justiciero.
Mi curiosidad infantil hacía que imaginara aquella escena, e incluso intentaba averiguar qué lugar ocuparía en la encrucijada aquella casa a la que se asomó una señora con un candil en la mano, dejándolo caer asustada al contemplar como uno de los dos combatientes caía herido de muerte en la madrugada.
Don Santiago publicó muchos libros sobre Sevilla, algunos directamente como tales y otros recopilatorios, de artículos y opiniones en prensa, llevados a cabo por sus muchos discípulos. El que nos ocupa pertenece a este segundo tipo y es un ejemplar gastado, por el mucho uso que le di durante algún tiempo, que permanece en la biblioteca de mi casa bajo el título muy sugerente de "Esquinas y Conventos de Sevilla".
Hace unos días lo rescaté y, echando un vistazo al índice, llamó mi atención la primera de las esquinas (algunas no son ni siquiera tales) a la que se refiere el escritor nacido en la calle Levíes. Ésta no es otra que la de la Cabeza del Rey Don Pedro.
Se trata de un lugar que desde pequeño llamó mucho mi atención. Me resultaba atractivo conocer que aquella famosa leyenda de La Vieja del Candilejo se había supuestamente desarrollado tan cercana al balcón de mi propia casa, que asoma a la calle Almirante Hoyos, aquella que desemboca frente a la cabeza del rey, para unos Cruel, para otros Justiciero.
Mi curiosidad infantil hacía que imaginara aquella escena, e incluso intentaba averiguar qué lugar ocuparía en la encrucijada aquella casa a la que se asomó una señora con un candil en la mano, dejándolo caer asustada al contemplar como uno de los dos combatientes caía herido de muerte en la madrugada.
08 febrero 2007
Un trozo imprescindible de Viernes Santo
Decir que la celebración del Viernes Santo tiene una importancia fundamental para todo cristiano me parece una obviedad, pero nunca es mal asunto recordar este tipo de cosas. Sin embargo, decir que en nuestra ciudad es una de las jornadas procesionales más completas en todos los aspectos, quizás sorprenda a muchos sevillanos, e incluso a otros tantos "nuevos cofrades" faltos de cierta sensibilidad.
Para aquellos que vuestro amor y respeto por nuestras tradiciones más íntimas os permiten apreciar esos pequeños detalles, no será un descubrimiento que os hable de esa luz peculiar de la tarde del Viernes Santo. No sé si habéis acertado a comprobar como las cinco de la tarde de este día, cuando el barco romántico de la Carretería avanza majestuoso por el entorno de la Plaza Nueva, no tienen absolutamente nada que ver en su luz con las del ilusionante Domingo de Ramos, o con las del aún más cercano Jueves Santo. Hasta ese aspecto, para muchos intrascendente e inapreciable, es partícipe de la fina elegancia de este día que parece hecho a medida de sus maravillosas siete hermandades.
El Viernes Santo, por esa luz descrita, por su público tan distinto al del resto de la semana, por sus cofradías..., tiene para quien os habla un encanto exclusivo. Debo confesaros que no es ajeno a ello una hermandad, la de las Tres Caídas de San Isidoro, casi tan mía como las propias, e incluso alguna vez he confesado que hasta un poquito más.
Sus dos imágenes forman parte de mis recuerdos infantiles, cuando acudía cada Domingo a Misa a la sede provisional de la Parroquia en sus años de cierre, a causa de las obras. Reabierta la misma, el paso de palio de la Virgen de Loreto constituía en mis inquietas tardes cuaresmales ese monumento a la ilusión que cada cofrade ve crecer, casi mágicamente, muy cerca de su casa; quién me iba a decir a mí, por aquellos entonces, que un buen día y gracias al inolvidable privilegio brindado por un excelente prioste y mejor amigo, iba a poder disfrutar con mis propios ojos de la ceremonia íntima y hermosísima de la subida de la Virgen de Loreto a su paso...
Muchos han sido los buenos ratos vividos en su casa, muchas las buenas gentes conocidas en ella; pero por encima de todo, mi cercanía física y sentimental con esta hermandad me ha servido para valorarla como tal, tanto por su activa labor y vida diaria como por su presencia en nuestras calles, tras tres años más imprescindible que nunca, llenando de sabor añejo e infinito buen gusto ese aire personal y envolvente de una de las tardes más bellas de la Semana Santa.
Para aquellos que vuestro amor y respeto por nuestras tradiciones más íntimas os permiten apreciar esos pequeños detalles, no será un descubrimiento que os hable de esa luz peculiar de la tarde del Viernes Santo. No sé si habéis acertado a comprobar como las cinco de la tarde de este día, cuando el barco romántico de la Carretería avanza majestuoso por el entorno de la Plaza Nueva, no tienen absolutamente nada que ver en su luz con las del ilusionante Domingo de Ramos, o con las del aún más cercano Jueves Santo. Hasta ese aspecto, para muchos intrascendente e inapreciable, es partícipe de la fina elegancia de este día que parece hecho a medida de sus maravillosas siete hermandades.
El Viernes Santo, por esa luz descrita, por su público tan distinto al del resto de la semana, por sus cofradías..., tiene para quien os habla un encanto exclusivo. Debo confesaros que no es ajeno a ello una hermandad, la de las Tres Caídas de San Isidoro, casi tan mía como las propias, e incluso alguna vez he confesado que hasta un poquito más.
Sus dos imágenes forman parte de mis recuerdos infantiles, cuando acudía cada Domingo a Misa a la sede provisional de la Parroquia en sus años de cierre, a causa de las obras. Reabierta la misma, el paso de palio de la Virgen de Loreto constituía en mis inquietas tardes cuaresmales ese monumento a la ilusión que cada cofrade ve crecer, casi mágicamente, muy cerca de su casa; quién me iba a decir a mí, por aquellos entonces, que un buen día y gracias al inolvidable privilegio brindado por un excelente prioste y mejor amigo, iba a poder disfrutar con mis propios ojos de la ceremonia íntima y hermosísima de la subida de la Virgen de Loreto a su paso...
Muchos han sido los buenos ratos vividos en su casa, muchas las buenas gentes conocidas en ella; pero por encima de todo, mi cercanía física y sentimental con esta hermandad me ha servido para valorarla como tal, tanto por su activa labor y vida diaria como por su presencia en nuestras calles, tras tres años más imprescindible que nunca, llenando de sabor añejo e infinito buen gusto ese aire personal y envolvente de una de las tardes más bellas de la Semana Santa.
29 enero 2007
Maravillosamente distintos
Puede parecer oportunista hacerlo hoy, después del mejor partido de la hasta ahora flojita temporada, pero también debéis tener en cuenta que es, sin duda, una semana importante para el fútbol sevillano que el jueves vivirá la primera de sus tres fiestas en un sólo mes y qué mejor manera de sumarme a ella que hablando del que siempre ha sido, es y será mi equipo. Soy bético desde que nací, quizás porque así lo quiso mi padre, pese a que mi abuelo, oriundo de Granada, era sevillista como también lo son mis tíos. Sé que en mis primeros años de vida el Betis realizó unas cuantas buenas campañas, pero mis recuerdos más remotos se ligan a un equipo ascensor que en ciertos momentos invitaba a la desesperación de un niño tan pequeño. Hoy, mucho tiempo después, me alegro de no haber sucumbido a ella. Eran los años de Pumpido, cuya equipación tuve no sé para qué ya que nunca me gustó jugar de portero; los años de aquel delantero centro ídolo de mi infancia: "No diga gol diga Mel"; los años en los que no era fácil ser del Betis rodeado de amigos sevillistas, pero en los que un llavero, que todavía conservo y que reza rodeando al escudo: "Aún en los peores momentos que grande es ser bético", me convenció de que indudablemente no hay equipo que sepa sufrir como el nuestro, capaz de sobreponerse a lo que pocos lograrían hacerlo. Gracias al sentimiento resumido en esa frase, tan grabada en aquel llavero como a partir de entonces en mi corazón, pude vivir gozoso aquel rescate de los infiernos por obra y gracia de un señor con bigote ligado a mi mejor memoria en verdiblanco; aquellas primeras goleadas en casa tras el retorno a la cumbre; aquellos derbys en los que fuimos intratables; aquel tercer puesto en la liga, logrado en el mismísimo Bernabéu; y aquella final copera in situ, en ese mismo lugar, que perdimos pero merecimos ganar. Después vinieron etapas mejores y peores; otro ascenso de inolvidable celebración y una temporada de ensueño que nos permitiría, meses más tarde, escuchar en nuestro estadio el himno de la Champions, no sin antes traernos para Sevilla un título, varios años después de que nosotros mismos nos trajésemos el último desde ese mismo campo en el que, tras un día inolvidable inundando Madrid con nuestros colores y nuestros cánticos, muchos descubrimos que también se llora de alegría. Esto es sólo el resumen, más sentimental que preciso, de veintiseis años entre cien posibles; cien años de beticismo en los que, desde el Porvenir a Heliópolis pasando por el resto del mundo, fuimos como siempre seremos: maravillosamente distintos.
23 enero 2007
San Bartolomé, un barrio olvidado
El pasado fin de semana, releía bajo este mismo título un capítulo que, en su obra Visión de Sevilla, dedica el profesor Morales Padrón a este desconocido y hermoso barrio sevillano.
Muchos de los rincones de la antigua Judería descritos en 1975 por este excelente historiador canario ya ni siquiera existen, fueron cayendo presos de la piqueta destructora, tan activa en aquellos años y más aún en un lugar que paulatinamente, como en el caso de otros viejos barrios de nuestra ciudad, fue siendo abandonado por sus vecinos, emigrados a nuevas construcciones alejadas del lugar en el que nacieron y vivieron gran parte de sus vidas.
Morales Padrón recorre un barrio lleno de encantadoras casas de vecinos, un barrio misterioso de casonas abandonadas, de femeninas clausuras conventuales...; un barrio en el que todavía perviven, junto a la de la Virgen de la Alegría, dos hermandades penitenciales: las Aguas y Jesús Despojado, radicadas por aquellos años en el templo parroquial, lógicamente no restaurado aún con tan notable desacierto.
Más de treinta años después, San Bartolomé sigue siendo ese secreto misterio sevillano que no aparece en las guías turísticas a pesar de su importancia histórica, los nombres de sus calles siguen siendo los más hermosos de todo el nomenclátor de la ciudad: Archeros, Verde, Céspedes, Tintes, Armenta, Vidrio... Introducirse sorpresivamente en él, en una atardecida, constituye alejarse del bullicio y el ajetreo comercial de la zona de la Alfalfa, del intenso tráfico de la cercana Ronda.
San Bartolomé son mis más lejanos recuerdos escolares, cuando en el colegio de las Madres Mercedarias aprendía mis primeras letras. En sus estrechas callejas y en sus plazas he jugado a la pelota en mi niñez, he disfrutado de mis primeros besos...
Es una verdadera pena para nuestros visitantes, pero a la vez una inmensa alegría para quienes lo tenemos tan cerca, que San Bartolomé siga siendo ese barrio olvidado, uno de esos rincones estratégicamente escondidos para poder encontrarnos, casi sin pretenderlo, con la Sevilla más imperecedera.
Muchos de los rincones de la antigua Judería descritos en 1975 por este excelente historiador canario ya ni siquiera existen, fueron cayendo presos de la piqueta destructora, tan activa en aquellos años y más aún en un lugar que paulatinamente, como en el caso de otros viejos barrios de nuestra ciudad, fue siendo abandonado por sus vecinos, emigrados a nuevas construcciones alejadas del lugar en el que nacieron y vivieron gran parte de sus vidas.
Morales Padrón recorre un barrio lleno de encantadoras casas de vecinos, un barrio misterioso de casonas abandonadas, de femeninas clausuras conventuales...; un barrio en el que todavía perviven, junto a la de la Virgen de la Alegría, dos hermandades penitenciales: las Aguas y Jesús Despojado, radicadas por aquellos años en el templo parroquial, lógicamente no restaurado aún con tan notable desacierto.
Más de treinta años después, San Bartolomé sigue siendo ese secreto misterio sevillano que no aparece en las guías turísticas a pesar de su importancia histórica, los nombres de sus calles siguen siendo los más hermosos de todo el nomenclátor de la ciudad: Archeros, Verde, Céspedes, Tintes, Armenta, Vidrio... Introducirse sorpresivamente en él, en una atardecida, constituye alejarse del bullicio y el ajetreo comercial de la zona de la Alfalfa, del intenso tráfico de la cercana Ronda.
San Bartolomé son mis más lejanos recuerdos escolares, cuando en el colegio de las Madres Mercedarias aprendía mis primeras letras. En sus estrechas callejas y en sus plazas he jugado a la pelota en mi niñez, he disfrutado de mis primeros besos...
Es una verdadera pena para nuestros visitantes, pero a la vez una inmensa alegría para quienes lo tenemos tan cerca, que San Bartolomé siga siendo ese barrio olvidado, uno de esos rincones estratégicamente escondidos para poder encontrarnos, casi sin pretenderlo, con la Sevilla más imperecedera.
16 enero 2007
Otra de bares
Estaba claro que tres artículos no serían suficientes para pasearos por mis bares predilectos de la ciudad; a decir verdad, tampoco creo que lo sean cuatro, ni los que después de este vayan llegando, ya que si el sevillano es novelero por naturaleza, en mi persona eso de dar boato a todo lo recientemente disfrutado se convierte en norma de inexcusable cumplimiento
Comencemos esta cuarta entrega en el mejor sitio posible, una tasca de las clásicas, tan céntrica como desconocida. La Goleta (no confundir con la de Álvaro Peregil) se sitúa en la parte estrecha de la calle Santa María de Gracia y es uno de esos despachos de vinos cuya visita esporádica es forzosa. Dicen los que les gusta el mosto (no es mi caso) que en ella está excelente.
Nada lejos queda Blanco Cerrillo, por su olor lo reconoceréis, buen lugar de desayunos, magnífica cerveza, famoso y exquisito adobo..., pero no por todo ello dejen de probar su ensaladilla, una auténtica desconocida, ¿verdad primo?
En el entorno de la Plaza Nueva tenemos otros tres lugares que me vienen cautivando. El primero de ellos la Taberna El 10, un bar de tapas que me recomendaron hace tiempo, pero que no visité por vez primera hasta hace un par de meses. Prueben su carrillada y pese a que suele estar lleno, harán todo lo posible por hacerse un hueco en su barra cada vez que pasen por la calle Albareda.
Muy cerquita, en Mateo Alemán, queda una abacería muy coqueta donde, con permiso del de mi madre, puede tomarse un salmorejo difícilmente superable. Tampoco está nada mal el que sirven en Casa Cuesta, establecimiento hermano del trianero, que han abierto en la calle Zaragoza, donde hasta hace poco estaba Casablanca. Son muy curiosas en este bar las numerosas fotografías de toros que ocupan sus paredes.
Otro lugar del que se viene hablando mucho es la Bodega Torre de la Plata, en la calle Santander. Recientemente recuperada, cuenta con un amplio salón y un agradable patio en los que se pueden degustar unas exquisitas y originales tapas acompañadas de una buena botella de vino. Es económico, personal y muy recomendable.
Por último, y regresando muy cerca de donde comenzamos nuestro periplo, invito a los más exquisitos a que se pasen un mediodía de invierno por La Reja. La comida es de calidad, pero además la visita constituye una oportunidad única para disfrutar del aperitivo en una simpática barra baja y rodeado de paredes de madera, decoradas con pequeños cuadros, espejos y lamparillas que dan a este veterano bar restaurante un atisbo de ese aire romántico de las bellas cafeterías del centro de Madrid, hoy prácticamente perdido en nuestra ciudad tras el fuego de Ochoa hace unos años.
Les toca comentar y seguir ampliando la lista.
Comencemos esta cuarta entrega en el mejor sitio posible, una tasca de las clásicas, tan céntrica como desconocida. La Goleta (no confundir con la de Álvaro Peregil) se sitúa en la parte estrecha de la calle Santa María de Gracia y es uno de esos despachos de vinos cuya visita esporádica es forzosa. Dicen los que les gusta el mosto (no es mi caso) que en ella está excelente.
Nada lejos queda Blanco Cerrillo, por su olor lo reconoceréis, buen lugar de desayunos, magnífica cerveza, famoso y exquisito adobo..., pero no por todo ello dejen de probar su ensaladilla, una auténtica desconocida, ¿verdad primo?
En el entorno de la Plaza Nueva tenemos otros tres lugares que me vienen cautivando. El primero de ellos la Taberna El 10, un bar de tapas que me recomendaron hace tiempo, pero que no visité por vez primera hasta hace un par de meses. Prueben su carrillada y pese a que suele estar lleno, harán todo lo posible por hacerse un hueco en su barra cada vez que pasen por la calle Albareda.
Muy cerquita, en Mateo Alemán, queda una abacería muy coqueta donde, con permiso del de mi madre, puede tomarse un salmorejo difícilmente superable. Tampoco está nada mal el que sirven en Casa Cuesta, establecimiento hermano del trianero, que han abierto en la calle Zaragoza, donde hasta hace poco estaba Casablanca. Son muy curiosas en este bar las numerosas fotografías de toros que ocupan sus paredes.
Otro lugar del que se viene hablando mucho es la Bodega Torre de la Plata, en la calle Santander. Recientemente recuperada, cuenta con un amplio salón y un agradable patio en los que se pueden degustar unas exquisitas y originales tapas acompañadas de una buena botella de vino. Es económico, personal y muy recomendable.
Por último, y regresando muy cerca de donde comenzamos nuestro periplo, invito a los más exquisitos a que se pasen un mediodía de invierno por La Reja. La comida es de calidad, pero además la visita constituye una oportunidad única para disfrutar del aperitivo en una simpática barra baja y rodeado de paredes de madera, decoradas con pequeños cuadros, espejos y lamparillas que dan a este veterano bar restaurante un atisbo de ese aire romántico de las bellas cafeterías del centro de Madrid, hoy prácticamente perdido en nuestra ciudad tras el fuego de Ochoa hace unos años.
Les toca comentar y seguir ampliando la lista.
10 enero 2007
La mirada más desconocida
Entre el gran público de la calle no llama mucho la atención su imagen, ni tampoco su cofradía; puestos a ser sinceros, tampoco llamó nunca la mía cuando era un niño de silla en la Campana, apasionado desde bien temprano por la Semana Santa y todo aquello que la rodeaba.
Las Penas era para mí una hermandad de negro, que salía de San Vicente y que tenía un hermano mayor, hermano del entonces presidente de mi equipo. También recuerdo muy lejanamente como fue la única en salir en un lluvioso Lunes Santo y que no pude verla porque ya estaba en casa hacía unas horas...
Pasó el tiempo y avatares del destino me llevaron allí. Tenía diecisiete años y comencé a vivir en ella todas esas cosas que, pese a mi vinculación desde la cuna al mundo de las cofradías, nunca había disfrutado tan de cerca: la limpieza de plata, los montajes, el salir de acólito en los cultos, las copitas y las convivencias en la casa de hermandad y en las de otras hermandades, los muchos amigos que fui haciendo...
Aquella hermandad además se había venido a residir de manera provisional muy cerquita de mi casa y quizás por eso, poco a poco me fui enamorando de su dolorosa con los ojos elevados al cielo, una de las más personales de toda la Semana Santa de Sevilla...
Tras varios años, circunstancias de la vida hicieron que mi participación en la hermandad se viera reducida únicamente a los días más señalados de la misma. Quizás ha sido entonces cuando, desde la distancia relativa, he aprendido a valorar esa mirada dulce a la vez que sobrecogedora, serena e infinitamente misericordiosa de Jesús de las Penas que, debo confesar, siempre fue para mí algo secundaria frente a la de su Madre.
La tarde del Lunes Santo mi corazón queda dividido entre la de San Vicente y esa otra hermandad que, además de ser mi sueño como costalero, fue el lugar en el que un día se conocieron quienes me dieron la vida: Santa Marta.
Pese a pertenecer a ambas, el pasado fue el primero, tras ocho años consecutivos como acólito y penitente en las Penas, en que disfruté de la jornada desde fuera. Si hermoso fue reencontrarme después de tanto tiempo con la más bella plasmación posible del entierro de Cristo, no menos lo fue hacerlo con su cuerpo abatido y su mirada redentora, esa mirada tan desconocida en la ciudad que ni yo mismo, tan cercano entonces, supe recrearme en ella como merece; la mirada de Jesús de las Penas, que en estos días celebra su Quinario.
Las Penas era para mí una hermandad de negro, que salía de San Vicente y que tenía un hermano mayor, hermano del entonces presidente de mi equipo. También recuerdo muy lejanamente como fue la única en salir en un lluvioso Lunes Santo y que no pude verla porque ya estaba en casa hacía unas horas...
Pasó el tiempo y avatares del destino me llevaron allí. Tenía diecisiete años y comencé a vivir en ella todas esas cosas que, pese a mi vinculación desde la cuna al mundo de las cofradías, nunca había disfrutado tan de cerca: la limpieza de plata, los montajes, el salir de acólito en los cultos, las copitas y las convivencias en la casa de hermandad y en las de otras hermandades, los muchos amigos que fui haciendo...
Aquella hermandad además se había venido a residir de manera provisional muy cerquita de mi casa y quizás por eso, poco a poco me fui enamorando de su dolorosa con los ojos elevados al cielo, una de las más personales de toda la Semana Santa de Sevilla...
Tras varios años, circunstancias de la vida hicieron que mi participación en la hermandad se viera reducida únicamente a los días más señalados de la misma. Quizás ha sido entonces cuando, desde la distancia relativa, he aprendido a valorar esa mirada dulce a la vez que sobrecogedora, serena e infinitamente misericordiosa de Jesús de las Penas que, debo confesar, siempre fue para mí algo secundaria frente a la de su Madre.
La tarde del Lunes Santo mi corazón queda dividido entre la de San Vicente y esa otra hermandad que, además de ser mi sueño como costalero, fue el lugar en el que un día se conocieron quienes me dieron la vida: Santa Marta.
Pese a pertenecer a ambas, el pasado fue el primero, tras ocho años consecutivos como acólito y penitente en las Penas, en que disfruté de la jornada desde fuera. Si hermoso fue reencontrarme después de tanto tiempo con la más bella plasmación posible del entierro de Cristo, no menos lo fue hacerlo con su cuerpo abatido y su mirada redentora, esa mirada tan desconocida en la ciudad que ni yo mismo, tan cercano entonces, supe recrearme en ella como merece; la mirada de Jesús de las Penas, que en estos días celebra su Quinario.
02 enero 2007
Retrato en sepia de la Cabalgata
Estos primeros días de Enero son para mí, junto a la Nochebuena, los más encantadores de estas fiestas. La tarde serena y reposada del primer día del año es uno de esos regalos con que Sevilla premia a quienes tanto la amamos, cantamos y disfrutamos. Pasear sus calles, quizás algo más solitarias frente al habitual ajetreo navideño del centro y visitar al Señor en el arranque de su Quinario, sintiendo que la cuenta atrás comienza, es una de esas tradiciones no escritas que muchos gustamos de cumplimentar en esta jornada.
Pero sin duda estas horas son, en nuestra memoria, las de la ilusión infantil, contenida hasta su desborde en la tarde mágica del día 5. El de la Cabalgata siempre fue un día especial y la edad no es un óbice para que, año tras año, lo continúe siendo.
Ya por la mañana tiene ese aire personal y atractivo que nuestra Sevilla sabe aportar a sus celebraciones, por muy distintas que estas sean. Desde primera hora de la tarde el mágico cortejo discurrirá por la ciudad; volveremos a acudir a ese mismo punto estratégico en que la venimos viendo, volveremos a disfrutar, a ser partícipes de la alegría predominante y esos rostros infantiles que nos rodean, entre nerviosos e ilusionados, serán ese retrato en sepia de las cabalgatas de nuestra niñez.
Un año más regresaré en mis recuerdos a la Plaza Nueva, o ante la desaparecida zapatería Garach, en la calle Tetuán, donde tantos años vi los Reyes; y también volverán a mi mente las primeras cabalgatas junto a los amigos, en esa Ronda histórica que en esta tarde se nos muestra con todo su sabor añejo, repleta de público, de globos, de tambores...
Tras tomar una copa, inconscientemente, llegaremos a casa más temprano que nunca y al dejar el puñadito de caramelos sobre la mesa nos inundará la nostalgia de aquellos años pasados que en esta tarde volvimos a rememorar.
Las circunstancias de nuestra vida la irán haciendo distinta, quizás en un futuro nuestra ilusión se torne más hermosa al contemplar la de quien más querremos, pero que nadie dude que, mientras estemos vivos, la del 5 de Enero será la noche en la que nos acostaremos siendo el niño que fuimos.
Pero sin duda estas horas son, en nuestra memoria, las de la ilusión infantil, contenida hasta su desborde en la tarde mágica del día 5. El de la Cabalgata siempre fue un día especial y la edad no es un óbice para que, año tras año, lo continúe siendo.
Ya por la mañana tiene ese aire personal y atractivo que nuestra Sevilla sabe aportar a sus celebraciones, por muy distintas que estas sean. Desde primera hora de la tarde el mágico cortejo discurrirá por la ciudad; volveremos a acudir a ese mismo punto estratégico en que la venimos viendo, volveremos a disfrutar, a ser partícipes de la alegría predominante y esos rostros infantiles que nos rodean, entre nerviosos e ilusionados, serán ese retrato en sepia de las cabalgatas de nuestra niñez.
Un año más regresaré en mis recuerdos a la Plaza Nueva, o ante la desaparecida zapatería Garach, en la calle Tetuán, donde tantos años vi los Reyes; y también volverán a mi mente las primeras cabalgatas junto a los amigos, en esa Ronda histórica que en esta tarde se nos muestra con todo su sabor añejo, repleta de público, de globos, de tambores...
Tras tomar una copa, inconscientemente, llegaremos a casa más temprano que nunca y al dejar el puñadito de caramelos sobre la mesa nos inundará la nostalgia de aquellos años pasados que en esta tarde volvimos a rememorar.
Las circunstancias de nuestra vida la irán haciendo distinta, quizás en un futuro nuestra ilusión se torne más hermosa al contemplar la de quien más querremos, pero que nadie dude que, mientras estemos vivos, la del 5 de Enero será la noche en la que nos acostaremos siendo el niño que fuimos.
25 diciembre 2006
La Nochebuena eterna de Maese Pérez
Cuentan por las mañanas en el mercado de la Encarnación y a la hora de la cervecita en el Tremendo, que la sombra fantasmagórica de Maese Pérez sigue paseando en la atardecida bajo los naranjos de Doña María Coronel. Dicen que sigue viviendo en una casita humilde de la calle San Felipe, que le gusta el tinto del Rinconcillo, donde para a diario y que sale todos los Jueves Santo de nazareno en los Caballos.
Dicen que cuando llega el frío su presencia se hace más frecuente en el barrio, junto al ajetreo navideño del torno de los bollitos, de esa clausura cuyo enorme claustro nos sorprendía cuando de niños lo descubríamos desde la azotea del Colegio.
Dicen que aún merodea nervioso, en los instantes previos a la Misa del Gallo, por ese atrio de Santa Inés en el que un muchacho melancólico del barrio de San Lorenzo escuchó contar esta historia, tal noche como ésta, a dos demandaderas del convento.
Dicen que el órgano de esta secreta y hermosísima iglesia sevillana, donde duerme su sueño eterno el amor imposible de don Pedro el Cruel, sigue sonando por la Natividad del Señor como si fuesen los mismos ángeles del cielo quienes lo tocasen.
Resulta difícil de creer que, siglos después, aquel milagro que nos contó la literatura romántica siga ocurriendo, pero está claro que algo de cierto debe haber en lo que dicen por la collación de San Pedro, porque cuando entramos en Santa Inés nos sigue recorriendo el cuerpo un bello escalofrío becqueriano...
PD: A todos los queridos amigos que honran mi blog con su visita, muchas felicidades y mis mejores deseos en estos días de Navidad.
Dicen que cuando llega el frío su presencia se hace más frecuente en el barrio, junto al ajetreo navideño del torno de los bollitos, de esa clausura cuyo enorme claustro nos sorprendía cuando de niños lo descubríamos desde la azotea del Colegio.
Dicen que aún merodea nervioso, en los instantes previos a la Misa del Gallo, por ese atrio de Santa Inés en el que un muchacho melancólico del barrio de San Lorenzo escuchó contar esta historia, tal noche como ésta, a dos demandaderas del convento.
Dicen que el órgano de esta secreta y hermosísima iglesia sevillana, donde duerme su sueño eterno el amor imposible de don Pedro el Cruel, sigue sonando por la Natividad del Señor como si fuesen los mismos ángeles del cielo quienes lo tocasen.
Resulta difícil de creer que, siglos después, aquel milagro que nos contó la literatura romántica siga ocurriendo, pero está claro que algo de cierto debe haber en lo que dicen por la collación de San Pedro, porque cuando entramos en Santa Inés nos sigue recorriendo el cuerpo un bello escalofrío becqueriano...
PD: A todos los queridos amigos que honran mi blog con su visita, muchas felicidades y mis mejores deseos en estos días de Navidad.
18 diciembre 2006
Los días en que parece una persona
Muchos somos quienes, durante el año, gustamos de acudir a verla con frecuencia. Contemplarla vestida de hebrea en la Cuaresma, en su paso de palio cuando aún no está la cera por delante, de blanco cuando llega el verano o de negro luctuoso en Noviembre, supone recorrer el calendario de la ciudad de la mejor mano posible.
Como buenos hijos de esta tierra nos emociona verla cada Madrugada, cada nueva mañana de Viernes Santo, cuando la calle Feria es un hervidero y caminamos por la acera junto a Ella, ajenos al bullicio de la delantera de su palio que avanza majestuoso, con sus marchas de siempre, en busca de ese barrio que la espera gozoso.
Es la misma que, en ese impresionante póster de la Caja San Fernando, me da los buenos días cada mañana al despertar, la misma que en la estampa de mi cartera, la misma de la foto del cajón en la Guerra que guardo como un tesoro y la misma que vistieron de luto cuando a tío José lo mató un toro de la Viuda de Ortega en Talavera...
Sé que es la misma, pero no puedo evitar que cada año, llegadas estas fechas, me parezca distinta cuando la veo tan cerca.
No importará el montaje, ni la cola, ésta sólo constituirá el tiempo para pensar aquello que queremos contarle y que después no acertaremos a decirle cara a cara. Vuelve a estar ahí, tan cercana y tan lejos, tan nuestra y tan de todos, tan llorosa y tan sonriente, tan cargada de siglos y tan joven, tan hermosa...
Ante su presencia no se podrá rezar, ni hablar, ni casi respirar. Volverá a sorprendernos lo que nos impresiona, la miramos y parece que su cara es humana, parece tener piel y sus ojos parecen ser reales.
Hemos besado su mano muchas veces, pero cada vez que llegan estos días volvemos a pensar lo mismo: vista así, tan de cerca, no parece una imagen, parece una persona.
Como buenos hijos de esta tierra nos emociona verla cada Madrugada, cada nueva mañana de Viernes Santo, cuando la calle Feria es un hervidero y caminamos por la acera junto a Ella, ajenos al bullicio de la delantera de su palio que avanza majestuoso, con sus marchas de siempre, en busca de ese barrio que la espera gozoso.
Es la misma que, en ese impresionante póster de la Caja San Fernando, me da los buenos días cada mañana al despertar, la misma que en la estampa de mi cartera, la misma de la foto del cajón en la Guerra que guardo como un tesoro y la misma que vistieron de luto cuando a tío José lo mató un toro de la Viuda de Ortega en Talavera...
Sé que es la misma, pero no puedo evitar que cada año, llegadas estas fechas, me parezca distinta cuando la veo tan cerca.
No importará el montaje, ni la cola, ésta sólo constituirá el tiempo para pensar aquello que queremos contarle y que después no acertaremos a decirle cara a cara. Vuelve a estar ahí, tan cercana y tan lejos, tan nuestra y tan de todos, tan llorosa y tan sonriente, tan cargada de siglos y tan joven, tan hermosa...
Ante su presencia no se podrá rezar, ni hablar, ni casi respirar. Volverá a sorprendernos lo que nos impresiona, la miramos y parece que su cara es humana, parece tener piel y sus ojos parecen ser reales.
Hemos besado su mano muchas veces, pero cada vez que llegan estos días volvemos a pensar lo mismo: vista así, tan de cerca, no parece una imagen, parece una persona.
12 diciembre 2006
Memoria de los patios del Rectorado
Desde que era niño y correteaba por el vestíbulo del Rectorado los Domingos por la mañana, durante las estancias de mi padre (secretario por aquellos entonces) en la casa de hermandad de los Estudiantes, siempre llamaron mi atención los patios contiguos del edificio principal de la Hispalense.
Entonces suponían un mundo aún muy lejano para mí, el de la Universidad, aquello que uno terminaba por alcanzar cuando se acababan el colegio, con sus diarios partidos de fútbol y sus deberes, y unos años en los que la cosa se pone algo más complicada, tanto que en cuanto te escantillas varias voces te lanzan el dardito de que así no se llega a selectividad, un examen muy largo, con más nombre que otra historia, por el que también hay que pasar para cruzar las rejas de estos patios.
Una vez dentro, comprobé que aquello que con tanto misterio miraba en mi niñez no tenía nada de especial arquitectónicamente. Un reloj el primero, amen de la recién incorporada estatua del fundador Maese Rodrigo de Santaella y una graciosa fuente en su centro el segundo.
Lo más curioso de estos patios es lo que sentimentalmente llegan a suponer en la vida de un estudiante. Dos espacios abiertos que, como muchos otros de tantísimos centros docentes, tanto saben de alegrías y de desdichas, de lágrimas de impotencia y de felicidad desbordada.
Patios del Rectorado que hasta vestido de negro ruán he atravesado en alguna ocasión; patios de frío invernal; de lluvia con el agua cayendo a chorros por las bocas de desague; de sol de primavera, cuando la biblioteca (no digo ya las clases) es obligatoriamente sustituible por la tertulia cofradiera esquivando palomas asesinas, junto a aquellos amigos que en ellos mismos nos fuimos conociendo y con los que terminé teniendo mayor confianza y afinidad que con los de la propia facultad.
Ahora que la edad y los años de estancia empiezan a apretar y hacer que uno apriete, voy teniendo ganas de abandonar esas largas campanadas, el sonido del agua en la fuente cantarina del patio de Arte, el ajetreo de los pasillos de Filología..., voy teniendo ganas de cambiar de aires, pero sin duda sé que, como muchos me dicen, añoraré bien pronto todo aquello.
Entonces suponían un mundo aún muy lejano para mí, el de la Universidad, aquello que uno terminaba por alcanzar cuando se acababan el colegio, con sus diarios partidos de fútbol y sus deberes, y unos años en los que la cosa se pone algo más complicada, tanto que en cuanto te escantillas varias voces te lanzan el dardito de que así no se llega a selectividad, un examen muy largo, con más nombre que otra historia, por el que también hay que pasar para cruzar las rejas de estos patios.
Una vez dentro, comprobé que aquello que con tanto misterio miraba en mi niñez no tenía nada de especial arquitectónicamente. Un reloj el primero, amen de la recién incorporada estatua del fundador Maese Rodrigo de Santaella y una graciosa fuente en su centro el segundo.
Lo más curioso de estos patios es lo que sentimentalmente llegan a suponer en la vida de un estudiante. Dos espacios abiertos que, como muchos otros de tantísimos centros docentes, tanto saben de alegrías y de desdichas, de lágrimas de impotencia y de felicidad desbordada.
Patios del Rectorado que hasta vestido de negro ruán he atravesado en alguna ocasión; patios de frío invernal; de lluvia con el agua cayendo a chorros por las bocas de desague; de sol de primavera, cuando la biblioteca (no digo ya las clases) es obligatoriamente sustituible por la tertulia cofradiera esquivando palomas asesinas, junto a aquellos amigos que en ellos mismos nos fuimos conociendo y con los que terminé teniendo mayor confianza y afinidad que con los de la propia facultad.
Ahora que la edad y los años de estancia empiezan a apretar y hacer que uno apriete, voy teniendo ganas de abandonar esas largas campanadas, el sonido del agua en la fuente cantarina del patio de Arte, el ajetreo de los pasillos de Filología..., voy teniendo ganas de cambiar de aires, pero sin duda sé que, como muchos me dicen, añoraré bien pronto todo aquello.
04 diciembre 2006
Con el sol de Diciembre...
Una de esas coplas de Carlos Cano que tengo grabadas en mi mente, tras mucho escucharlas durante mi infancia en aquel viejo disco que anda por casa, es la que, con letra del maestro Antonio Burgos, rezaba: «Con el sol de Diciembre,/alta en la torre, una bandera./Se levanta en el cielo/la voz de un seise/como una estrella/de pluma y terciopelo,/blanca y celeste,/y al aire queda».
Quizás no exista definición más bella que estos versos, ni símbolo más encantador y secreto que esta bandera que, sobre el campanario de nuestra torre madre, ondea (si los señores canónigos catedralicios no lo olvidan, como algún que otro año) llegadas estas fechas sevillanísimas de la Inmaculada.
El día de la Purísima es el recuerdo de una víspera de tunos en la plaza del Triunfo y el Postigo, de bufanda anudada al cuello y moscatel de Chipiona comprado en Alvarito Peregil en Mateos Gago. Es el repique incesante de campanas en la media noche, como banda sonora en la memoria de una de aquellas noches en las que, siendo más niños, todo nuestro afán era disfrutar de unas horas de la madrugada no tan familiares para nosotros como pueden serlo hoy.
El 8 de Diciembre, en su mañana de dorados reflejos invernales, es uno de esos días en que la plaza de la Virgen de los Reyes, o lo que es lo mismo, el antiguo solar del Corral de los Olmos, viaja hacia el pasado al ser atravesada por sesudos calonges de enrevesadas capas que les protegen del frío de Matacanónigos, cuando cruzan hacia Palacio a recoger al ordinario del lugar, que será quien oficie la solemne función pontifical en honor de María sin mancha concebida.
Pero sobre todo en Sevilla, el de la Inmaculada es el día de los besamanos de la Virgen en múltiples hermandades. Una de esas tardes en que la ciudad nos muestra gran parte de sus encantos casi por sorpresa.
Numerosas son las citas, pero una de ellas es ineludible. En San Antonio Abad, entre banderolas celestes, cirio encendido y espada votiva, la Concepción de blancos azahares nos espera para recordarnos que, así en el sol de Diciembre como en la Luna de Parasceve, no existe pureza comparable a la suya.
Quizás no exista definición más bella que estos versos, ni símbolo más encantador y secreto que esta bandera que, sobre el campanario de nuestra torre madre, ondea (si los señores canónigos catedralicios no lo olvidan, como algún que otro año) llegadas estas fechas sevillanísimas de la Inmaculada.
El día de la Purísima es el recuerdo de una víspera de tunos en la plaza del Triunfo y el Postigo, de bufanda anudada al cuello y moscatel de Chipiona comprado en Alvarito Peregil en Mateos Gago. Es el repique incesante de campanas en la media noche, como banda sonora en la memoria de una de aquellas noches en las que, siendo más niños, todo nuestro afán era disfrutar de unas horas de la madrugada no tan familiares para nosotros como pueden serlo hoy.
El 8 de Diciembre, en su mañana de dorados reflejos invernales, es uno de esos días en que la plaza de la Virgen de los Reyes, o lo que es lo mismo, el antiguo solar del Corral de los Olmos, viaja hacia el pasado al ser atravesada por sesudos calonges de enrevesadas capas que les protegen del frío de Matacanónigos, cuando cruzan hacia Palacio a recoger al ordinario del lugar, que será quien oficie la solemne función pontifical en honor de María sin mancha concebida.
Pero sobre todo en Sevilla, el de la Inmaculada es el día de los besamanos de la Virgen en múltiples hermandades. Una de esas tardes en que la ciudad nos muestra gran parte de sus encantos casi por sorpresa.
Numerosas son las citas, pero una de ellas es ineludible. En San Antonio Abad, entre banderolas celestes, cirio encendido y espada votiva, la Concepción de blancos azahares nos espera para recordarnos que, así en el sol de Diciembre como en la Luna de Parasceve, no existe pureza comparable a la suya.
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