14 abril 2008

Breve crónica de una Feria pésima


Quienes me conocen, bien personalmente o a través de la exposición de mis vivencias en este y otros foros de opinión, ya saben que lo mío no es la Feria. Así que sobreentiendan desde primera hora que al hablar de la misma lo hago de la taurina, aquella que sí intento vivir a tope en la medida de mis posibilidades, ya que ha sido la que desde mi primera presencia en la Maestranza con seis años para siete, en una nocturna veraniega, he mamado y disfrutado, a veces como auténtico privilegiado. Queden por ello aquí unas breves impresiones, a modo de crónica, del ciclo abrileño 2008, uno de los más tristes que se recuerdan; si bien tampoco debe sorprendernos mucho lo ocurrido...
Arrancó el serial con un Cid cumplidor y responsabilizado, cada día mejor torero; un Ponce tan insulso como casi siempre, excepción hecha de su faena de hace un par de años; y un Alejandro Talavante al que es más que evidente que le viene grande todo lo que va a encontrarse esta temporada. ¿Dónde está la cabeza y el conocimiento de los terrenos de este extraño torero?
A continuación la semana de preferia; con la espectacularidad de Ventura (que algo debe tener para que en 21 años de afición, por vez primera, fuese capaz de soportar una corrida entera de rejones) y tres corridas de toros de las denominadas toristas: Palha, Cuadri y Cebada, donde hubo pocos toros y aún menos toreros. Se echan en falta los viejos especialistas que siempre tuvieron estas tardes del miedo, caso del Fundi, que demostró su magistral oficio y pegó la estocada de la Feria a su segundo toro portugués, al cual cortó una oreja con sabor antiguo. Llegaron después extraños como Javier Conde o El Capea para dejar de manifiesto lo innecesario de su presencia en la Maestranza. También llegó Castella, con pinta de creerse en demasía lo que ya hace tiempo que no demuestra y entremedio de esto ..., llegó Victorino.
Y con él llegó la emoción, el toro que galopa, que transmite, que hace vibrar y tres toreros entregados y colmados de casta. Desde un Liria dispuesto a morir en el ruedo si hiciera falta, a un Cid en maestro (éste sí que puede recibir tal calificativo), pasando por un Ferrera importantísimo con ese quinto toro, pese a que la señora presidenta se encargara de devaluar su actuación dando una inapropiada vuelta al ruedo a su oponente. Lo peor de todo es que, al morir el sexto del de Galapagar, todos estábamos convencidos de que no volveríamos a ver un espectáculo conjunto, siquiera semejante, hasta el año que viene.
Tras esto, ya lo saben, la Feria quedo rota: por el agua y por los tres platos de jamón de Juan Pedro (¡qué grandes declaraciones señor empresario!). Tan rota que, por una u otra de las causas señaladas, no pudimos volver a ver más carteles de toros en forma de muletazos de Morante de la Puebla; no pudimos volver a ver al Juli tras su seria actuación en la del Ventorrillo; ni a Perera en circunstancias óptimas, tras sus dos orejas esa misma tarde. Pero sobre todo, tras dos triunfos rotundos, nos quedamos con ganas de ver abrir la Puerta del Príncipe (¿alguien duda que de darse las mínimas condiciones favorables lo hubiera hecho?) a un torero con toda la pinta de mandar en esto muchos años: José María Manzanares. Ojalá que en septiembre...
Tuvimos tiempo hasta de dar un espectaculito a nivel nacional, con la policía en el centro del ruedo desalojando a tres toreros tomados por el pito de un sereno. Ovacionamos e incluso pedimos la oreja para un cabestrero incapaz de dominar a sus bestias, pero que, eso sí, sabe meter en los chiqueros a los toros con su chaquetilla (a los toros-jamón, porque a los de Miura..., eso ya es otra historia). Un ambiente de plaza de tercera más que propicio para culminar recibiendo el sábado de farolillos a los integrantes de "el bombero torero", que harán gira este año por gran parte de las ferias sureñas y observar cómo se les escapaba (no podía ser de otra forma) una interesante corrida de Torrestrella. Para colmo se cayó hasta la miurada del Domingo, la cual duró tres horas....
En fin, la que viene será.

24 marzo 2008

Desde la nostalgia


Parece mentira mirando el calendario, pero ha vuelto a concluir. Miramos atrás y esas tardes eternas, templadas, luminosas y milagrosamente primaverales en el invierno se nos antojan imposiblemente lejanas. Un año más pasaron y llegaron las vísperas más inmediatas; los pasos en los barrios, los primeros nazarenos, las flores de la noche antesala del Domingo soñado, los nervios repartidos por el estómago...
Pasó el Domingo de Ramos con su gozo inigualable y reestreno de "rampla". Pasó el Polígono por la Alfalfa con hechuras de tener mucho que decir a la Semana Santa del siglo XXI. Pasó el paso de la Presentación al Pueblo por mis recuerdos infantiles en su regreso a casa, junto a los caños y el puente que no está, calentando la fría noche a marcha por chicotá...
Pasó un Miércoles Santo para olvidar, donde no hubo sol para unos altos candelabros y un crucificado dormido. Pasó un Jueves en el que un año más no pudimos pasear a la Victoria más hermosa que jamás se pueda imaginar. Pasó una Madrugada donde a Dios lo vistieron más de Dios que nunca. Pasó un Viernes espléndido y antiguo, donde Cristo volvió a expirar al aire de Sevilla. Pasó un Sábado donde la Piedad Servita nos siguió enseñando a disfrutar bajo su manto, haciéndonos vivir la primera experiencia corriendo con un paso...
Pasaron mil detalles, mil instantes, mil aspectos que fueron noticia, mil reencuentros con el rito y la regla montesinos...
Hoy, desde la nostalgia, sabemos que todo volverá; pero como el niño que fuimos seguimos envueltos en la triste melancolía, esa de la que sólo despertaremos cuando la primavera nos regalé su luz por vez primera en ese patio, hermoso como ningún otro, que es nuestra Maestranza una tarde de toros.

11 marzo 2008

"No la toquéis más, que así es la rosa"


Suele ser a esa hora en que, una inexplicable sensación, una luz exclusiva y personalísima, un indeterminado aire de melancolía y una brisa serena y tibiamente fresca, nos invaden el alma y los recuerdos, copados por tantas emociones vividas en tan escaso espacio temporal.
Suele ser a esa hora en que por vez primera, sentimos verdadera conciencia de que lo que tanto anhelábamos se nos empieza a ir muy lentamente, tan lentamente como habrá amanecido este Viernes entre negros capirotes por el viejo Compás de la Laguna, por la estrechez de la antigua calle Capuchinas, cortada de manera sorpresiva por la larga zancada del Señor que todo lo puede, o por un Arenal de blancas capas, humo de calentitos y serrín de tabernas.
Suele ser a esa hora en que la calle que sabe a la ciudad de siempre, la eterna calle Feria, recibe los primeros nazarenos de antifaces morados que anteceden el paso de la Sentencia de Cristo. Suena toda la trompetería de la Centuria por la estrechez cercana a Montesión, mientras San Juan de la Palma se inunda de verdes capirotes de Esperanza...
Es ese mágico instante y ningún otro, aquel que constituye el punto de inflexión. Tras seis jornadas continuadas de pasos en la calle, se está fraguando en las hogueras de la milagrosa primavera sevillana el nacimiento de la más auténtica tarde de Semana Santa que tiene la ciudad, la tarde del Viernes Santo, tocada por un halo de fina sensibilidad que la hace diferente al resto, tan diferente como para que el tiempo no haya incrementado sus cofradías, sino todo lo contrario. Hoy son siete las que integran su nómina y todas ellas se conjugan en perfecta armonía para dotar al día de ese encanto especial que tan sólo los buenos cofrades saben paladear.
En mi opinión dos son los elementos principales que hacen del Viernes Santo una jornada única. El primero es su luz; obviando las adversas circunstancias meteorológicas que siempre le caracterizaron, ¿no se han fijado nunca en lo distinta que es la luz del Viernes Santo? Desde niños nos llama la atención y ya hoy, adultos y con bastantes Semanas Santas encima, nos sigue sorprendiendo. ¿Cómo es posible que sea tan diferente, no sólo a la que conformaron los mil rayos de sol ilusionados del aún cercano Domingo de Ramos, sino a la que sólo horas antes bañó al palio de la Virgen de la Victoria cuando, por la calle Temprado, buscaba su camino catedralicio? La luz, como decíamos, arrancó lentamente, buscando sorprender al Gran Poder, de vuelta a San Lorenzo; la mañana de barrio la fue perfilando y en los primeros compases de la tarde se adornará de nubes cenicientas allá por los confines de Triana. Será entonces la hora en que el Cachorro la busque entre las azoteas de la calle Castilla y en que la cofradía de la Carretería la atrape con las garras de bronce de su paso de misterio por capricho de un azul Arenal que hoy es de terciopelo. Luz de la tarde joven y fresca, jugando a fotografiar a la Soledad de San Buenaventura por entre la arboleda de la Plaza Nueva, recién salida de su convento franciscano. Luz ocre, casi de primavera que se escapa, escondiéndose tras la espadaña de la Magdalena, pero aún pretendiendo robar protagonismo al palio de la Virgen de la O, cuando se adentra por la calle Rioja, camino de la Campana.
La luz, o mejor dicho, las luces del Viernes Santo, como aspecto fundamental de nuestra forma de apreciar la tarde en que murió el Señor, pero sin duda, no el único que nos hace sentirla en plenitud. Y es que hay un segundo elemento, indisoluble a este público medido y exquisito de las postrimerías de la Semana Santa, que no es otro que su común estado físico y anímico. Cuerpos cansados de la larga noche o el temprano despertar para buscar a las cofradías de la Madrugada en el retorno a sus barrios, vuelta a la más tierna infancia en que la tarde del Viernes Santo comenzábamos a barruntar la tristeza que en la noche del Sábado incluso desbordábamos en lágrimas sueltas a escondidas... Todo un cúmulo de circunstancias que hacen que, en la noche cerrada, nos guste disfrutar a pie parado de los cortejos de San Isidoro o la Mortaja, cuando regresan a sus templos, reflejando sus nazarenos en los escaparates apagados de los comercios de Francos, mientras los ojos de los mismos, encantadoramente misteriosos, parecen no querer perder detalle de lo que los rodea. Silencio antiguo y hermosísimo el de esta calle Francos en la noche del Viernes, tan sólo roto por el sonido de la levantá rotunda del palio de Loreto, por la campana del muñidor que se aleja, buscando recuperar la fragancia de los naranjos de Doña María Coronel, o por el crujido de siglos del canasto del paso del Señor Descendido.
Como verán, motivos y vivencias nos sobran a todos los cofrades para entender el Viernes Santo como ese día distinto a los demás. Recién incorporadas dos nuevas hermandades al conjunto de las que realizan su Estación de Penitencia a la Santa Iglesia Catedral y presumiendo que serán varias más las que deseen sumarse, pienso que, pese a parecer un día propicio por su más tardío arranque, la posible adaptación horaria de los Oficios y su menor número de cofradías respecto a otras jornadas, en el caso del Viernes Santo podemos y debemos parafrasear a Juan Ramón con aquello de “no la toquéis más, que así es la rosa”. De lo contrario puede que estemos alterando el último vestigio que nos queda de la Semana Santa más romántica, esa que en esta noche cabe en instantes tan atemporales y hermosos como la vuelta Doña Guiomar-Zaragoza del paso de palio de Montserrat a los sones incomparables de Soleá dame la mano.

18 febrero 2008

Reencontrando los ritos


Con la reapertura del Salvador vuelven dos de las cofradías más señeras de Sevilla al lugar en el que siempre las conocimos. Vuelven las tardes clásicas de la Cuaresma agonizante, en las que la antigua colegial se nos antoja el más maravilloso de los paraísos posibles, con cinco pasos montándose en su interior, con un ajetreo inusual en sus naves; una sensación incomparable, a la vez que indefinida, que nos hace comenzar a presentir que todo está dispuesto.
Con la reapertura del Salvador vuelven las mañanas doradas del Domingo de Ramos a contar con uno de sus epicentros principales. Vuelven las largas colas en la plaza, junto a las palmas que el vendedor apoya en el monumento a Montañés; vuelven los padres que enseñan a los niños la Borriquita; vuelve el primer escalofrío ante el palio lleno de personalidad del Socorro, que en la noche será presagio del sueño que se escapa...
Con la reapertura del Salvador vuelven las mantillas y los trajes oscuros la mañana del Jueves Santo. Vuelve el silencio sepulcral a la plaza repleta; dentro el órgano, fuera las golondrinas de la atardecida y la saeta de siempre “.... Nazareno de Pasión...”, mientras Dios hecho hombre se asoma a la ciudad.
Vuelven todos los ritos que hacen del Salvador un universo fundamental para que la Semana Santa sea lo que siempre fue. Pero, sobre todos aquellos descritos, uno menos prosaico, que sin embargo hace posible a los demás; con la reapertura del Salvador vuelve la rampa, la “rampla”, como siempre se le llamó en Sevilla. Nos llega restaurada como el propio templo, pero con el mismo encanto de siempre. No dejen de acudir a saludarla, ante sus tablas no sólo se reencontrarán un clásico, también con aquel niño que la correteó en estas mismas tardes de la hermosa espera.

05 febrero 2008

La iglesia, la taberna y la calle


"La puerta de la iglesia de San Benito tiene una taberna enfrente. Están al hilo el mostrador de la taberna y la nave de la iglesia. Son casi iguales las puertas; y la calle que atraviesa, de tan estrecha, apenas es linde y frontera entre los dos lugares". Así describía el genial Núñez de Herrera el entorno. Hoy ya no existe esa taberna, ni la calle es tan estrecha, más bien todo lo contrario. Hoy ya Pilatos no se asoma por sorpresa, temprana la tarde, a aquel viejo mostrador de barrio. Pero, pese a todo, sigue existiendo una Semana Santa diferente en la Calzá.
Siempre lo vislumbré como un espacio único, cercano a casa, algo más allá de San Esteban, de la frontera de la Puerta Carmona, pero a la vez lejano tras ese viejo puente bajo el que pasábamos en coche, las tardes de verano, al volver de la piscina.
Recuerdo aquella mañana de Martes Santo en la que acudí con mi padre a visitar los pasos; era una iglesia desconocida para mí, curiosa con esa empinada rampa que cubre por unos días los escalones con los que habitualmente te recibe. Sorprendía imaginar que aquel barco dorado salía por esa puerta tan pequeña y hacia una calle tan estrecha, una calle tan estrecha junto a una de las principales arterias de la ciudad, parecía raro, pero a la vez hermoso.
Recuerdo que los Martes Santos eran especiales. Tras pasar Santa Cruz por la sillas, me llevaban mis tíos siempre al mismo lugar, aquella frontera de la Puerta Carmona, donde San Benito ya no era el estallido de alegría de la atardecida en la Campana. La noche la convertía en una larga hilera de luz entre el bullicio de la calle San Esteban; largas filas, morados antifaces, jacaranda en la jarra de sus escudos y pequeños nazarenitos agachados, buscando combatir su cansancio y su aburrimiento jugando con la cera. Detalles y recuerdos como estos me hicieron comenzar a ver San Benito, desde muy temprana edad, como una de esas cofradías que siempre tienes ganas de volver a reencontrar.
Recuerdo como en esas noches de mi infancia, de pronto, aparecían esos ciriales, sencillos y personalísimos, anunciando la llegada del paso de la Presentación al Pueblo a los sones inolvidables de Arahal. Recuerdo verlo perderse en la lejanía, subiendo por última vez un puente que los mayores me habían contado que iba a desaparecer...
Hoy la Calzada ya no es lo que era, pero a pesar de todo sigue manteniendo mucho de su esencia. Sigue teniendo alguna vieja tasca como la referida por Núñez de Herrera, no tiene calle estrecha para que Pilatos se asome, temprana la tarde, pero sigue teniendo una cofradía de un sabor especial, a la que todos esperamos con ilusión cuando se va acercando el día grande de su barrio.

20 enero 2008

Cuando viene de vuelta


Noche cerrada, cúmulo de emociones vividas, cuerpos cansados, primeros atisbos de melancolía... Ya viene cerca, se presiente en el andar pausado de sus nazarenos, en las miradas adultas y serenas que se adivinan tras los antifaces, en el sonido lejano de una marcha que no acertamos a identificar aún.
Un año más hemos vuelto a acudir a la cita. Vencido el sol de las primeras horas de la tarde, entregada la luz a los confines aljarafeños que perfilan el sueño de la ciudad en sus días grandes, ha nacido la luna de la Semana Santa, aquella que preside el retorno a su templo de estos tramos de cera que se observan como trazos infantiles desde un cielo que hoy creemos tener en nuestras manos.
Un año más volvemos a este mismo lugar, tan distinto al que transitamos cada día, tan diferente al de la fría tarde navideña, al de los rigores veraniegos de agosto y algo más semejante, fruto de la ilusión de lo cercano, al de las vísperas gozosas que nos trajeron hasta aquí. La luz de la primavera, todo un año escondida, reapareció una tarde templada, casi sin darnos cuenta nos tomó de la mano y guiados por ella alcanzamos este instante sublime en que no existe más luz que la de la candelería vencida de este paso de palio que tenemos ante nuestros ojos.
Ahora sí que identificamos la marcha, puro clasicismo y elegancia exquisita. Viene asentado pero con fuerza, suenan sus bambalinas, nos impresiona el cimbreo de sus varales, el chisporreteo de la cera que arde, el desorden medido de las flores que lo adornan. Amargura, Aguas, Dulce Nombre, Regla, Valle, Montserrat..., qué más da...
Tal y como la vimos llegar se nos escapa. Su manto y la trasera son un epílogo de ensueño que retendremos doce meses en nuestro pensamiento; hasta que si Ella quiere, una tarde templada, la luz primaveral vuelva a traernos de su mano hasta este mismo espacio en el que su presencia nos sigue cautivando, año tras año, cuando viene de vuelta.

08 enero 2008

Entrevista a don José María de Mena

El escritor y colaborador de Casco Antiguo, José María de Mena, lleva décadas al servicio de la historia de la ciudad.

“MI LABOR ME HA HECHO SENTIR EL CARIÑO DE LA GENTE DE SEVILLA”

Años de dedicación a la ciudad que ama por encima de todas las demás, han llevado a José María de Mena a convertirse en el culpable de que muchos sevillanos compartan su pasión.

Enrique Henares

Por mucho que me hubiera esforzado, jamás hubiera logrado imaginar que un buen día ejercería mi eterna vocación periodística y menos aún que uno de mis entrevistados sería José María de Mena, aquel señor que aparecía en la contraportada de un libro rojo, con la fotografía de la Giralda vista desde la plaza de la Alianza, que en mi niñez me regaló mi padre con la sana intención de que me aficionase a todo lo maravilloso que encierra nuestra tierra.

La tarde es bien temprana. Don José María nos ha citado en su domicilio de la calle Vascongadas, justo a la espalda de la capilla del Carmen de Calatrava; allá por los confines de la Alameda y muy cerca del portalón trasero del convento de San Clemente. Sin lugar a dudas un lugar cargado de historia y un perfecto rincón para soñar y contar Sevilla. Rodeados de libros propios y ajenos nos situamos en el despacho del escritor... “Bueno amigo, ¿de qué quieres que hablemos?”; rápidamente replico a don José María que de su obra, de su envidiable trayectoria como historiador de la ciudad.

Toma la palabra Mena y comenzamos a asistir al relato de esa historia de amor con Sevilla: “cuando terminé la carrera, doña Amantina Cobos de Villalobos, una ilustre señora; maestra, poetisa, historiadora y académica, me planteó una cuestión que llegó a sorprenderme, la de qué pensaba hacer a partir de ahora”. El joven José María acababa de concluir sus estudios y de alcanzar su plaza como profesor por oposición, pero doña Amantina había puesto sus ojos en él para que llevase a cabo una labor a su juicio necesaria en esos momentos, la de recoger la historia, los testimonios, los hechos más o menos verosímiles y todos los aspectos particulares que conformaban la crónica de la ciudad a lo largo de los siglos. Eran años en que, muertos los viejos eruditos en materia sevillana, sólo quedaba en ejercicio don Santiago Montoto, el llamado Patriarca de las Letras Hispalenses, quien ya era muy mayor y que por su gran labor y su esfuerzo constante debía contar con un digno sustituto que ocupase su lugar algún día. Preguntar a don José María por Montoto es hacerle revivir la Sevilla de su juventud, aquella que gustaba pasear con el venerable anciano residente en la calle Mateos Gago. Con don Santiago compartió Mena las ondas de Radio Sevilla, emisora de la que fue redactor jefe y en la que el viejo historiador mantenía su programa “Sevilla en la tradición y la leyenda”.

DE UNA OBRA A OTRA

Alentado por su buena amiga y por el propio Montoto, comienza José María de Mena su labor literaria. Lo primero que idea es una obra en la que recoger todos aquellos testimonios históricos que conforman la biografía global de la ciudad, nace así su “Historia de Sevilla”. Pero pronto se da cuenta Mena de que la suya no sería una labor fácil. “La historia la hacen personajes, por tanto a los mismos habría que dedicarles otro libro. Estos viven en calles, plazas y barrios que también habría que recoger en una obra y como no, en la historia también hay hechos curiosos que ya de por si merecen ser recogidos en un solo volumen. Hay además entre estas curiosidades algunas sin resolver, es decir enigmas y hasta a esos dediqué una obra: “Enigmas históricos de Sevilla”. Mención aparte merece su obra “Tradiciones y leyendas sevillanas”, quizá una de las más leídas y demandadas y de la que pronto verá la luz una nueva edición.

Llegamos entonces al punto en que, cubierto el objetivo inicial, don José María comienza a escribir libros de temática más personal, es el caso de “La Sevilla que se nos fue”, por la que el entrevistador confiesa sentir auténtica debilidad y que en palabras de su autor: “constituye un homenaje a la generación de las madres y las abuelas de los entonces jóvenes lectores de la obra, realizando para ello un recorrido por distintos aspectos de la vida cotidiana de la Sevilla de aquellos años”. Tiene tiempo Mena para aportar su granito de arena al mundo de las cofradías (“Cristo andando por Sevilla”), para elaborar guías como las del Alcázar y el Cementerio, e incluso para ampliar horizontes con un libro, “Así fue el Imperio Español”, hablando del cual apreciamos su pasión por la historia general, señalándonos a Sevilla como “parte fundamental del mismo, puerto único y referente, controlado siempre por la Casa de Contratación”.

IMPRESIONES SEVILLANAS

Era obligado cuestionar a quien tanto conoce la ciudad a través de sus distintas épocas por su visión actual de la misma. Lejos de lo que muchos pudieran imaginar, don José María hace gala de su exquisita educación adobada por su fina ironía y declara que: “todo depende de los gustos, lo que a unos gusta para otros es horrible. El feísmo existe desde que lo inventó un tal Bretón y por ello, aunque nos cueste asumirlo, hay distintos conceptos de crear belleza. Bien es verdad que están llegando a verse cosas difícilmente explicables”.

A través de sus palabras sueña Mena con la Sevilla que conoció, la Sevilla de los paseos sin prisas, la de la muralla tristemente escondida, la que tuvo una calle San Vicente cuyos más de cien números se contaban por bellísimas casas, entre ellas la que albergó el taller de su buen amigo, el escultor Antonio Castillo Lastrucci, al que se sigue emocionando al recordar. “De entre las muchas personas conocidas que he tratado a lo largo de estos años, siempre sentí especial predilección por Antonio Castillo, un hombre humilde y trabajador; gran artífice de la reconstrucción de la Semana Santa tras la quema de iglesias de los años treinta y al que Sevilla no supo valorar, hasta el punto de morir arruinado y solo, instantes después de mi por entonces diaria visita a su casa”.

MÁS ALLÁ DE LOS LIBROS

Pero la gran labor de José María de Mena no se ha limitado a su obra escrita, a esos libros que todo sevillano prototípico tiene en su haber. Muy seguido era su comentario del día en Radio Sevilla y también sus numerosos artículos en diferentes rotativos, como el nuestro, con el que colabora prácticamente desde sus orígenes y del que sólo habla maravillas: “me gusta Casco Antiguo porque se trata de un periódico modesto, sin color político, estrictamente local y por tanto cercano al lector en todo lo que cuenta”.

Lógicamente esta larga trayectoria en el mundo de las letras locales no hubiera sido posible sin el refrendo de los sevillanos, sus lectores. “Estoy bien encajado en Sevilla, mi labor me ha hecho sentir el cariño de gente de toda clase social. No tanto el de las instituciones...”.
Continúa la conversación, don José María nos desgrana sus proyectos más inmediatos, en los que trabaja ilusionado como si fueran los primeros. Las horas pasan volando escuchando sus mil anécdotas. Antes de despedirnos saco de mi mochila el viejo libro de la portada roja presidida por la Giralda, “Sevilla explicada a los jóvenes”. Desde aquella tarde de comienzos de noviembre reposará por siempre en mi biblioteca cariñosamente dedicado por su autor.

Nota a posteriori: esta entrevista a don José María de Mena, ese señor que a muchos nos aficionó a los temas sevillanos, fue realizada el pasado mes de noviembre para el especial de Navidad del periódico Casco Antiguo, donde fue publicada a fecha de 23 de diciembre de 2007.

19 diciembre 2007

El montaje del Nacimiento


Solía coincidir con el regreso de la Esperanza a las alturas; últimos días de clase, nerviosismo ante ese viernes en que daban las vacaciones: los primeros años con una fiesta de disfraces y una cabalgata por los patios del cole, después con una película en el Rialto y su previo partido de fútbol mañanero en Jerónimo de Córdoba, más tarde con el multitudinario almuerzo en San Marco, hoy de cervecitas de mediodía y buenos amigos, como casi todos.
Llegaba una tarde, o una mañana si era fin de semana, en que bajaba del altillo una caja de Lubre, pronto desaparecería Lubre, pero la caja siempre fue la misma. De ella comenzaban a salir figuritas de plástico. Había también una de barro, una especie de morita con un botijo sobre su cabeza que junto a las demás resultaba exageradamente grande, pero que no por ello dejaba de tener su sitio en el Belén. Tras la mesa abierta del cuarto se colocaba un póster con un hermoso y navideño paisaje, se comenzaban a distribuir los corchos y tras los del fondo, se disponían unos matojos recién comprados en el kiosko de las flores de la Alfalfa, o en la calle Alhóndiga, esquina con Descalzos.
Era el momento entonces de, una vez echado el serrín, comenzar a colocar todo aquello que contenía la caja: primero el portal, cada año en un sitio diferente, y en su interior la Virgen, el Niño, San José, a quien parecía crecerle la vara año tras año, hasta que hubo que cortarle su tramo superior, y por supuesto la mula y el buey. Tras esto se colocaban algunas casas y el castillo de Herodes, siempre escondido en las alturas, a veces incluso sobre la cómoda muy cercana a la mesa. La gruta, el río, el puente con los Reyes pasando y con los camellos cayendo una y otra vez por la inestabilidad del mismo..., carros, animales, pastores, lavanderas... Toda una obra de arte la cual, en determinados años, incluso iluminábamos con unas lucecitas de horribles cables que, aunque mi madre se encarga de negarlo, se veían mucho.
El Nacimiento durante días se convertía en el exclusivo juguete de dos niños que, tras la tradicional visita a los de el Monte, la Caja San Fernando, San Juan de Dios y otros muchos, intentaban retocarlo afanosamente con la intención de que se pareciera a ellos mínimamente. Todo un clásico era buscar un recipiente, por impropio que fuera el mismo, para que el río tuviese agua de verdad...
La mudanza a la mesa redonda del salón, la pérdida de muchas figuras y, principalmente, la edad de los dos niños hicieron que se le dejara de echar la misma cuenta. Pese a todo se mantuvo su montaje durante algún tiempo, recordando esos otros de la niñez, aquellos sueños infantiles de contar con uno mayor, los villancicos ante él en Nochebuena... Desapareció la mesa del salón y desde hace unos años ha sido sustituido por un bonito Misterio completado con los tres Reyes Magos y que, originalmente, colocamos en el interior de una cesta plana de mimbre.
Por numerosas razones no es lo mismo que antes, pero lo verdaderamente importante es que el Niño que en unos días le nacerá a la Virgen de la Salud en lo más alto de la Costanilla, sigue estando presente en mi hogar e impregnándolo del nombre de su Madre.
Muchas felicidades a todos y que disfrutéis junto a los vuestros de una entrañable Navidad.

03 diciembre 2007

Encuentro infantil con la Sevilla oculta


Desde muy niño, uno de mis mayores pasatiempos consistía en bichear la biblioteca de mi casa. En ella llamaban mi atención sobre todos los demás los libros de temática sevillana que, junto a los taurinos, eran sin duda mayoría. Me atraían principalmente aquellos grandes volúmenes que habitaban acomodados en uno de los mayores y más altos espacios del mueble del salón. Entre estos destacaba uno dedicado a las clausuras conventuales de nuestra ciudad: Sevilla Oculta, prologado por Morales Padrón, con textos de los profesores Morales y Valdivieso y fotografías del genial Luis Arenas y sus hijos.
Quede claro que era demasiado pequeño para entender una sola letra de lo que allí se decía, pero sin embargo las muchas imágenes que lo ilustraban sí que conseguían despertar mi interés. Me costaba creer que, justo detrás de aquellos muros tan cercanos a mi vida cotidiana, se alzaban imponentes esos patios exquisitamente cuidados, aquellos frescos huertos, o esas bellas estancias tan sólo paseadas por un muy limitado número de mujeres anónimas que, por habitar aquel remanso de paz casi paradisiaco, pagaban el alto precio de conocer bien poco de nuestro mundo externo. Recuerdo cómo me impactaban aquellas fotos e incluso me apenaba asumir que jamás, por muchos años que viviese, conocería aquella Sevilla oculta tras las tapias conventuales.
Poco a poco fui asumiendo que aquel hecho formaba parte de la más pura lógica; cada persona se mantiene ubicada en su espacio y sus circunstancias. Fue entonces cuando un mediodía, al subir a la azotea de mi colegio, descubrí por sorpresa el claustro mayor de Santa Inés. Me parecía imposible que la explosión de luz tantas veces vista en las fotografías estuviese ahí, directamente tras el muro blanco con el que me topaba por dos veces, tras salir de clase a la una y a las cinco. Por un instante, ajeno a los juegos de mis compañeros, contemplaba a tan sólo unos metros esa otra vida donde el trinar de los pajaritos, el sonido de las cercanas campanas de San Pedro y el griterío infantil de cada tarde debían de percibirse de una forma bien distinta, por no calificarla directamente de mucho más hermosa...
Desde entonces Santa Inés me pareció un convento diferente al resto de los del libro. Supe poco después que era aquel en cuyo coro bajo de su iglesia (una joya con obras de Mesa y Ocampo) descansa la figura imponente de su fundadora, el amor imposible del rey cruel. Aquel en el que sigue sonando cada Nochebuena un órgano, tocado magistralmente por un tal Maese Pérez, escapado de la pluma de Bécquer para vivir por siempre en la calle San Felipe, hacerse nazareno de los Caballos y devoto del tinto del Rinconcillo...
Fue ese encuentro sorpresivo, y a estas alturas de mi vida muy lejano, con el claustro mayor de Santa Inés, el culpable de que en días como ayer, cuando me adentro en su compás, el del encantador torno de los bollitos, sienta la satisfacción de que, por mucho que quieran transformar Sevilla, hay rincones que siempre permanecerán inalterables.

19 noviembre 2007

Hay unos culpables


Sabemos de sobra que son inofensivos, que no deben tener el más mínimo atisbo de inteligencia para aprovechar este momento en que a cuatro iluminados se les ocurrió recordar donde está enterrado Queipo, ese señor que parece que murió antesdeayer, porque de repente a una legión de rojos les ha entrado una preocupación inmensa porque no descanse en una iglesia. ¿Qué les importa a ellos la Iglesia? Al menos me refiero a quienes realizan públicamente esas defensas desmedidas de la muy oportuna (como casi todo lo que hace) Memoria Histórica del señor Rodríguez.
Sabemos de sobra que no tienen ideología ninguna, son payasos absurdos que buscaron el instante de gloria que desgraciadamente les hemos dado, el de ver reflejadas en los periódicos la fotografía del azulejo ya limpio y la noticia de la quema del póster. Quienes así actúan no pueden tener ni un ápice de formación y por tanto es imposible que maduren sus actuaciones. ¿Qué culpa tendrá la Macarena? Ella que nunca supo de guerras y que a todos acoge entre quienes le adoran, que son legión. ¿Qué les importa a ellos el fajín que luzca, si en su gran mayoría se acaban de enterar de su existencia? ¿Pese a su manifiesta torpeza, tan complicado les resultará asimilar que todo lo que tiene es suyo y de nadie más?
Pero en toda esta historia hay unos culpables con nombre y apellidos. No son otros que quienes permiten que en la calle Pedro del Toro, en pleno corazón del barrio más históricamente señorial de una ciudad, vivan unos ocupas asquerosos, en contra de la ley, que lanzan huevos contra una cofradía de gloria.
La tiene quien con poco más de 25.000 votos, vamos con poco más del apoyo de la mitad de las personas que van al fútbol en Sevilla los domingos, se cree en el derecho, no de gobernar que desgraciadamente lo tiene, sino de faltar el respeto a una ciudad mayoritariamente cristiana y que por mucho que intente impedirlo seguirá celebrando la venida al mundo del Señor con el nombre que siempre la conoció.
La tienen, a la postre y a escala nacional, quienes han reabierto heridas más que olvidadas. Heridas de ambos bandos, cerradas hace años por el bálsamo de una Constitución democrática. Pero claro, para entender eso hay que tener luces y estos culpables es evidente que tienen casi tan pocas como vergüenza, que ya es decir...

05 noviembre 2007

Sor Ángela


Desde muy pequeño me enseñaron que en mi casa es ella quien "cura los resfriaos". Apenas tenía uso de razón cuando ya advertía como formaba parte de mi paisaje cotidiano: la foto en mi mesilla de noche, en la del cuarto de mis padres, en el salón, en el mueble de entrada... A veces me llamaba la atención como dos de sus hermanas tocaban a la puerta un sábado por la mañana y mi madre les daba una limosna a cambio de un pequeño papelito amarillo y, llegado el comienzo del año, de un calendario con su foto.
Muy pronto me llevaron a verla, quizá por eso, por haberla conocido tan niño, jamás me impresionó su sueño eterno. Durante muchos años la tuve muy cerquita, muy cerca de su casa aprendí mis primeras letras e hice mis primeras y mejores amistades. Era el tiempo en que su entorno constituía mi universo: el colegio, el olor a pan del horno de la calle Alcázares a la hora del recreo, las tardes de lunes a jueves jugando a la pelota en la puerta de atrás de San Pedro o las de los viernes, en las que el partido se hacía ya algo más serio, concurrido y largo y se trasladaba a San Juan de la Palma. A muchos de aquellos amigos se la descubrí por vez primera y fue tal la aceptación de mi propuesta que, durante algún tiempo, llenábamos el oratorio de hombrecitos tras sonar el timbre de salida de la una.
Fui creciendo y abandoné ese trozo de cielo donde vivía instalado. Después supe mucho más de ella. Pude leer que fue un ayuntamiento republicano quien a su muerte le dedicó esa calle; la calle que durante algún tiempo habitó aquella niña de dorados cabellos y reflejos del Guadalquivir más secreto de Sevilla en su mirada; la calle desde donde la abuela, que tanto le rezaba, voló a su encuentro hace poco más de un año; la calle donde, pasada la puerta de su convento, me gusta reencontrarme puntual con esa Semana Santa eterna, en la que el público es tan escaso y respetuoso que se escucha incluso el caminar pausado de los nazarenos del Silencio Blanco.
Pasaron los años y terminé por darme cuenta de que las devociones transmitidas desde temprano por quienes más nos quieren quedan en uno marcadas para siempre. Por eso, cuando algo me preocupa de verdad, siento la necesidad de acudir a su casa y tocar la campana. Ha transcurrido mucho tiempo, ya no soy el pequeño que acaba de salir de San Francisco, pero ella sigue ahí.
Está canonizada, sí, hoy es su día, pero para mí y para casi todos siempre será Sor Ángela, esa estrella de la madrugada que ilumina a la Amargura cuando, como una sevillana más, viene buscando su consuelo cada Domingo de Ramos.

22 octubre 2007

Por fin llegó la hora


A muchos nos parece mentira, pero por fin llegó la hora. Es de ilusos no pensar que hace años, décadas, que Antonio Burgos merecía el honor de ser pregonero de la Semana Santa, el mayor de los galardones posibles para un sevillano, cofrade y aficionado a escribir. Hace años que Burgos merecía ese honor y Sevilla ese privilegio: el de escucharle.
Me cuesta leer en Internet como algunos dudan de este pregonero. Sin duda debe de ser gente sin la capacidad de diferenciar entre sus opiniones políticas y su visión de la ciudad eterna, verdaderamente triste cuando, muchos de los que así piensan, son los primeros en discutir que fulano o mengano no alcancen la tribuna por ser: divorciados, homosexuales, medio ateos o costaleros de varias cofradías de las que no son hermanos. Es así de lamentable, en Sevilla algún poeta de los grandes se nos fue sin darnos el pregón porque le gustaba el tinto más de la cuenta y nunca tuvo relación interna con las hermandades, algo difícil de creer pero cierto.
Gracias a Dios con Burgos no ha ocurrido eso, pese a que incluso en materia de cofradías ha sido capaz de llamar a las cosas por su nombre, con lo difícil que es eso y lo atrevido que hay que ser para ello. Muchos le achacan que a través de sus artículos ha podido parecer que despreciaba a ciertas cofradías de nueva creación, pero ¿verdaderamente es desprecio pensar que la Amargura (valga el ejemplo), por siglos de historia, por imágenes, por devoción, por tantas cosas, tiene más peso en la ciudad y su literatura que la última hermandad aprobada, sea cual sea?
Me cuesta creer que quienes critican esta elección anhelada por muchos hayan leído su discurso de ingreso en la Academia de Buenas Letras sobre el Patrimonio inmaterial de Sevilla. No pueden haber leído sus artículos "Farol de Cruz de Guía", "Romance de las palmas", "Armaos en San Lorenzo" y tantos otros. Deben vivir ajenos a ese pregón a cuentagotas que Burgos viene pronunciando a la ciudad desde hace más de cuarenta años; el pregón que todos escuchamos cuando la paseamos en las tibias tardes cuaresmales, o en la mañana temprana de un Domingo de Ramos; el pregón de las horas intermedias entre el Jueves y la Madrugá; o el de aquellas primeras del Viernes en que en el Arenal nace a la luz la cofradía que, como a él, a muchos nos cautiva. Es el pregón que desde niños venimos escuchando, pero que sólo el columnista de ABC y quizás esos otros que se fueron en silencio, serían capaces de pronunciar una y otra vez.
Me declaro seguidor de Burgos, muchos lo sabéis, pero que mi escasa objetividad no empañe que estamos ante una de las plumas más privilegiadas y premiadas de nuestro país. La pluma que por fin va a dibujar la Semana Santa de los sueños. Enhorabuena maestro, enhorabuena Sevilla.

08 octubre 2007

A solas con la luna


Nunca fue, tan sólo, aquella dolorosa de mirada baja que llegaba a la Campana de mi niñez cerrando la Semana Santa y con ello sumiéndome en la anual nostalgia, a veces ni siquiera contenida. La Soledad siempre significó mucho más que el sonido de las sillas que se cierran, de los besos de despedida hasta una próxima ocasión o si no hasta el Domingo de Ramos venidero. Tiene ese privilegio, sí, el de abrochar la semana de los sueños; pero también su rostro, su llanto silencioso, su tristeza calma..., tienen mucho que ver con Sevilla, con su barrio de siempre, con mi propia existencia.
Tiene la Soledad hechuras de becqueriana cofradía, no lo fue, pero sí que puede enorgullecerse de ser la más murubesca de esta ciudad de los versos eternos. La Soledad es uno de esos retazos de la Semana Santa que sabes que nunca cambiará, que permanecerá inalterada como el sonido de esas campanas de San Lorenzo, recuerdos de mujer emparedada y de hermosa Madrugada de Dios.
La Soledad vive en el templo que habitó el Señor por muchos siglos, en el que se casaron Enrique y Amalia, que bautizaron a mi padre y a sus otros dos hijos ante Ella. Vive muy cerca del colegio donde estudió mi madre de pequeña, del diminuto taller en un compás de fuente y de naranjos donde se restauraba eternamente mi Niño Jesús prometido, de la bodega donde paraba quien fue su nazareno, de la farmacia, de la lechería, de la frutería de la calle Santa Ana... La Soledad era la guardiana de todo ese universo, tan metido en mí que cada vez que piso San Lorenzo me sigo sintiendo el niño que está pasando el fin de semana en casa de la abuela.
Mucho debe tener que ver todo esto en que, cuando cada Sábado Santo veo regresar las largas filas de nazarenos de escapulario y manguitos por la estrechez de Capuchinas, todos ellos me parezcan salidos a media tarde de una casa de patio sevillano de la calle Santa Clara. Es el momento en que la cofradía discurre más señorial que nunca: cortejo de elegancia para la Soledad de paso presuroso camino de la plaza, llorosa al pie de la Cruz, tan sólo acompañada en su dolor por la luna de Rodríguez Buzón, la última luna de la Semana Santa.
(A mis primas pequeñas: Ángela de la Cruz y María, en el CDL aniversario de la hermandad que rinde culto a la Virgen por culpa de la cual vinieron al mundo).

26 septiembre 2007

Desde mi azotea (a Glauca)






Atardece un miércoles de principio de otoño en la azotea de mi casa, en la calle Águilas, muy cerca de la Alfalfa. La temperatura es perfecta y la vista mucho mejor de lo que recordaba. Qué poco aprovechados están estos espacios, al menos por mí y pienso que por todos los que vivimos en un bloque de pisos junto a muchos otros vecinos.
Pese a que en la collación de San Nicolás se han restaurado y elevado muchas viejas casas -como la que frente a mi balcón, en Almirante Hoyos, me privó de la visión diaria del Giraldillo- he logrado encontrar un lugar desde donde retratar, sin apenas trabas, nuestra torre madre y algo de Catedral. La recién restaurada cúpula del Salvador, la de San Alberto junto a su torre, la espadaña de Santa Cruz o la torre de San Bartolomé, perdida entre azoteas, rodean esta visión central.
Hacia la fachada principal, la torre de San Pedro parece juguetear con el Alamillo. En su entorno se observa la de los Descalzos y más cercanas que ninguna las de San Ildefonso, con ese aire colonial que las caracteriza. Águilas abajo se adivina la pequeña torre de San Esteban; más al fondo Nervión y sus altos edificios sobre los que se eleva la luna llena.
Sólo falta que un día aprenda a hacer fotos. Mientras os cuelgo algunas. Ni que decir tiene que quedáis invitados a contemplarlo en vivo.

12 septiembre 2007

100 años 100


Hoy, 12 de septiembre de 2007, el Real Betis Balompié cumple 100 años de historia. Camino de los 27, siempre le recuerdo ligado a mi existencia, vistiendo su camiseta verdiblanca desde mis fotografías más remotas, sufriendo con sus sinsabores y estallando de júbilo con sus alegrías y sus celebraciones incomparables.
Felicidades Betis y gracias por ser siempre distinto al resto, gracias por estas casi tres décadas que he vivido a tu lado. No cambies nunca, si lo hicieras nada sería lo mismo para tus seguidores.

29 enero 2007

Maravillosamente distintos
Puede parecer oportunista hacerlo hoy, después del mejor partido de la hasta ahora flojita temporada, pero también debéis tener en cuenta que es, sin duda, una semana importante para el fútbol sevillano que el jueves vivirá la primera de sus tres fiestas en un sólo mes y qué mejor manera de sumarme a ella que hablando del que siempre ha sido, es y será mi equipo. Soy bético desde que nací, quizás porque así lo quiso mi padre, pese a que mi abuelo, oriundo de Granada, era sevillista como también lo son mis tíos. Sé que en mis primeros años de vida el Betis realizó unas cuantas buenas campañas, pero mis recuerdos más remotos se ligan a un equipo ascensor que en ciertos momentos invitaba a la desesperación de un niño tan pequeño. Hoy, mucho tiempo después, me alegro de no haber sucumbido a ella. Eran los años de Pumpido, cuya equipación tuve no sé para qué ya que nunca me gustó jugar de portero; los años de aquel delantero centro ídolo de mi infancia: "No diga gol diga Mel"; los años en los que no era fácil ser del Betis rodeado de amigos sevillistas, pero en los que un llavero, que todavía conservo y que reza rodeando al escudo: "Aún en los peores momentos que grande es ser bético", me convenció de que indudablemente no hay equipo que sepa sufrir como el nuestro, capaz de sobreponerse a lo que pocos lograrían hacerlo. Gracias al sentimiento resumido en esa frase, tan grabada en aquel llavero como a partir de entonces en mi corazón, pude vivir gozoso aquel rescate de los infiernos por obra y gracia de un señor con bigote ligado a mi mejor memoria en verdiblanco; aquellas primeras goleadas en casa tras el retorno a la cumbre; aquellos derbys en los que fuimos intratables; aquel tercer puesto en la liga, logrado en el mismísimo Bernabéu; y aquella final copera in situ, en ese mismo lugar, que perdimos pero merecimos ganar. Después vinieron etapas mejores y peores; otro ascenso de inolvidable celebración y una temporada de ensueño que nos permitiría, meses más tarde, escuchar en nuestro estadio el himno de la Champions, no sin antes traernos para Sevilla un título, varios años después de que nosotros mismos nos trajésemos el último desde ese mismo campo en el que, tras un día inolvidable inundando Madrid con nuestros colores y nuestros cánticos, muchos descubrimos que también se llora de alegría. Esto es sólo el resumen, más sentimental que preciso, de veintiseis años entre cien posibles; cien años de beticismo en los que, desde el Porvenir a Heliópolis pasando por el resto del mundo, fuimos como siempre seremos: maravillosamente distintos.

07 septiembre 2007

Corrales de vecinos


Tendría unos 11 ó 12 años cuando cayó en mis manos un libro del Profesor Morales Padrón sobre los corrales de vecinos de Sevilla. En aquellos momentos me encontraba sumido en una etapa en la que devoraba toda obra relativa a Sevilla, sus costumbres, sus personajes..., pero sin duda, aquella del escritor canario llamaría particularmente mi atención, tanto que no sólo me limité a leerlo, sino que me propuse investigar cuántos de esos patios vecinales quedaban en pie, ya que los textos y las imágenes que los ilustraban constituían una reedición de lo publicado por el mismo autor en la década de los setenta.
Bien pronto me di cuenta de que las cosas habían cambiado, y mucho, en los poco más de quince años transcurridos.
Los patios que aparecían medioderruidos en las fotografías habían sido demolidos y en su lugar se hallaban nuevos bloques de pisos, algunos de ellos buscando respetar la estética de lo que allí se levantó, bien remodelando lo que había o simplemente disponiendo las nuevas construcciones en torno a una agradable estancia central.
En otras ocasiones, aquella vida, quizás indigna de la España de finales del franquismo, pero alegre en su cotidianidad, había dado paso al más triste silencio sepulcral. Puertas entornadas, patios de verdina y jaramagos crecidos, gatos melancólicos sobre las barandillas y otros elementos propios del abandono, componían la estampa de aquellos ámbitos en los que, en contra de la voluntad de mi madre, me colaba para cotejarlos con los recuerdos de mis lecturas y mi visión de los testimonios gráficos.
Fue mucha Sevilla la que pateé e hice patear a los míos en sus ratos libres, tanta que terminé descubriendo muchos más corrales de los estudiados por Morales Padrón. Certifiqué que era en la zona de la Macarena y en Triana donde subsistía en mayor medida esta forma de vida, mientras en el centro y sus alrededores prácticamente había desaparecido.
En ocasiones, de forma sorpresiva, encontraba un corral que mantenía su existencia y gran parte de su estética. Muchas veces, ante mi curiosidad fácilmente apreciable, algún vecino me preguntaba si buscaba a alguien; era entonces cuando le contaba mi inquietud respecto a aquellos incomparables ejemplos de la arquitectura local, que en ocasiones habían pasado de conventos o casas palaciegas a encantadores patios de vecindad, en los que transcurrió la vida de buena parte de la sociedad sevillana del XX y que ahora parecían vivir sus últimas horas de vida. Os aseguro que tan sólo cinco minutos de conversación con aquellas gentes suponen una de las mejores lecciones posibles sobre ese ayer de la ciudad del que muchos somos auténticos enamorados.

26 agosto 2007

Ánimo, Puerta


Como tantas veces he escrito, este es un blog sobre Sevilla y sobre todo lo que tiene que ver con esta bendita ciudad. Sus principios fueron estrictamente costumbristas, sentimentales, si me apuran hasta tópicos, en esa línea del amor profundo a lo tradicional que muchos sevillanos mantenemos. Poco después creció de forma sorpresiva y en ocasiones creí necesario abrir su temática algo más allá, hasta donde los ciudadanos, sus sentimientos y sus preocupaciones pudieran llegar a demandar.
Hoy en toda España no se habla de otra cosa, y es que ayer por la noche, las imágenes de un niño de Sevilla, caído inconsciente sobre el césped del Ramón Sánchez Pizjuán y más tarde las de su evacuación en camilla del estadio, nos sobrecogieron a todos.
La gran mayoría de vosotros sabéis de mi beticismo de cuna y por qué no decirlo, también de mi antisevillismo manifiesto, algo que llevado con respeto no es nada extraño en estos lares nuestros, sino la sal del fútbol y de la convivencia. Pero esto no es óbice para que hoy, en este rinconcito que creé hace poco más de un año para expresarme libremente de la forma en la que más disfruto haciéndolo, mande todo mi apoyo a Antonio Puerta, un excelente futbolista a cuyo crecimiento, como todos vosotros, he asistido en estos últimos años; un sevillano del mismo barrio de Nervión que en un jueves de Feria llevó a su club de toda la vida a los días de gloria en los que aún hoy vive instalado.
Esperando las mejores noticias, porque es un chico joven y porque como hijo de la tierra forma parte de esta historia, desde El Blog de Pregonero: ¡ánimo, Puerta!
Nota a posteriori: dos días después de ser publicada esta entrada, Antonio Puerta se marchó a los cielos junto a su Esperanza de Triana.
Fue una jornada triste y emotiva, en la que toda la ciudad se unió rota por el dolor. Difícilmente la olvidaremos.

14 agosto 2007

Tardes solitarias de la Novena


Lloran estas tardes solitarias de la Novena de la Virgen la muerte de Pepín Tristán. Lo lloran las elegantes corbatas del palio de Subterráneo, las altas cresterías de Montserrat y de los Dolores de San Vicente, y el balconcillo de su grada de la plaza de toros, desde donde siempre supo seguir poniendo banda sonora a la primavera de Sevilla.
Lloran estas atardecidas de vencejos bajos en torno a la Giralda, la soledad de la calle Francos, los atardeceres melancólicos del estío, la añoranza de las tardes de frío y bullicio, de humo de castañas, de ajetreo comercial...
Suenan las campanas de la torre mayor. Contemplamos una Catedral de puertas abiertas, de abanicos incesantes, de batas de verano, de señoras mayores con cara de sevillanísimas. Cantos litúrgicos, ajetreo de albas blancas ante la Patrona. Toda la vida de una ciudad concentrada, ante su mirada de siglos, en estas tardes solitarias, calurosas, melancólicas de una Sevilla más viva. Si no las conocéis acercaros, pasead la inmensidad catedralicia mientras la luz apura su existencia tras la espadaña de la Encarnación. Id a ver a la Virgen en estas horas muertas de la ciudad y rematad el plan tomando un botellín fresquito en Álvaro Peregil.
Mañana será como siempre, tan igual, tan distinto, tan de toda la vida y tan nuestro. Pero estas tardes son tan secretas y tan bellas que merece la pena disfrutarlas como antesala del amanecer único de la Reina de Reyes.
Felicidades Dama. Muchas gracias a todos. Mañana 15 de Agosto, día de nuestra Patrona, hace un año que existe este blog.

07 agosto 2007

Una ciudad para volver

Rompiendo con lo habitual, que es hablar de las cosas de Sevilla desde este rinconcito de la red en el que muchos queridos amigos os citáis, y a petición popular de varios de vosotros, no tengo más remedio que contaros siquiera unas breves impresiones de mi viaje a París.
No es fácil, os lo aseguro. Me consta que sois bastantes los que la conocéis y que el resto a buen seguro la imagináis como hasta hace unos días lo hacía yo.
Hace dos veranos amplié horizontes visitando Roma; viaje inolvidable y, en cierto modo, pensaba que ciudad insuperable por mis gustos artísticos y culturales. París es diferente, es otro mundo bien distinto. Puede que de mis cuatro salidas europeas nada me haya gustado más que Roma, pero a buen seguro pocas ciudades, por no decir ninguna, más completas que París podremos encontrarnos por el mundo.
Su catedral no es superior a otras y mucho menos a la nuestra, pero tiene algo. Su río propicia estampas inolvidables. Su símbolo mayor no tiene el peso de los siglos, pero impresiona y enamora como pocos. Sus calles tienen una vida sorprendente y única, capaz de aunar la diversidad con la belleza sin que apenas se note.
Puede que el encanto de París radique en eso, en que sus barrios son tan distintos como sus gentes, en que no es necesaria la existencia de la armonía propia de otras ciudades para que nazca uno de los rincones más maravillosos del orbe.
Indudablemente, ciudad para volver.

24 julio 2007

Un rincón del paraíso

Para mi corta edad, aunque uno va teniendo ciertas dudas cuando afirma esto, tengo la suerte de conocer bastante España e incluso hasta un poquito de Europa.
Muchos no logran comprenderlo, pero pese a que no me gusta el verano, no es el hecho de pasarlo en Sevilla uno de los motivos de que así sea. Me agobian el calor y la escasa actividad de estos días, pero no cambio las comodidades de mi casa: mi aire acondicionado, mi ordenador, los libros de mi biblioteca..., por un mediodía de playa achicharrándome al sol; y aunque me encanta bañarme en el mar y ver atardecer en la playa, no dejo de afirmar que a esas mismas horas en el Tremendo, tomando un cervezón fresquito cuando comienza a irse la flama, tampoco es que se esté pasando un mal rato.
Pese a todo existe un lugar, al que por vez primera acudiría con unos 12 años, en el que sin duda cargo las pilas como en ningún otro sitio. Se enclava en ese rinconcito del sur que es una de las dos grandes partes en las que Villalón dividió el mundo: muy cerca de la Cádiz que me enamoró desde niño; de Jerez y Sanlúcar, dos lugares que aún quedándome tanto por descubrir de ellos amo profundamente; de la mar conocida de Rota y Chipiona...
Es una ciudad con encanto de pueblo o un pueblo con encanto de ciudad. Lugar medido, serenamente hermoso, tranquilo a la vez que bullicioso. Sus calles saben casi tanto a Sevilla como a Cádiz y sus esquinas se salpican de tabernas, de secretos patios, de escudos palaciegos y de cierros bajos...
Su plaza de los toros es de segunda, pero tan histórica y bella que quien no ha visto una corrida en sus gradas, afirma tío José desde su azulejo, no sabe lo que es un día de toros. Su iglesia prioral parece recién sacada de una ciudad castellana y trasladada misteriosamente junto a la Bahía gaditana.
Quizás en un futuro mi economía me permita disfrutarlo algo más que un par de días sueltos durante el verano. Aún así, mientras tanto, no tengo dudas: El Puerto es un rincón del paraíso y me encanta perderme en él.