20 septiembre 2014

Salvador Dorado "El Penitente": mucho más que un capataz


Fue uno de aquellos “siete magníficos”. A decir de quienes le conocieron, le trataron, le quisieron, le admiraron… el más completo de todos ellos; el más técnico y el de mayor personalidad; el más valiente e innovador entre sus excelentes coetáneos. Pero la figura de Salvador Dorado no queda ahí, en el prodigioso capataz de cofradías; fue todo un personaje, no solo para la Semana Santa sino para la ciudad, una ciudad –cainita como pocas– que más de veinte años después de su desaparición aún no ha tenido tiempo de pagarle deuda de gratitud siquiera con una calle.

Nació hace ciento dos años, el 5 de junio de 1912, en un enclave pleno de sabor y de sevillanía: el Arenal, en concreto en la calle Galera. Recibe las aguas bautismales en la parroquia del Sagrario, pero pronto, con solo dos meses de existencia, se traslada a vivir allende el río, a un barrio, el de nuestra hermandad, que le marcará de por vida. Conoció la Triana que la prosa de Chaves Nogales refleja en Juan Belmonte, matador de toros, la de los corrales de la calle Castilla, donde por encima de la innegable humildad, y a ratos la miseria, reinaba la belleza de las flores, la buena vecindad y la cotidianidad de lo humano, valores hoy perdidos como aquellos patios y como la memoria de aquel tiempo. Tras un breve paso por la escuela, el suficiente para algunos años después convertirse en lector de las novelas del Oeste de Marcial Lafuente Estefanía y para rubricar con su firma –que no con una cruz– sus contratos con las hermandades, pronto comienza a trabajar en los tejares del viejo arrabal, aprovechando la enorme fortaleza física que desde niño demostró. Practicó deporte: fue boxeador en las veladas de un cine de verano de la calle Relator. También jugó al fútbol; quienes le vieron cuentan que era un defensa derecho inexpugnable que tras su paso por varios equipos locales –entre ellos el amateur de su Betis– pudo fichar, durante el servicio militar en Madrid, por todo un grande como el Atlético.

Pero su sitio estaba en Sevilla y más concretamente en Triana. Nunca perteneció a ninguna hermandad más que, con el paso del tiempo, a la nuestra de Madre de Dios del Rosario, en cuya junta de gobierno se integró durante varios mandatos. Sin embargo, desde muy joven, apenas quince años tendría, se enroló como costalero de Rafael Ariza, padre de José, abuelo de Rafael y Pepe y bisabuelo de Rafael, Ramón y Pedro. En activo se mantendría hasta el fatídico accidente del palio de La O en 1943, momento en el que iba trabajando en uno de los zancos, permaneciendo debajo tras la catástrofe y propiciando de este modo la salida de muchos compañeros. Entremedio el episodio de la Guerra Civil, condena a muerte incluida tras la finalización de la misma, fruto de su periplo por varios puntos de la geografía nacional como capitán del ejército republicano. Un campo de concentración en Heliópolis, la conmuta de la pena por treinta años de cárcel y el paso por un nuevo batallón de trabajadores, en este caso en La Almoraima, fueron los trágicos precedentes de la libertad de Salvador, que llega a finales de 1940, cerrando así una etapa de su intensa trayectoria vital que merece ser estudiada en otro ámbito más propicio. Tras la boda civil en territorio republicano, llega la boda religiosa con Pepa, su mujer, en el año 42 en San Bernardo. Ese mismo día se bautiza su hija Carmina (clave para la realización de este artículo), que había nacido durante la contienda en Alcaudete de La Jara; Rocío, la menor, ya vio la luz primera en Sevilla. Se establecen en los terrenos del Cortijo Maestre Escuela y el cabeza de familia pasa a ganarse la vida como carrero, repartiendo harina por las panaderías. Del carro pasaría al sector del transporte y de este, durante casi treinta años, al muelle.

Como ya comentamos, tras el atropello del tranvía al palio de La O, Salvador deja atrás su etapa como costalero, años de siete cofradías cada Semana Santa por las que llegaría a cobrar diecinueve duros y dos pesetas, siendo La Macarena la mejor pagadora (diecinueve pesetas más una “tajá” de bacalao y un bollo, en la vuelta por la calle Feria a la altura de la Cruz Verde). Tras un breve periplo como contraguía de Ariza, debuta como capataz en solitario en La Trinidad, en el año 46. Su primer segundo fue Paco Quesada, a quien seguiría su compadre Espejito, además de nombres claves en su trayectoria como Manolo Santiago o Salvador Perales, muchos años junto a El Penitente. Jesús Basterra, actual hermano mayor de Madre de Dios, también acompañó al maestro durante seis años (desde 1974 a 1980). De él recalca su sexto sentido para ver venir los problemas y solucionarlos antes de que acontecieran, reforzando, si era preciso, una delantera dura como la del palio de la Virgen de los Dolores de Las Penas con buenos peones de la trasera del Señor, ya en el regreso de la cofradía a San Vicente.

Llegó a sacar hasta once cofradías en una misma Semana Santa: La Sed el Viernes de Dolores; el Sábado de Pasión, San Juan de Aznalfarache; el Domingo, El Amor; el Lunes, Las Penas; el Martes, Los Estudiantes; el Miércoles, San Bernardo; el Jueves, Los Negritos; la Madrugada, La Macarena; el Viernes, una en La Puebla del Río y una en La Algaba más tarde; por último, el Sábado, El Santo Entierro de Dos Hermanas; al margen, numerosas cofradías de gloria a lo largo del año, tanto en Sevilla capital como en la provincia. Para ello, qué duda cabe, contó con excepcionales costaleros, cuyos nombres permanecen en muchos casos en la memoria de tantos buenos aficionados: El Pi, El Corneta, Vargas, Cerezo, Manolete, Catrafa, Berraquero, Paquillo de Torreblanca… Cuentan de él que daba categoría a la cofradía que cogía y que por ello muchos buenos cofrades a los que contaba entre sus más queridos amigos hicieron lo posible para que tocara los martillos de las suyas. Unos lo consiguieron y otros no, ya que durante años guardó fidelidad a varias hermandades: San Bernardo, Los Negritos, Los Gitanos… La no aceptación de esta última en la subida de una peseta para sus hombres y la insistencia de don Eduardo Miura le llevaron a sacar La Macarena, con una doble salida en 1974 (Madrugada y Domingo de Resurrección, para regresar desde la Anunciación, donde la cofradía se había refugiado por lluvia) que quedará para los anales de la Semana Santa.

Episodio clave en su trayectoria fue la creación de la primera cuadrilla de hermanos costaleros de la Semana Santa de Sevilla, la del Cristo de la Buena Muerte de Los Estudiantes en 1973. Su sobrino-nieto Sergio Barba, que honra la memoria de su tío con el estudio y la divulgación de su figura, además de con su buen hacer en los martillos nazarenos, señala que “siempre fue un innovador”, un hecho a buen seguro propiciado por su procedencia de abajo de los pasos y por no pertenecer, como el resto de “los siete magníficos”, a estirpe alguna de capataces. En esta misma línea se manifiesta Enrique Henares, padre del firmante de este artículo y costalero de aquella mítica primera cuadrilla de la Universidad, quien declara que para Salvador “aquello era un auténtico reto que afrontó con el convencimiento no solo de su feliz consecución, sino también de que de aquel semillero de niños costaleros sacaría un grupo de buenos peones para su cuadrilla profesional”, un grupo que le acompañaría a varias cofradías, como efectivamente así ocurrió con el propio Henares y otros tantos compañeros. Clave para la realización y el éxito de la empresa fue la figura del hermano mayor de la hermandad, Ricardo Mena, uno de esos señores de las cofradías que hoy tanto echamos de menos a la hora de ver regidos los destinos de nuestra Semana Santa. El propio Enrique y Carmina, la hija mayor de nuestro protagonista, coinciden en señalar la profunda amistad e incluso la semejanza en lo personal entre Ricardo y Salvador: el uno, prestigioso médico; el otro, como hemos pretendido reflejar, hombre curtido en mil batallas y experiencias duras, pero en el fondo iguales, incansables trabajadores, valientes y ambiciosos, seguros de sí mismos. ¡Qué pena no tener grabadas sus conversaciones!

Era un hombre simpático, pero que no se andaba con tapujos a la hora de llamar a las cosas por su nombre. Ese carácter le valió algún enemigo, pero también muchísimos buenos amigos. La gran mayoría de ellos desfilaron por la huerta que, junto a su familia, habitó durante años en los terrenos que hoy ocupa el colegio de las Carmelitas de Nervión y más tarde por su piso de la Ronda de Pío XII, además de por la lista de El Portela, en la avenida de Cádiz. Entre ellos se cuenta el decano de los capataces en activo de Sevilla, Manolo Villanueva, que pese a sacar cofradías con Vicente y con su padre (segundo de este) y más tarde con Domingo Rojas, tuvo el privilegio de acompañarle en algunas ocasiones para las que fue requerido por el maestro. Cuenta Villanueva como era un capataz tan completo que en muchos momentos ni siquiera precisaba de un segundo para afrontar la responsabilidad ante los pasos; así ocurrió durante años en La Carretería, cuando en una etapa donde los titulares siempre mandaban los palios, él se iba al Cristo, sabedor de su dureza, mandando a Manolo Santiago a la Virgen. Tampoco rehuyó el reto de la creación de la primera cuadrilla del palio de Los Estudiantes, para Jesús Basterra su gran logro, ya que se trataba de un paso con una parihuela muy pesada y una candelería fundida que “calentaba” de lo lindo a los profesionales; Salvador lo superó con creces, dejando establecida una base que aprovecharía el propio Basterra como responsable de una etapa brillante, difícilmente superable para sus sucesores.

Noble hasta el extremo, su hija cuenta cómo en las juergas llamaba la atención de los señoritos para que aflojaran la cuerda a los cantaores y los artistas que él mismo contrataba, ya que estos al día siguiente tenían que ir, como cualquiera, a “tita Encarnación” (el mercado de la Encarnación). Si así era con todo el que lo necesitaba, cuánto más con sus costaleros, a los que mimaba y apoyaba en cuanto estaba al alcance de su mano. No olvida Carmina aquellas noches de Sábado Santo en las que, tras haber pasado por el banco por la mañana, organizaba de forma minuciosa los cobros de las distintas cofradías y las propinas, en muchos casos propiciadas por aquellas levantás a la música tan características de sus cuadrillas de palio; ni que decir tiene que no faltaban los anticipos para quienes los requerían. Pagaba pronto, el Domingo de Resurrección, siempre con billetes nuevos.

A grandes rasgos, este fue Salvador Dorado Vázquez “El Penitente”, un personaje que marcó una época en la Sevilla de su tiempo, con una trascendencia mucho más allá de la del excelente capataz que fue. Admirado por los cofrades, los aficionados e incluso muchos de sus brillantes compañeros en aquellos años sesenta y setenta, hoy resulta casi un desconocido para las nuevas generaciones, erróneamente adoctrinadas en tantos aspectos relativos a la Semana Santa y en especial en lo que concierne a nuestro gremio, donde algunos pretenden reinventar la historia. Como hiciéramos el año pasado con Rafael Franco y como continuaremos haciendo con todos los grandes de aquella etapa mágica, sirva este artículo de modesto homenaje a su persona y a su papel determinante en el universo de las cofradías.

(Artículo publicado en el boletín de Madre de Dios del Rosario, Patrona de Capataces y Costaleros).

3 comentarios:

DavidGarcía dijo...

¿Podrían indicarme el lugar de dicho encuentro? Sé que el Gordo era famoso por sus paellas, y sé que las hacía muy asiduamente.

Gracias.

Alfonso Fernandez dijo...

Si no me equivoco esa foto es en Valencina.... Uno de los originales obra en mi poder...

No recuerdo quién de ellos tenía un chalet allí.

El del chaleco marrón, agachado a la izquierda de Vargas, es Tomás...

Hace ya 33 años que lo llamó el Señor.... Me dejó de herencia un costal y una faja que durante años he roto justo en el mismo sitio que él ocupaba bajo el Señor de las Penas.

Bendita herencia

DavidGarcía dijo...

Alfonso Fernandez, muchas gracias por tu respuesta, no sé si has visto la página de Facebook que ha compartido Antonio Burgos, sobre Salvador, en ella su familia que toda Sevilla no olvide a un gran hombre como fue el Gordo.

De nuevo gracias por tu respuesta, un saludo. Te invito a pasar por facebook y compartir todo lo que desees.