08 mayo 2011

Yo estaba allí...

Dicen que fue una tarde histórica. ¿Quién lo duda? Muchos nos dimos cuenta de que así sería desde el inicio del solemne paseíllo de tres toreros que saben hacerlo como pocos: a la izquierda Julito Aparicio, de azul Estrella y oro; a la derecha José Antonio Morante, de verde Esperanza Macarena y oro; en el centro José María Manzanares, de azul cielo de Domingo de Ramos y oro. Fotógrafos multiplicados ante la elegancia de tres matadores distintos; el incombustible y nonagenario Canito entre ellos, besado por los toreros cariñosamente nada más advertir estos su presencia. La lluvia de solo unos instantes antes daba paso a una tarde de sol primaveral; temperatura perfecta, quizás algo de viento...
Salió el primero de Cuvillo cuatro años después. Muy pronto comenzó a demostrar el gran colaborador que sería. La tarde se iba a fragmentar en dos recuerdos inolvidables: la actuación conjunta, brutal, de José Mari Manzanares y el recital a la verónica de Aparicio y Morante en este toro que abrió plaza. Lógicamente, ha quedado eclipsado por la trascendencia del hecho que vivimos instantes después, pero aquello fue la locura. Comenzó Julio en el recibo, meciendo su capote de vueltas azules en unos lances de indudable inspiración paulista; continuó él mismo tras el puyazo, en un quite que hizo crujir la Maestranza, devolviéndola por un instante a aquella novillada matinal de hace más de dos décadas. Después vino la réplica de José Antonio, y pareció renacer entonces el cante grande de la tarde de Jerez el pasado año, o la histórica de Madrid en 2009. Manos bajas, mentón hundido. Sublime composición. Insuperable...
Como casi todos preveíamos, despiertos ya del sueño capotero, el espectacular cuvillo se fue con las orejas puestas a la gloria de los toros buenos. Como casi siempre, Morante de la Puebla reencontró la mala suerte con sus lotes sevillanos. Por el camino quedaron algunas pinceladas en la faena de más a menos del sobrero que hizo de segundo. Llegará el día, tiene que llegar. A todos los toreros grandes les llega.
Como le llegó a Manzanares... No voy a polemizar aquí sobre el indulto, me parece una pérdida de tiempo. Sí diré que me resultó innecesario, pero no entiendo que se diga que desprestigia a la Maestranza, equiparándolo con ello a otras tantas cosas que sí lo hacen verdaderamente. Ocurrió en un contexto, en unas circunstancias, con un torero y una forma de torear que a muchos nos hace olvidar todo. ¿Qué más da entonces? Borrachera de temple, empaque, majestad, torería, sabor ordoñista... Hilen ustedes una frase siquiera viendo el vídeo para intentar describir lo que allí ocurrió. Yo no he logrado hacerlo. Si bueno fue lo del tercero, muchos disfrutamos aún más lo del sexto, ajenos ya por completo a todo aquello que no fuese la faena rotunda de José Mari, que en un ramillete de series para enmarcar volvió a acompañar, con todo el cuerpo, la dulce embestida de otro excelente toro de Cuvillo...
Faltó poco para que me lo perdiera, pero a Dios gracias no fue así. Yo estaba allí... el día en que Manzanares toreó más despacio de lo que imaginarse pueda y se asomó al Guadalquivir cuando atardece.

16 abril 2011

Mis apuntes cofradieros (y V)

"Y cuando ya parezcan que no faltan más días, llegará la víspera del sueño. Ya sí que todo está dispuesto a comenzar. La belleza de esta noche de sábado, para muchos de nosotros desde muy niños una segunda noche de Reyes, es infinita. Los pasos de las hermandades del Domingo de Ramos en sus preparativos florales constituyen el signo inequívoco de que, apenas transcurran unas horas, por fin nos amanecerá la ilusión de todo un año. En San Julián o en El Porvenir, en El Salvador o en Molviedro, en Los Terceros o en la vieja Ronda, y allá por San Jacinto o en aquel San Juan de la Palma en donde todo arrancó, la luna brillará sin cerco y eso significará que todos los ritos están cumplidos, todos menos el más bello: el de asomarnos, recién abiertos los ojos, al primer cielo de la Semana Santa."

06 abril 2011

Mis apuntes cofradieros (IV)

Al presentar estos viejos apuntes cofradieros, ya les anuncié que, ocasionalmente, publicaría alguno de los escasos versos que he escrito a lo largo de mi vida. Rogándoles, una vez más, disculpen el atrevimiento, les dejo este soneto al Cristo de la Buena Muerte de la Universidad. Hace bastantes años que permanecía guardado en el cajón de lo privado, de donde nunca pensé que saldría.

"¿Qué dulce sangre mana de tu herida?
¿Qué plenitud severa en ti me apena?
¿Qué locura de amor tu sueño llena?
¿Qué cadencia en ti mora adormecida?

¡Qué suprema lección la recibida!
¡Qué caricia tan viva en muerte plena!
¿Qué Postigo de luz, en cal y arena,
enmarcara tu efigie engrandecida?

¡Qué perfecta y preciada tu escultura!
¡Qué suave caída en tu pendiente!
¡Qué leve rigidez en tu estructura!

¡Qué bendito milagro poder verte
y observar tu perfecta arquitectura,
mientras sueñas tu eterna Buena Muerte!"

01 abril 2011

Mis apuntes cofradieros (III)

"Siempre anheló aquel nazarenito de Montesión, que antes de la salida repartía caramelos entre los “ratones” de Rafael Franco, con emular a aquellos hombres de ásperas manos encallecidas y frentes despejadas, a los que los mayores llamaban costaleros y que, a la vez que él cubría su rostro con el negro antifaz de terciopelo, se disponían bajo el palio de la Virgen del Rosario.
Apasionado de la Semana Santa en todos sus aspectos y auténtico cristiano, miraba pese a todo más hacia abajo que hacia arriba al ver pasar un paso. Y es que aquel mundo de las trabajaderas le atraía sobremanera, hasta tal punto que cada Domingo de Ramos, catorce o quince años tendría la vez primera, se acercaba frente a la taberna “El Colmo”, en la Puerta Osario, a ver cómo igualaban Vicente Pérez Caro y Antonio Villanueva su cuadrilla de “pasocristo” antes de marchar al Porvenir.
Aquel niño del barrio de San Lorenzo, hecho ya un adolescente, asistía cada año junto a amigos de su misma cuerda a la lista de los Rechi, allá en la calle Arfe, buscando con ilusión la oportunidad soñada. Sería en 1973 cuando, de la mano de un excepcional Hermano Mayor (Ricardo Mena) y un magnífico capataz (Salvador Dorado Vázquez), les llegó, tanto a él como a otros muchos jóvenes universitarios, la posibilidad de acometer ese ilusionante e histórico proyecto en el que con valentía se embaucó la Hermandad de los Estudiantes."

18 marzo 2011

Yo estaba allí...

Era invierno en Madrid, pero parecía primavera en Sevilla; era Carabanchel, pero parecía Jerez o El Puerto; era Morante de la Puebla, pero parecía Currito de la Cruz...

09 marzo 2011

La esencia perdida


Ultimo en estos días la lectura de un libro para capillitas excepcional: Las Cofradías de Sevilla en la II República (Abec editores), de Juan Pedro Recio. La falta de tiempo y de la calma necesaria no me han permitido devorarlo con la prontitud que acostumbro en esos casos en que lo que tengo entre manos me apasiona sobremanera, pero quizá estas circunstancias han hecho que lo paladee más aún. Desde que la mañana de Reyes apareció, cariñosamente envuelto, sobre la mesa del salón, hasta la tarde de mitad de febrero en que redacto este artículo, he sentido, en no pocas ocasiones, la sensación de que me reencontraba con el disfrute y el aprendizaje sobre ciertos aspectos de la fiesta amada. Hasta aquí nada extraño, dirá alguno, pero es que la descrita, les confieso que era una sensación tristemente perdida desde hace largo tiempo.
Desde muy niño sentí una enorme inquietud hacia todo aquello que rodeaba a nuestras hermandades y cofradías. Las primeras lecciones llegaron de la mano de mis padres y de mi abuela Amalia, si bien en cuanto tuve ocasión –y siempre en la medida de mis infantiles posibilidades, claro está- me fui acercando a todo tipo de publicaciones de diverso carácter. Me convertí a la par en un ferviente oyente de programas de radio cofradieros: el viejo Saeta, de Cope, este año felizmente recuperado; el inconfundible Cruz de Guía, de Radio Sevilla, al que posteriormente estaría un largo tiempo vinculado, primero como participante de su concurso para grupos jóvenes y más tarde como contertulio habitual; El Llamador, de Canal Sur, por aquellos años un magnífico programa de cofradías, ejemplo de radio joven y fresca, personal, pero siempre respetuosa, la antítesis de aquello que es ahora... Junto a estos, otros que pasaron a la historia: programas vespertinos como el Siempre es Víspera, de Antena Médica, mantenido de forma admirable de lunes a viernes durante todo el año; aquellos de la incipiente Onda Cero, o de la desaparecida Radio Voz... Cercana la Cuaresma, el retorno de estas emisiones; de las páginas especiales en los periódicos; de publicaciones diversas que, como hoy pero en menor medida, veían la luz en aquellos días suponían el mejor heraldo anunciador de las tardes templadas de luz más duradera; de las noches de ensayo y montaje de pasos; de los nervios en el estómago, cercana la semana grande...
Poco tiempo después, en plena adolescencia, conocí cómo se vive este tiempo en el seno de una hermandad. Colaboré entonces, durante algunos años, en la puesta a punto de la cofradía. Aprendí, disfruté enormemente, pero siempre extrañé en cierto modo aquellas sensaciones de la niñez. A la par, mi universo cofrade se transformaba. Llegaba Internet, aportando lo bueno y lo menos bueno. Aquello que tanto disfrutaba en el pasado parecía malearse y, lo que es peor, eternizarse hasta perder su encanto. Comprendí entonces que solo es posible reverdecer viejas glorias en algunos rincones, muchos menos que ayer, en los que se halla la Semana Santa con mayúsculas. A veces, un rayo de esperanza, como esta bien documentada, seria y apasionante publicación de Juan Pedro Recio, nos devuelve la ilusión de que algún día, aunque sea solo en parte, el dulce tiempo de la espera recuperará esa esencia perdida.

20 febrero 2011

Mis apuntes cofradieros (II)

"Suele ser a esa hora en que una inexplicable sensación, una luz exclusiva y personalísima, un indeterminado aire de melancolía y una brisa serena y tibiamente fresca nos invaden el alma y los recuerdos, copados por tantas emociones vividas en tan escaso espacio temporal.
Suele ser a esa hora en que, por vez primera, sentimos verdadera conciencia de que lo que tanto anhelábamos se nos empieza a ir muy lentamente, tan lentamente como habrá amanecido este Viernes entre negros capirotes por el viejo Compás de la Laguna; por la estrechez de la antigua calle Capuchinas, cortada de manera sorpresiva por la larga zancada del Señor que todo lo puede; o por un Arenal de blancas capas, humo de calentitos y serrín de tabernas.
Suele ser a esa hora en que la calle que sabe a la ciudad de siempre, la eterna calle Feria, recibe los primeros nazarenos de antifaces morados que anteceden el paso de la Sentencia de Cristo. Suena toda la trompetería de la Centuria por la estrechez cercana a Montesión, mientras San Juan de la Palma se inunda de verdes capirotes de Esperanza..."

28 enero 2011

Mis apuntes cofradieros (I)

Se me ha ocurrido, ahora que se aproximan esas fechas que casi todos esperamos, ir publicando, ocasionalmente, algunos textos de mi propia cosecha relacionados con la Semana Santa. A veces se tratará de un fragmento extraído de un texto mayor; otras de una breve reflexión anotada en una cuartilla; muy de tarde en tarde de algunos versos, por lo que vuelvo a pedirles, de antemano, perdonen mis muchas limitaciones ante estos... Ni siquiera concretaré para qué ni cuándo fue aquello escrito. Buscaré, eso sí, ilustrarlo con alguna imagen curiosa o de cierto valor sentimental de entre las que guardo en mi archivo fotográfico. Espero que les guste la idea.

"Noche cerrada de Lunes Santo en la Plaza del Salvador. Se hace el silencio. Entre el gentío avanza majestuoso, como flotando entre la multitud, el entierro de Cristo. Escoltado por negros nazarenos de oscuros cirios elevados, desaparece de nuestra vista calle Cuna arriba. Nos habrá parecido un fugaz sueño, pero no; era el misterio de Santa Marta de vuelta a San Andrés. Nos sabe tan antiguo y hermoso su andar que no podemos evitar sentir una infinita envidia sana hacia quienes van debajo de ese paso..."

09 enero 2011

Gracias, Mel


Tecleo estas líneas horas más tarde de la conclusión del Huesca-Betis, partido que simboliza como pocos la cruda realidad de la travesía por el infierno de la 2ª, pero aún con la resaca inolvidable del alegrón mayúsculo dado por nuestro equipo la mañana de Reyes al sur de Madrid.
Mucho se ha escrito en otras bitácoras, recientemente, acerca de los problemas institucionales del Betis y de la llegada a la presidencia de Gordillo. Qué duda cabe que esta última debe ser motivo de alegría para cualquier bético, por ser Rafael quien es y por suponer, al menos de momento, la ausencia de todos los elementos discordantes de los últimos tiempos. Una alegría, sí, pero nunca una solución definitiva, porque indudablemente no es “El Gordo” la persona indicada para devolver al Betis su prestigio y buen nombre. Mucho se ha escrito acerca de todos estos asuntos, pero opino que no lo suficiente en alabanza de quien –con permiso del genial Rubén Castro- nos ha devuelto a algunos béticos la ilusión por el fútbol: Pepe Mel.
Cuando de niño acudía a mis primeros partidos en el viejo Villamarín, un futbolista llamaba mi atención sobre todos los demás. No era un dechado de calidad, ni de técnica, pero era quien aportaba al equipo la sal del gol, aquella que hoy se paga a precio desorbitado y que forja ídolos temporales entre la chavalería. Ese futbolista, al que hace décadas admiré, era el 9 del Betis, Pepe Mel, o si así lo prefieren: “no diga gol, diga Mel”. Nunca alcanzó la gloria futbolística que en momentos puntuales de su etapa bética algunos le auguraron, pero quién sabe si ahora la logrará como técnico. Mal camino no lleva.
De Mel no sólo me gusta la frescura que ha aportado al fútbol de un equipo que estaba muerto física y mentalmente. Son aún más dignas de valorar su rotundidad, su claridad de ideas y de principios en los tiempos que corren para la entidad, en cuyos vaivenes continuos no se ha casado con nadie, ni ha dejado de llamar a las cosas por su nombre. Queda mucha liga, la 2ª es un calvario para cualquiera, y más para un conjunto de plantilla corta, convertido –aún más ahora en su liderato indiscutible- en el enemigo a batir. Cuentan ciertos expertos futbolísticos que los equipos de Mel se caen en las segundas vueltas, todo es posible en nuestro Betis, pero de momento la cosa pinta bien.
En cualquier caso, a mí este señor, que dice sentirse bético y al contrario que a otros se le nota, me ha devuelto la ilusión por mis colores. Gracias a él, y a un grupo de jóvenes futbolistas a los que ha sabido imprimir mentalidad ganadora, vamos a ver al mejor equipo del mundo en Heliópolis, a la par que caminamos con paso firme hacia 1ª. Gracias a él, a aquel delantero centro que admiré en mi infancia verdiblanca, hoy vuelvo, tras más de dos años sin ánimo para hacerlo, a escribir sobre el equipo de mis amores en este blog. Al menos por la parte que me toca: gracias, Mel.

24 diciembre 2010

Felices Pascuas

A todos los lectores de este blog, Felices Pascuas de la Natividad del Señor y de los Reyes Magos. Que en 2011 no falte la salud en nuestras casas ni el sol en lo más alto del Domingo de Ramos.

Abrazos y besos.

Enrique

22 noviembre 2010

Allá en San Juan de la Palma...

De niño me enseñaron que es diferente al resto. Cada nuevo noviembre vuelvo a recordarlo y a sentirlo. Los versos de mi saeta apenas logran encerrar un atisbo de lo que transmite su mirada:

La tarde oscurece el alma,
el dolor se hace ternura,
y rompe a llorar en calma
la Virgen de la Amargura,
allá en San Juan de la Palma.

17 noviembre 2010

La Sevilla de Morales Padrón


Quienes sean lectores de este blog desde sus inicios, o hayan seguido, a lo largo de casi tres años, las “Curiosidades de Sevilla” que he venido publicando en las páginas de Casco Antiguo, habrán advertido en numerosas ocasiones mi profunda “devoción” por distintos libros y estudios de don Francisco Morales Padrón, fallecido en la madrugada del pasado lunes 15 de noviembre, curiosamente en la misma fecha en que lo hiciera, 41 años antes, otro enamorado de la ciudad, Joaquín Romero Murube. Grancanario de nacimiento, sevillano de adopción, y también de corazón, consagró su vida laboral a la docencia y la investigación americanista en la facultad de Letras de la Hispalense, en la que ocupó cátedra durante 54 años.
Doctores tiene la universidad para loar y reconocer los incontables méritos profesionales del profesor Morales. A título particular, yo le tributo estas sencillas líneas en agradecimiento por tantos buenos ratos que me hicieron pasar las lecturas de algunas páginas de sus libros, descubiertos entre los numerosos de la biblioteca paterna que luce en mi salón. En ella hallé desde un concienzudo análisis de La Ciudad del Quinientos a su más reciente Guía sentimental de Sevilla, sin olvidar Visión de Sevilla, aquel libro que contiene un delicioso recorrido, mitad relato histórico-mitad reportaje periodístico, por el olvidado barrio de San Bartolomé. Ya en mi propia biblioteca, guardo un estudio sobre Los Corrales de Vecinos de Sevilla que, como he escrito en alguna ocasión, me marcó de tal forma que llegó a convertirme, quizás, en el más joven investigador de esta temática que haya existido. También Varias Sevilla, una publicación del Ayuntamiento que recopila algunos de sus artículos y conferencias, entre estas últimas la que lleva por título “El barrio de San Vicente y sus habitantes: 1875”, dictada en septiembre de 1975, dentro de los actos conmemorativos del I Centenario de nuestra común Hermandad de las Penas de San Vicente.
Sin embargo, y pese a todo lo destacado anteriormente, puede que sus más hermosos escritos sevillanos se encuentren en ese otro volumen, editado por la colección de bolsillo de la Universidad que, bajo el título de Sevilla insólita, a muchos, tal y como escribía ayer su compañero de Academia Antonio Burgos, “nos redescubrió nuestra ciudad con ojos apasionados”. Así, permanecerán por siempre en nuestra memoria lectora, capítulos como los dedicados a la Santa Escuela de Cristo; al remanso de paz de las clausuras sevillanas, que visitó junto a los profesores Valdivieso y Morales, como prologuista que sería de la Sevilla oculta de estos; o ese otro en el que nos descubre un santo para cada día de la semana, recorriendo los templos sevillanos en los que se hallan y describiendo con minuciosidad cada detalle del entorno que observa. No faltan en estas páginas referencias –fundamentalmente en el capítulo “Traslados y esperas”- a una Semana Santa de la que Morales Padrón fue pregonero en 1986. Ni que decir tiene que al siempre complejo mundo de las cofradías no le gustó su alocución, ya que, en la elaboración de su texto, decidió permanecer fiel a ese estilo literario que a muchos de sus lectores habituales nos cautiva profundamente y que no caza precisamente con lo que los cofrades gustan escuchar desde el atril.
Hará unos cinco años, junto a mi primo Juan, tuve el placer de conocerle personalmente en el departamento de Historia de América de nuestra Universidad. Nos lo presentó, con grandes alabanzas hacia su trayectoria, el profesor Mora Mérida, con el que nos entrevistábamos en aquellos instantes con la finalidad de superar unos créditos de libre configuración. Ni él, ni el bueno de don Francisco imaginaron, a buen seguro, la gran satisfacción que me produjo aquel encuentro casual.

06 noviembre 2010

Pregonero ya tiene nombre

Hace tiempo que tenía ganas de hacerlo. Nunca me gustó aquello de ocultarme bajo un nick, pero hace ya más de siete años que creé el de pregonero_de_sevilla para participar en aquel histórico foro El Nazareno. Eran los tiempos en que Internet –y si me apuran el mundo de las cofradías- no estaban tan envenenados como ahora. Un buen grupo de jóvenes opinábamos, discutíamos –a veces acaloradamente, pero siempre sin faltarnos el respeto- sobre asuntos relativos a nuestra Semana Santa. Nuestra presencia habitual en El Nazareno y otros foros hizo que pronto nos conociéramos personalmente, en muchos casos, como el mío, sin necesidad de acudir a quedadas ni citas semejantes, al contrario, por pura casualidad. Istar, Villarrica, Jarana, Kiski, Zanki, Moraodetúnica, y otros muchos más que quizá ni siquiera imagine, pasaron de ser un nick y un avatar a queridos amigos con los que compartir una agradable copa charlando de lo que más nos gusta. El anonimato estaba más que perdido. A diferencia de aquellos que con su comportamiento se cargaban los foros, no sólo no nos importaba, sino que nos agradaba que así fuese.
Después nacieron los blogs y en agosto de 2006 decidí abrir el mío. No cabía duda de que habría de utilizar mi nick habitual, por lo que el título no podía ser otro que El Blog de Pregonero. Casi desde primera hora incluí mi nombre en la cabecera, empezaba a no soportar eso de ser sólo un nick que, para colmo, no me convencía del todo y me resultaba petulante e inapropiado. En mi vida sólo he pronunciado un pregón, tenía once años y lo organizó mi tío Manuel en el despacho de mi padre, tras tanto escucharme declamar mis inocentes versos cofradieros los fines de semana en casa de la abuela. Aquello me colgó el sambenito entre la familia y los amigos y de ahí nace el apodo de “pregonero”, al que yo añadiría “de Sevilla”, queriendo huir –creo que sin lograrlo del todo- del aire presuntuoso que tanto temía transmitir. He de confesar públicamente que no me han faltado propuestas posteriores para pregonar, una de ellas insistente año tras año. Ni que decir tiene que tan sólo los más íntimos las conocen. Sorprendido en ocasiones, las agradecí siempre antes de declinar la amable invitación. Sinceramente, además de que me falta tiempo y me sobran prioridades ajenas a todo este mundillo, no me siento capaz de cantar aquello que no siento o no he vivido in situ. Admiro a quienes lo logran sin apenas esfuerzo, pero yo les aseguro que no soy capaz. Ojo, tampoco quiero incurrir en un hipotético futuro en eso tan cofrade del “donde dije digo, digo Diego”. Al margen de los grandes y casi ineludibles, hay pregones que por su personalidad, o simplemente, por su vinculación a debilidades personales, son un dulce caramelo para cualquiera que se crea, siquiera, con una mínima capacitación escritora. Aún así, expuesto todo lo anterior, ¿qué pintaba yo con ese nick?
Cuando el blog contaba más de dos años y un gran número de visitantes asiduos –muchos más que ahora, supongo, dada mi dejadez en la actualización- nombran a mi padre pregonero. Con la famosa entrada que vio la luz en varios medios, pese a que en su título expresaba precisamente lo contrario, muchos descubrieron el blog y algunos otros que el editor no era quien pensaban sino su hijo. Por haber, hubo hasta algún despistado que se le pasó por la cabeza que el elegido era el muchacho que escribía esos artículos sevillanos. Aquello era el remate, ya no era sólo pregonero_de_sevilla, sino también el hijo mayor del Pregonero de Sevilla. A ver quién era el guapo después de aquello que rebautizaba el blog y el nick sin que surgieran confusiones que diesen lugar a la polémica, tristemente habitual en los últimos tiempos en torno a quienes suben al atril del Maestranza. Se dio el caso, puntualmente eso sí, de que una crítica a “el Jorge Javier Vázquez de las cofradías” inserta en un artículo de opinión, publicado aquí mismo la pasada Cuaresma, fuese atribuida a mi padre en vez de a mí. Guasa –de la mala- sevillana en estado puro.
Pero el tiempo continúa transcurriendo y, Dios mediante, lo seguirá haciendo. Estoy a escasos días de cumplir treinta años y he decidido, por fin, firmar lo poco o mucho que escriba en este rincón con mi nombre y mi apellido, como hago en el periódico en el que colaboro y en cualquier otro medio que publique un texto redactado por mí. Para aclarar dudas, seguirá constando en el perfil el Núñez materno y también mi foto apurando una copa de Canasta en Carmona; incluso he incorporado algunos datos sobre mi persona para que quien aterrice por aquí me conozca más a fondo. Fuera caretas. Bienvenidos a El Blog de Enrique Henares, pregonero_de_sevilla ya es historia.

02 octubre 2010

Hasta siempre, Rafael

El niño que, en brazos de su abuelo, posa en esta fotografía de viejo sabor cofradiero ante el Nazareno de la calle Castilla, un día creció y se hizo su capataz.
Hoy lloran su marcha muchos buenos amigos suyos, entre ellos mi padre y varios que también lo son míos. Ellos le trataron con frecuencia y al menos en alguna ocasión trabajaron a sus órdenes. Yo apenas estreché su mano en un par de ocasiones, pero estas, unidas a varias coincidencias recientes a las plantas de nuestra Patrona, bastaron para darme cuenta de su bonhomía y extraordinario señorío.
Hasta siempre, Rafael, descansa en paz. Cuida de este mundillo que tanto amaste desde los altos cielos de Triana.

19 septiembre 2010

La Luz por Imperial


Apenas levantaba unos palmos del suelo, pero sabía de sobra que ese ajetreo vespertino en casa de mi vecino Ignacio Bosch significaba que, en aquella tarde septembrina de domingo, salía de San Esteban la procesión de la Virgen de la Luz. Que la Luz saliera también significaba, casi todos los años, una cosa mucho menos ilusionante, que al día siguiente, lunes, comenzaba de nuevo el colegio. Sin duda, sería entonces cuando le fui tomando cariño a esta encantadora procesión de gloria. En su caso, a ese vínculo afectivo particular que, fruto de la vecindad, sentía igualmente por la Salud y la Alegría se unía el de actuar de inmejorable bálsamo ante lo que se aproximaba tras el largo verano de descanso.
Pasaron algunos años, la Hermandad de la Luz había trasladado su procesión a la noche del sábado. Yo había crecido y ya no tenía que recorrer camino de San Francisco de Paula aquellas calles por las que, apenas unas horas antes, había disfrutado de su paso; pero el cariño continuaba intacto. El día de su salida, como en las dos citas por mayo con las antes referidas Salud y Alegría, estaba bien marcado en el calendario. Aquella noche era la perfecta oportunidad para no moverse del barrio y, junto a algún buen amigo de mi misma cuerda, disfrutar de la procesión y de todo lo que la rodeaba por la estrechez de aquellas calles tan familiares para nosotros.
Continuó pasando el tiempo y aunque prácticamente ningún año falté a mi cita con la Virgen, apenas la acompañaba unos instantes tras su paso por delante de mi casa. Ayer, aun con la Macarena en las calles, volví tras mucho tiempo a disfrutar de mi querida procesión de la Virgen de la Luz por esa misma calle Imperial donde tantas veces me llevaban a verla de niño. Al menos en lo relativo a aquello que me alcanza la memoria, todo estaba igual que entonces: el mismo excelente paso de Castillo Lastrucci junto a los mismos muros palaciegos; la misma luz tenue y los mismos sonidos clásicos en la banda; el mismo corte de cofrades sensibles a estos instantes, embelesados contemplando la hermosa vuelta de la calle Calería...
En las cercanías del Arco, la noche tuvo un inolvidable e inusual epílogo de Esperanza. Pese a todo, hoy me he despertado pensando que tenía que regresar al colegio.

08 septiembre 2010

Carta abierta a una ciudad de ensueño


Han pasado ya unos años, pero no he olvidado el color de esa tarde templada de finales de septiembre en que te conocí. Salimos de Sevilla bien temprano, atravesamos en coche la Ruta de la Plata –paradas cerca de Mérida para desayunar, en Plasencia, en Candelario, en un hermoso mirador que sirvió de merendero a la hora del almuerzo- y llegamos a un hotel de tus afueras, tan cercanas a tu ser. Recuerdo la luz exacta en la que se enmarcaba, mientras atravesaba un puente camino de tu casco antiguo, el espectáculo grandioso de tu Catedral, recortando su imponente silueta en la atardecida... En menos de 24 horas conocí algo de ti, lo justo. El hecho de conocer también tu noche limitó que pudiera disfrutarte mucho más; pero cómo es tu noche, qué distinta a otras noches de otros muchos lugares...
Te abandoné soñoliento, casi rebelado por tener que hacerlo, camino de Ávila, la otra ciudad cuya visita teníamos programada en aquella escapada relámpago de fin de semana preotoñal. Aquella extraña nostalgia de lo recién vivido y conocido me hacía sentir la certeza de que habría de regresar a buscarte no muy tarde.
Pasaron casi siete años y con la mejor de las compañías posibles volví a ti. Nos reencontramos un mediodía, también extraordinariamente templado, de mediados de agosto. Nada más llegar supe que aquella vez lograría introducirme en tu alma. Habíamos buscado un hotel en la plenitud de tu corazón, pero a su vez ajeno a tu bullicio. Habíamos buscado la forma de conocerte gastronómicamente, socialmente. Habíamos planeado caminar sin rumbo fijo entre tus muros dorados por el paso del tiempo, visitar tus palacios y conventos, descansar en tus plazas y tus jardines, asombrarnos con tus iglesias y tus catedrales, reverdecer la historia en tus universidades... Y así fue. Érase una tarde de verano, tan cercana aún, y allí seguías tú, tan encantadoramente provinciana bajo las sombras de las altas torres de la Clerecía y la Catedral Nueva. Allí seguías, a las orillas calmas de ese Tormes donde Lázaro se hizo inmortal. Allí seguías, tan recóndita y tan vulnerable, tan turística y tan íntimamente castellana, tan propicia para perderse en el trazado sinuoso de tus viejas calles. Te paseamos en una tarde que podría haber sido perfilada en un sueño, y en tu Plaza Mayor -¡cuánta belleza!-, con el sonido de tus tunas universitarias como banda sonora, vimos morir la luz de un día esperado y, por tan perfecto, inesperado al mismo tiempo.
Seguimos recorriéndote incansables durante una nueva jornada completa, y en la mañana en que teníamos que abandonarte, quisimos retener en nuestra memoria la visión hermosísima de tus tejados desde aquella ventana del hotel; la de los arcos y balcones en perfecta armonía de tu rincón más universal; la de tu Plaza de Anaya, donde como en nuestra Plaza del Triunfo cabe cuestionarse cómo pudo darse cita tanta belleza en tan corto espacio terrenal... Ahora que por fin conocíamos tus entrañas, quisimos retenerte, sí, pero fuiste tú quien de nuevo lo hiciste, llenando de nostalgia nuestro viaje en tren hacia un Madrid, no por querido, menos bullicioso e impersonal frente a ti. Por eso, definitivamente, he comprobado que no se puede escapar a tus encantos, que quien te pisa y te disfruta con gozo siempre sentirá lo que Cervantes dejó escrito en El licenciado Vidriera: “Salamanca que enhechiza la voluntad de volver a ella a todos los que de la apacibilidad de su vivienda han gustado”.
No tengas dudas, si Dios me da salud volveremos a vernos. Mientras tanto, querida amiga, no me olvides. A ti y a tus atardeceres de ensueño ya sabes que es imposible hacerlo.

15 agosto 2010

Sevilla en un perfil


Volvimos a reencontranos con Ella en su capilla, volvimos a besar sus manos. Volvieron a colarse en nuestra casa y nuestra alma las campanas giraldeñas, llamando en la tarde calurosa a su novena. Volvimos a sentir, en el sonido de esas mismas campanas, el repeluco de la infancia, mientras nos arreglábamos en su mañana antigua para acudir a su encuentro anhelado. Volvimos a pedirle las tres gracias en el silencio imponente de su plaza. Volvimos a contemplarla bajando por las gradas bajas y volvimos a verla retornar allá donde nos espera tantas mañanas, tantas tardes en las que necesitamos de su presencia confortadora.
Volvió su agosto de sabor eterno y en él volvimos a enamorarnos de su ser de esta tierra. Solo mirarla supone recordarlo año tras año: la Virgen de los Reyes y su Niño "Guasón" son Sevilla, simbolizada en un perfil de siglos y bajo un palio de tumbilla aromado de nardos.

30 julio 2010

¿Libertad?


Escribo desde la indignación que aún me produce el mazazo que el miércoles recibimos todos los que de verdad amamos la FIESTA NACIONAL. Puedo comprender que el hecho de que un auténtico inepto nos presida implique que España se tenga que bajar los pantalones, una y mil veces, ante quien la sustenta económicamente en gran medida. Lo que no logro entender es que en este país, los mismos que legalizan el asesinato de un ser humano en el vientre de su madre coarten mi libertad de ir a ver toros a Barcelona, alegando para ello el sufrimiento de un animal. No lo logro entender, pero la respuesta debe ser bien sencilla, según me dictan los mejores analistas: la vida de ese animal les importa tan poco como todo aquello que tenga tintes españoles.
Después están los otros, los 180.000 firmantes (tantos no, por favor); aquellos que abren foros perroflaúticos en Internet donde se festejan las cornadas de José Tomás y Julito Aparicio; aquellos que comparan la vida y el más mínimo sufrimiento de un ser humano con el de un animal, argumento de mayor peso para haberme formado una idea de lo que son. Conocer sus limitaciones fue el motivo por el que dejé de debatir civilizadamente con los pocos que, a Dios gracias, me he ido cruzando en mi vida. Un tío o una tía capaz de manifestarse dando los espectaculitos públicos que muestra la televisión no puede tener luces para entender, por muchos razonamientos que se utilicen en su defensa, que nuestra Fiesta es cultura con mayúsculas y que el toro, por su muerte en la plaza tras la creación artística, es para muchos de nosotros el único animal venerado. Sin embargo, aquellos a los que se les supone una mínima formación, sí que logran sacarme de mis casillas: pseudoprogres millonarios, chupócteros de la sopa boba que hartos de comer carne y marisco protagonizan acalorados debates televisivos atacando los toros por su violencia; políticos cagones, incapaces de llamar a las cosas por su nombre y que con su silencio se mofan de lo que tanto disfrutamos muchos españoles, portugueses, franceses e hispanoamericanos, de aquello que contaron y plasmaron en sus obras grandes artistas e intelectuales desde tiempos inmemoriales...
No lo entiendo. Me enseñaron que en mi país, con sus virtudes y sus defectos, se vive en libertad. Me gustaba; durante años imaginé lo duro que debió ser estar privado de ella. Hoy no la tengo, me la roban a cuentagotas esos mismos que cuenta la historia que tanto la reivindicaban hace décadas.

10 julio 2010

No me gusta "La Roja"


España está a punto de ganar –¿alguien lo duda?- su primer campeonato del mundo y yo debo ser un bicho extraño, pero esta circunstancia, aún gustándome el fútbol, me provoca total indiferencia; si me apuran, pese a que no me une a la selección holandesa el más mínimo afecto, hasta deseo lo contrario.
Recuerdo que de niño, cuando Sevilla era sede de la selección, me sentía bastante identificado con ella. Disfrutaba ante la tele en los partidos de clasificación –inolvidable aquel gol de Hierro a Dinamarca en el Sánchez Pizjuán, en noviembre del 93- y sufría lo indecible cuando llegaban las grandes citas mundialistas y europeas y “el equipo de todos” siempre defraudaba. Recuerdo aquel partido de cuartos con Italia en EEUU: el gol de Caminero, el codazo de Tassoti a Luis Enrique y el gol de Roberto Baggio que mandó a España de vuelta a casa y nos dio a todos la tarde de playa (en mi caso estaba en La Antilla, pasando el fin de semana). Quién me iba a decir a mí que, muchos años después, si de algún éxito me iba a alegrar en este tipo de torneos iba a ser de los de la Nazionale transalpina...
Pasaban los años y la selección mantenía su tónica habitual ya fuera de Sevilla, con lo cual comenzó a alejarse poco a poco de mis devociones. Decepción tras decepción, llegaban cada dos años, de nuevo, los mismos titulares engañabobos de siempre que harían que le fuese cogiendo cierta tirria al equipo nacional. Aún así me gustaba verlo y, por suponer una excusa para disfrutar de un buen rato con los amigos, me alegraban sus escasos éxitos. Recuerdo, por ejemplo, el Mundial de Corea y Japón con sus extraños horarios. Los días que jugaba España, hasta su polémica caída ante uno de los anfitriones, eran días de fiesta grande en la casa hermandad de San Isidoro, donde alegrías y penas se olvidaban rápidamente en la azotea, con una barbacoa y manguerazos varios en la sobremesa para sofocar los primeros calores estivales. Creo que desde entonces no he vuelto a celebrar un gol de la selección. En la Eurocopa de Portugal y en el Mundial de Alemania empecé a darme cuenta, mientras veía los partidos del equipo nacional, que no sentía lo más mínimo hacia aquel combinado de futbolistas; si ganaban mejor que si perdían, de acuerdo, pero la indiferencia máxima por norma. Cierto es que coincidía esta sensación con una etapa –aún duradera en cierto modo- en la cual tenía ciertas dificultades para tragarme un partido de fútbol completo en el que no jugase el Betis (curioso, porque aguantar noventa minutos de nuestro actual equipo no es comparable al peor de los martirios futbolísticos...). En estas dos citas comienzo a aficionarme a la azzurra italiana, el antifútbol, todo lo que ustedes quieran, pero salvo en esta ocasión, casi por norma, el mejor camino para llegar a la consecución del éxito de forma reiterada, que es de lo que se trata.
Llega la Eurocopa de 2008. La selección de mi país ya no es España, ni “La Furia”, es “La Roja” y la plaza Colón de Madrid ya no es la plaza Colón de Madrid, es “la plaza roja de Madrid”; todo por obra y gracia de esos señores tan simpáticos y respetuosos con el prójimo que son los periodistas de Prisa. La España borrega de la cátedra del Marca nos mortificaba, día sí y día también, con el inaguantable “podemos”. Mientras, el equipo español bordaba el fútbol, como lo bordó el miércoles ante Alemania, como seguramente lo bordará el domingo en la final. ¿Cómo no va a bordar España el fútbol si en su once titular juegan siete tíos del mejor equipo del mundo, al que por cierto odian muchos merengones –de primera o segunda opción- en la mayor parte de los pueblos y ciudades de este país? Lo que en principio suponía un juego, un pique entre amigos para no aparcar nuestra forma dual de entender el fútbol, se convierte en manía persecutoria tras la victoria española sobre Italia en los penaltis de cuartos. En el titular escribo “no me gusta...”, pero aquí, entrelíneas, me atrevo a confesarlo: no soporto a “La Roja”. Lo siento. No me sale quererla. Si durante el año les tengo manía a tipos como Sergio Ramos o Fernando Torres (que es al fútbol un invento como el de Cayetano al toreo), no me sale animarlos porque lleven otra camiseta. No me sale celebrar un gol español de un Carles, antitaurino confeso, que luce el escudo de mi país en el pecho para llevárselo calentito; yo haría lo mismo, que conste, pero no me sale. Mira que a ratos hasta he intentado alegrarme, como me alegro de los triunfos de Nadal, Contador o los chicos del baloncesto, pero nada, imposible, no me sale.
Al menos, este suplicio, este bombardeo mediático, este histrionismo de tantos, sirve para ver en los balcones la bandera española; pero que nadie se confíe. En cuanto la prensa capitalina olvide los éxitos patrios y comience a bombardearnos con la nueva hornada de galácticos madridistas, esa misma bandera volverá a molestar en la caseta del PP en la Velá de Triana, volverá a ser de fachas lucirla en polos y camisas, volverá incluso a quemarse y pisotearse en muchos rincones de la piel de toro... En fin, cosas de este país veleta y esnobista.