26 junio 2009

Vuelta a los orígenes

Y dirán ustedes: hombre, ¡por fin se digna en publicar una nueva entrada! No les falta razón, pese a que intento evitarlo por todos los medios, hace tiempo que dejó de ilusionarme esto del blog. Es más, en varias ocasiones he estado a punto de tirar la toalla.
Dicen los entendidos que hay crisis bloguera y debe ser verdad; la gente ya no escribe con tanta frecuencia, al menos eso he venido observando en mis habituales visitas a los rincones de muchos de vosotros. Confieso además, que he limitado mi otrora extensa lista de favoritos a aquellos blogs que me engancharon en los orígenes de esta hermosa aventura y a esos a los que siempre tendré un cariño especial por el hecho de conocer personalmente a sus administradores. Salvo en dos o tres casos, que pronto espero que dejen de ser tales, una y otra circunstancia coinciden. Apenas escribo comentarios, pero no dudéis que sigo frecuentando vuestras "casas", tan llenas de excelentes recuerdos.
El Blog de Pregonero nace el día de la Virgen de los Reyes de 2006. Necesitaba satisfacer mi necesidad de que aquello que rondaba mi mente viese la luz en unas breves líneas que para nada pretendían demostrar nada. Cada semana solía dejar un retazo de corte costumbrista-vivencial y, poco a poco, fui liberando el eterno aprendiz de escritor-periodista que llevo dentro desde niño y convirtiendo esos apuntes en algo más extenso y por ello parecido a un artículo de opinión. El Blog comenzaba entonces a vivir su larga etapa dorada, en la que mucha gente me sorprendía diciendo que lo visitaba. Ése y no otro contador era el que siempre gusté tener.
Paulatinamente fue decayendo la periodicidad de las publicaciones a un par de textos mensuales. Los muchos comentarios positivos respecto a la labor y mi nivel de autoexigencia, fruto de las múltiples revisiones a las que tenía que someter mis artículos para Casco Antiguo y algún otro medio local en el que había comenzado a colaborar, me hicieron desechar muchas entradas por no considerarlas dignas.
Cuando el Blog se diluía entre publicaciones nacidas del esfuerzo por realizarlas y otras en las que la inspiración no apareció y hubo que tirar de archivo, llegó el nombramiento de mi padre como pregonero y esa entrada nacida del corazón que tantos medios de comunicación refirieron, con la lógica publicitación que ello implica. A raíz de aquello viví situaciones curiosas. Mi curso de Experto en Gestión Cultural, de C.E.A., que tantas horas me hizo pasar en la Cartuja durante cuatro meses, dio la puntilla al Blog, mientras muchas personas continuaban felicitándome por la famosa crónica que no saldría en ningún medio, iluso de mí... El propio alcalde me confesaba en la recepción de las autoridades que es seguidor de "el hijo del pregonero", supongo que desde la publicación de esa entrada en la que le di la del tigre y que honrasteis con 92 comentarios; y debía ser cierto, porque me refirió hasta comentarios a entradas que ni recordaba. Y yo a punto de cerrar el chiringuito... Como ésta, varias.
Terminó la teoría del curso y con ella las diez horas diarias cartujanas. Llegaron las prácticas en la redacción de Cultura de Diario de Sevilla, adobadas por la coordinación -por segundo año consecutivo- del especial de Semana Santa de Casco Antiguo. Como imaginaréis lo último que me apetecía era seguir escribiendo en el Blog. Aún siendo Cuaresma, Semana Santa, Primavera, días históricos para mi familia y todas esas cosas que despiertan las musas, no me planteé en mis prácticamente inexistentes ratos libres seguir ante el teclado.
A mi regreso del seminario fin de curso en Berlín, en estas tres semanas de descanso antes de retomar dos de mis cinco asignaturas -aparcadas desde hace casi un año-, he reorganizado muchas cosas, entre ellas el Blog. He decidido volver a los orígenes, liberarme de esa absurda carga autoimpuesta de tener que redactar textos de los que me sintiera orgulloso. Mi intención es volver a publicar impresiones, usos, costumbres, pequeños detalles que me hacen feliz y como no, vivencias que me van forjando como ser humano. La mayoría de las veces me saldrán ocho o diez líneas, algunas otras os daré la lata con tochos como éste... En definitiva, supongo que -fruto del abandono- con la mitad de clientela con la que conté en los tiempos mejores, voy volver a escribir como me venga en gana. Pido para ello vuestra bendición.

28 abril 2009

Apuntes maestrantes


Espoleado por las crónicas diarias -publicadas en El Mundo Andalucía- desde su grada 4 (qué arte hay en ella) de mi buen amigo Álvaro Pástor, y por las que desgrana, cada vez con mayor magisterio, mi no menos querido Basilio García (Kiski) en su blog trianero-almeriense tras sus tardes de toros, me lanzo al ruedo con algunos apuntes acerca de mi fin de semana taurino como espectador de la plaza más bella del mundo.
No recordaré la preferia 2009 por lo mucho que pude ir a los toros. Mis prácticas en la sección de Cultura de Diario de Sevilla han hecho que mi contacto con aquello que ocurría en el ruedo maestrante se haya reducido a lo contado por la radio y a lo poco que podía ver, cuando la cosa se ponía interesante, en una pequeña tele de la redacción. Por ello, aunque tengo mis opiniones de lo ocurrido hasta el viernes, dejo que sean otros quienes entren en valoraciones. Eso sí, permítanme que destaque ese ramillete de verónicas de Morante en la "novillada" de Victorino, para llorar...
El sábado por fin me tocó vivirlo in situ y la verdad es que no se puede decir que no tuviera suerte. Lo del Ventorrillo, sin ser gran cosa, se dejó y medio aguantó el tipo, que hoy ya es mucho decir. Alejandro Talavante corto dos generosas orejas al tercero de la tarde, un torito de dulce al que el extremeño toreó con exquisito gusto por el pitón izquierdo, dejando para el recuerdo algunos naturales profundos de esos por los que suele mostrarse excesivamente orgulloso tras rematarlos (hay que darlos, que seamos los demás quienes los valoremos). Adornó la faena con detalles pintureros llenos de sabor y el público se entregó con un diestro que andaba en horas bajas en los últimos tiempos. En el sexto, que ya no era la tonta del bote, volvió a descubrirse como lo que es, un torero sin técnica ni sentido de la colocación. El que estuvo enorme fue el Juli; lo de menos fue la oreja del primero, en el que anduvo firme y poderoso, además de matarlo por alto, como casi siempre; lo gordo vino en el cuarto, un toro para entenderlo, al que cuajó a base de tesón, saber andarle y muletazos profundos de mano baja. Cuando se paró se pegó un arrimón que estando rico y casado con una Domecq sólo es capaz de dárselo una figura del toreo. El incomprensible cese de la música (vaya telita el heredero de Pepín), el acobardamiento del toro y la precipitación de su matador le hicieron perder una puerta del Príncipe que tarde o temprano llegará. Ahora sí, Juli, hace unos años nunca pensé que escribiría esto, pero vaya torerazo estas hecho. El Cid no estuvo en toda la tarde (hay quien dice que en toda la Feria). Creo que basta con decir que se le fue íntegro un gran toro al que hace dos años le hubiera cortado las dos orejas sin grandes esfuerzos y él, pese a sus declaraciones a la prensa diciendo que le dio los 30 pases que tenía, me consta que lo sabe. Estoy seguro que pronto volverá por sus fueros, porque casta tiene toda la del mundo.
Lo del Domingo -que comenzó con una tertulia exquisita en las azoteas maestrantes que ya la quisiera Manolo Molés- fue una historia bien distinta. Tras dos años sin pisar el albero sevillano, la corrida de Jandilla dejó la imagen dantesca de un toro patasarriba en el centro del ruedo a mitad de faena de un siempre esperado Castella y otro de notable interés, el lidiado en cuarto lugar, el cual no tapa la falta de raza y emoción de sus hermanos. Claro está que el bueno le tocó a Finito, ese señor que aparece por aquí cada nueva primavera, impecablemente vestido y peinado, abriendo uno de los carteles más rematados de la Feria. Que Juan ya no se presta a grandes alardes lo sabemos todos y hasta lo podemos comprender, pero que sabiendo torear como sabe -ahí quedan algún derechazo suelto, camuflado entre 200 con el pico de la muleta- le salga un toro así en Sevilla y tras tantos años de profesión no se digne a cuajarlo es, cuanto menos, de poca vergüenza. Y Morante..., que declaró intenciones con un quite por chicuelinas y una media para soñar, que exprimió al segundo todo lo que pudo y más y que estuvo hecho un tío con el quinto de la tarde, al que tragó lo indecible y al que toreó por ambos pitones con la personalidad que sólo él atesora. Pienso que si la última serie la pega con la derecha (el pitón bueno del toro) y la remata con algún chispazo de los suyos hubiese desorejado al de Jandilla. Qué nadie dude que podrá gustar más o menos, pero que éste es el más técnico y valiente de todos los toreros artistas de la historia.
Y el lunes Manzanares.... Me reafirmo, ésta, la que cada tarde se vive en el Arenal, antes, durante y después de cada corrida, es la única Feria que sé disfrutar.

13 marzo 2009

El Señor de la Ventana


Su personalísima figura sedente siempre me resultó cercana. Qué duda cabe que ese cariño se fundamenta en la peculiaridad, tan atractiva para los aprendices de cofrades sevillanos, de que el Señor se muestre a los viandantes a través de una ventana enrejada, a la misma vera de la ojiva dentada que cada Martes Santo desafía el paso de palio de la corporación de la que es titular.
Mis recuerdos infantiles saben mucho de esos mediodías de Martes Santo, cuando mi entorno se va viendo impregnado por ese ambiente único, propiciado por la salida de una de esas cofradías tempranas, que siendo del centro son de barrio y por ser de barrio tienen esa alegría que hace que las emociones se desborden en torno a ellas. De la Alfalfa a la Puerta Carmona, la mañana tardía se convierte en alegre vuelo de capas azules, rayos de sol para las naves de un templo con dos pasos dispuestos, voces de niños, vendedores de globos... Instantes después se abren las puertas y, en apenas unos minutos, el sonido de los tambores que abren paso, vuelve a llamar a mi memoria. Un año más, ya está la cofradía de San Esteban pasando por delante de mi puerta. Mi paisaje diario cambia el tráfico venido de la Ronda por infantiles nazarenitos azules que siguen a la cruz de guía de la mano de sus padres. Tras estos niños nazarenos vienen otros mayores y, al final de todos ellos, ese Señor sedente de la Ventana, hoy burlado sobre su paso de misterio.
El Señor de la Salud y Buen Viaje forma parte de mi Semana Santa atemporal. Reencontrarlo cada año en el mismo lugar y de la misma forma, casi en mi propia casa, hace que el Martes Santo vuelva a sentirme el niño que escucha los tambores, sonando por la plaza de Pilatos, y se pone nervioso por bajar.
El Señor de la Salud y Buen Viaje, historia viva de una ciudad en sepia, sabe de mis preocupaciones escolares, cuando en San Ildefonso se me hacía tarde ante su altar provisional, muchas mañanas frías camino del colegio. Sabe también de mis regresos a casa por su calle desierta en plena madrugada, unas veces feliz, otras preocupado o inquieto, pero siempre protegido por su luz encendida y unido a sus lágrimas de hombre valiente por mi mano persignándome ante su cercana presencia, al otro lado de la reja.
De aquí a veinticinco días será Él quien, un año más, pase ante mi puerta, haciéndome sentir de nuevo aquel niño que escucha unos tambores que anuncian el reencuentro con el azul San Esteban de un mediodía de fiesta y primavera, guardado en un rincón de la memoria, siempre dispuesto a ser desempolvado.
(A la Gata Mercedes, que si no actualizo me mata).

25 enero 2009

Campanas de emparedada


Sigo sin tiempo ni para respirar y, como suele ocurrir en estos casos, con la inspiración en horas bajas. Por lo tanto vuelvo a tirar de archivo para mantener, al menos esporádicamente, mi encuentro con vosotros en este rinconcillo (mejor siempre que rinconcito) de apuntes sevillanos.
En esta ocasión os traigo un texto publicado hace algún tiempo en mi habitual colaboración "Curiosidades de Sevilla", en las distintas cabeceras de Casco Antiguo. En él intenté recoger algo que me contaron de niño en el mismo barrio donde dicen que aconteció.
Leyenda o realidad, con una torre como protagonista que dio sombra a los juegos infantiles de Bécquer, Rafael Laffón y de otros muchos sevillanos que siempre la miraremos y escucharemos como a ninguna otra.

Cuentan por el barrio que ocurrió una fría noche de invierno de 1868. Dormía el maestro albañil Esteban Pérez cuando tocaron a la puerta de su casa, en la calle Marqués de la Mina número 4. Malhumorado se apresuró a abrir. Comprobó entonces que quien le requería era un espigado y elegante caballero, envuelto en una capa y que cubría su rostro con un antifaz. El misterioso personaje venía en su busca para que realizase para él un urgente trabajo. Ni que decir tiene que el pago sería más que generoso por las molestias propias del horario.
Abandonan nuestros dos hombres el domicilio del albañil y se dirigen a la esquina de la calle Santa Clara, donde aguardaba un coche de caballos que les conduciría al lugar preciso. En ese instante el caballero expone a Esteban Pérez que la única condición que le exige es que durante el trayecto habrá de cubrir sus ojos con un pañuelo oscuro; el albañil se niega, pero pronto un revolver le convence: “puede usted elegir entre el oro y el plomo”.
Arranca el carruaje y, Santa Clara arriba, comienza a callejear. Esteban intenta seguir mentalmente el recorrido pero pronto se pierde. Sí observa como al rato abandonan el suelo empedrado y enfilan lo que debía de ser una carretera; transcurrido otro tiempo vuelven al empedrado, lo que le hizo pensar que llegaban a un pueblo. Detenido el coche le ayudan a bajar y una vez dentro de la casa quitan la venda de sus ojos. Se sitúa Esteban en un amplio zaguán desde el que desciende a una especie de sótano.
Con espanto recibe su misión: levantar un muro que deje emparedada a la mujer amordazada que, con lágrimas en los ojos, le mira. Aterrorizado por el revolver lo hace con prontitud. Se repite el procedimiento: vendaje, subida al coche, recorrido de vuelta y tras el pago y la pertinente amenaza de que podría contarse entre los muertos si refiere algo de aquello, regreso a casa.
Nervioso, termina por contar a su mujer todo lo ocurrido y rápidamente se visten y acuden al juez de guardia. Junto a el mismo comienzan las investigaciones. Se intenta delimitar cuál es el pueblo cuestionando al albañil si ha escuchado los molinos del río, recibido algún olor especial (el del pan de Alcalá por ejemplo) o si recuerda algún otro aspecto interesante. Únicamente la campanada de un reloj que daba la una y al rato el cuarto, les servirá de pista. Se busca entonces al relojero mayor de la ciudad y éste precisa que no hay reloj en ningún pueblo cercano que de los cuartos y pocos son los que lo hacen aún en Sevilla. Pese a esto los escuchan uno por uno y ninguno parece ser el recordado.
Resignados, oyen dar un cuarto al reloj parroquial de San Lorenzo, ¡ése era! A Esteban le habían tenido dando vueltas alrededor de la Ronda para despistarlo de que la casa a donde era llevado se encontraba a escasos metros de la suya. La alcaldía de barrio indica al juez que sólo hay dos casas con sótano en el barrio; una de ellas en la propia plaza de San Lorenzo. Derribada la puerta de ésta, descienden los protagonistas al sótano y verifican que era en la que horas antes el albañil había sepultado viva a quien resultó ser la hija de los confiteros de la Campana, casada con un antiguo verdugo cubano que, temeroso de que su pasado fuese descubierto, huyó a La Habana intentando antes deshacerse de su esposa.
Reanimada la señora de su desmayo, volvió felizmente a casa de su padres. El verdugo fue detenido con celeridad, cuando se disponía a embarcar en el Puerto de Cádiz y posteriormente sería ajusticiado en el Pópulo. La casa fue cerrada a cal y canto. Leyenda o realidad, lo que sí parece claro es que en el supuesto lugar de los hechos hoy habita el Señor de Sevilla.

01 enero 2009

Soñando un cinco de abril


La tarde es triste, lluviosa. Nunca me gustó el 1 de enero, pese al encanto de las calles vacías, pese al anual encuentro con el Señor en su basílica dictando desde un bosque de cera su primera lección de amor, pese a suponer el primer escalofrío de unas vísperas gozosas que todavía se antojan lejanas...
Aún queda la belleza antigua de la tarde de la Cabalgata y de la Mañana de Reyes para que la Navidad se diluya entre los días de invierno; pero comenzar un año, con sus buenos propositos y sus ilusiones renovadas, en Sevilla es soñar con su Domingo de Ramos, que en este 2009 nos amanecerá el 5 de abril, recién cantado por un Pregonero cuyo nombre coincide con el mío.
Por eso, tras muchos días de ausencia a causa de la falta de tiempo primero y de inspiración después -paradójica en este último mes en que tanto he vivido, como supondréis-, me atrevo a regresar con un romance recién sacado del cajón, tocado por el aire y la luz del día soñado
Os ruego perdonéis mi osadía. Nunca antes fui capaz de publicar versos en el blog y prometo no hacerlo en muchas más ocasiones, ya que ni soy poeta ni creo que jamás lo sea.
Un día es un día...

A LA VIRGEN DE LA PAZ

Viene a lo lejos, difusa,
llorosa entre las palmeras,
viene recortando el aire
y dibujando la cera.

El perfil del mediodía
la arrulla con su presencia,
la luz se hace resplandor
en su inmaculada pena
de blanco y dulce candor
y peregrina belleza.

Viene la Paz por el Parque
llorosa entre las palmeras
y no hay cristalino estanque
donde se enjugue su pena,
donde se vierta su llanto
de Flor de esta hermosa tierra.

Dicen que ya el Porvenir
sueña en la noche su vuelta,
que se impregna de nostalgia
la placidez de su siesta,
soñando las blancas capas,
los tambores, las cornetas
y a ese Señor que es Victoria
sobre la Cruz que le entregan.

¡Ya busca la Paz Sevilla!
Se cumple la larga espera
rota por las bambalinas
de esta Niña Blanca y Bella
que abre toda una Semana
que en sus lágrimas se encierra.

Viene a lo lejos, difusa,
no es un sueño, ya se acerca,
llega la Semana Santa
con su celestial presencia.

Llega la Paz de los hombres,
de frentes y cruentas guerras,
hecha Domingo de Ramos
como cada primavera.

Feliz 2009, amigos.

26 noviembre 2008

La Estrella Sublime


Porque siempre fuiste mi gran debilidad, proclamada a los cuatro vientos.
Porque con esto te pagamos en parte tantos años llenando de azul y plata sevillanía los Domingos de Ramos de nuestra casa.
Porque fuiste tan generosa que, en el título de la marcha entre tus marchas, quisiste hacer un guiño a la más fina Alfarera de Triana, Aquella que cautiva a mi madre y a mi hermano.
Porque tu Estrella Sublime siempre será para mí "Estrella Sublín", como la nombraba una y otra vez cuando apenas levantaba dos palmos del suelo, pese a la insistencia del hoy pregonero en corregirme.
Porque estamos seguros de que don Juan Moya y su hijo Juan sentirán un pellizco al escucharla, desde ese palco del cielo en el que el 29 de marzo no va a caber tanta gente buena como se va a reunir, en torno a un pescao con mucho tinto, a disfrutar del Pregón de mi padre.
Por todo esto y mucho más, en el Maestranza este año sonará tu marcha, que representa como pocas la alegría del día soñado en que te contemplamos en la calle y del cual, lo que ahora se fragua entre estas paredes desde las que escribo, es mero anuncio gozoso.
Hágase el silencio y arranquen las notas que Farfán dedicara a la Virgen de la Hiniesta, "esa Estrella Sublime...".

10 noviembre 2008

Pregonero de Sevilla (la crónica que no saldrá en ningún medio)


No sé qué hora sería exactamente, creo que en torno a las ocho. En la tele un partido, el Córdoba-Celta. Mis padres en el salón, cada uno en su sillón habitual. Mi hermano en el ordenador, haciendo un trabajo y actualizando Pasión en Sevilla continuamente para ver si publicaban ya quién era el pregonero. Yo en mi cuarto, hablando por el móvil. Todo transcurría de forma parecida a la tarde de cualquier sábado en casa. Ni siquiera había escuchado sonar el teléfono de mi padre, lo primero que oigo en la lejanía son sus palabras: "Adolfo, buenas tardes". Creo que si me hubieran llamado a mí no se me hubiera acelerado tanto el corazón. Cuelgo y me voy para el salón.
Previamente, nada más descolgar el teléfono, el secretario del Consejo había saludado al pregonero: "Enrique, soy Manolo Nieto, te puedes imaginar para que te llamo..., te paso con el presidente". Fue entonces el: "Adolfo, buenas tardes" que me sorprendió mientras yo hablaba en mi cuarto... Cuando llego al salón escucho a mi padre decir: "no me digas eso..." y acto seguido "por supuesto que sí", supuse que estaba aceptando el nombramiento. Mientras, Adolfo Arenas le recuerda que tiene muchos buenos amigos en el Consejo, entre ellos él y le comunica que, para evitarle el follón a su mujer, le dan la opción de una rueda de prensa en la propia institución; mi madre no se imagina lo segundo y su cara es un poema, pensando en cómo iba a poder organizar una copa para tanta gente en un tiempo record, sin por supuesto tener nada comprado.
El hombre que pregonará la próxima Semana Santa sigue hablando con el presidente, que le vuelve a pasar con Manolo Nieto para concretar algunos aspectos. Se ha ido hasta mi cuarto, que se había quedado encendido. Fue allí donde al colgar se produce el abrazo, primero el mío, después el de los tres en forma de piña. Al pregonero se le saltan las lágrimas porque se acuerda de sus padres, que no lo van a vivir, ellos hubieran disfrutado esto como nadie.
Pues nada, a correr se ha dicho; hay que ducharse, vestirse e irse para la calle San Gregorio. Parece que el teléfono de momento lo va a permitir. Pero nada más lejos de la realidad. Llama Manolo Nieto de nuevo para decir que ya lo saben el cardenal y el alcalde; la noticia se hace pública. Llama el cardenal, llama el alcalde, llama Joaquín Moeckel, llama Manolo Villanueva, llama media familia, llama la otra media, llaman mil amigos, mil cofrades amigos, periodistas... Cinco teléfonos -un fijo y cuatro móviles- para cuatro personas. Como mi padre no deja de comunicar, el mío no para, se juntan las llamadas de mis amigos con las de los que lo buscan a él, entre ellas la de Isa Serrato, la nueva pregonera universitaria, que quiere felicitar a quien fue el primero en ocupar dicho atril.
No sé cómo, logramos salir de casa sobre las nueve. Camino del Consejo los teléfonos siguen echando humo. Cuando doblamos la esquina de la plaza de la Contratación empiezan las flashes. ¡Dios mío, qué vergüenza! Ni que decir tiene que después del primero me echo a un lado. Hay algunos consejeros -no diré cuales, ya que las cofradías, pese a que ciertos señores lo pretendan, no son la prensa rosa- que están con las lágrimas saltadas mientras se abrazan a mi padre. Ellos y muchos de los que formaron parte de anteriores juntas superiores han luchado lo indecible para que este costalero, prestigioso abogado y hombre sobradamente experimentado en los atriles llegase a la tribuna más alta de la ciudad. Todo lo que pasó después lo habréis visto en los periódicos y las webs cofrades, así que no tiene sentido contarlo en esta crónica puramente personal.
Tras la rueda de prensa, la noche fue muy larga, pero eso que lo narren quienes lo vivieron junto a nosotros, que dicho sea de paso fueron muchos y muy queridos.
De vuelta a la rutina diaria, ya sólo queda vivir todo con intensidad y en el caso del pregonero, además, trabajar en un texto que si Dios quiere va a sorprender a algunos, mientras otros muchos disfrutamos de lo que sabemos a ciencia cierta será un éxito y llevamos tanto tiempo soñando.
La cita, el próximo Domingo de Pasión: 29 de marzo. Que no le falte vuestro aliento, aunque no sé ni para qué os lo digo, porque no me cabe la menor duda.

03 noviembre 2008

Adrián Gómez: un torero


Para quienes no anden muy puestos en materia taurina, comenzaré diciendo que Adrián Gómez es ese banderillero, habitual tercero de la cuadrilla del Fundi, al que la voltereta de un novillo, en Torrejón de Ardoz hace unos meses, ha dejado tetrapléjico de por vida.
Hace ya una semana que escuché como Manolo Molés le entrevistaba en su programa nocturno-dominical de la Cadena Ser y aún continúo sobrecogido por su entereza y por su forma de enfocar la auténtica tragedia que constituye que un hombre joven, felizmente casado y padre de un niño, se quede sentado en una silla de ruedas el resto de su existencia.
No conocía a Adrián, pero en los días posteriores a la grave cogida supe, por la prensa y las webs de toros que habitualmente visito, que su vida, como la de tantos en este mundo, no había sido fácil. Además de haber sufrido un par de accidentes laborales ajenos a su actual profesión, había recorrido muchas de esas plazas madrileñas del llamado valle del terror, donde se curten los toreros valientes y se aprende la dureza del toro ante corridas que asustan al miedo. Ahora le había llegado una buena colocación, junto al Fundi, que además de un gran torero es su amigo. Con él hubiese recorrido las principales ferias, en las que el veterano matador de Fuenlabrada por fin ha tenido la oportunidad de alternar corridas de las denominadas duras -las cuales lleva toda su carrera matando y a las que nunca debe renunciar- con otras de ganaderías comerciales, de esas que tanto gustan a las figuras que pueden permitirse andar con exigencias.
Adrián comenzaba a disfrutar los frutos de su esfuerzo: del ajetreo viajero de torear día tras día; de los buenos hoteles en las grandes ciudades, donde se ubican las tertulias taurinas más exquisitas y expertas; de las ovaciones cerradas de los públicos llenos de aficionados de verdad... Todo parecía un sueño hasta que un novillo de Antonio San Román se cruzó en su camino, en una tarde en la que, puntualmente, actuaba a las órdenes de Miguel Luque. Hizo hilo con él y lo volteó dejándole inerte sobre el albero, para mandarlo pocos días después al hospital de tetrapléjicos de Toledo en el que continúa.
La otra noche habló por vez primera y después de escucharle a muchos nos costó un mundo conciliar el sueño. Lo más parecido a una queja que manifestó fue que siente impotencia al ver que ya no puede jugar con su niño pequeño. Todo lo demás fueron agradecimientos hacia sus compañeros y hacia todos aquellos que se preocupan y cuidan de él. Palabras salidas del corazón, como las que dedica a una profesión que siempre amará y considerará la más hermosa de las posibles, pese a que formando parte de ella se corre el riesgo de pasar en un segundo de la gloria al abismo.
Terminó la entrevista y desde Manolo Molés al último de los oyentes, todos quedamos con un nudo en la garganta. Emocionados, qué duda cabe, pero también dando gracias a Dios por tantas cosas y cuestionándonos otras muchas, entre ellas qué respeto merecen cuatro impresentables con pancartas y pinta de no haber visto una ducha en meses, que saltan al ruedo a mitad de un espectáculo a llamar asesinos a hombres que, como éste, están hechos de una pasta especial.
Mucha suerte, torero. Gracias por la lección de la otra noche.

22 octubre 2008

Salidas innecesarias


No cabe duda que voy para mayor. La siguiente opinión -que, dicho sea de paso, lanzo desde el respeto que me merece toda hermandad y la soberana decisión de su cabildo de hermanos- es fruto de la reflexión realizada en la tarde-noche del pasado sábado, mientras me afeitaba escuchando el derby madrileño en la radio.
Desde el mediodía, ya anduve al tanto de las noticias llegadas desde la iglesia de Santiago, de donde a primera hora de la mañana debía haber salido el Señor de la Redención camino de la Misericordia, el templo donde fue bendecido y desde el cual realizó su primera Estación de Penitencia. La lluvia frustraba una vez más una salida procesional (vaya añito cofrade-taurino), pero la junta de gobierno del Beso de Judas no se resistía a poner el paso (de la Sed) en la calle si la tarde abría. Así fue, aunque bastante más tarde de lo que tenía previsto haberlo hecho desde la Misericordia. Serían las nueve y media cuando, desde el cuarto de baño, escuché los tambores de la Agrupación Musical de la Hermandad. Fue entonces cuando, reflexionando, me pregunté a mí mismo cuál era la necesidad de sacar una procesión, sin tratarse ya de un traslado de vuelta a casa tras una misa conmemorativa.
No os imagináis, al menos quienes no me conocéis personalmente, lo "fatiga" de cofradías que he llegado a ser desde los 16-17 años hasta hace bien poco. He visto todas las procesiones de gloria imaginables, por lejanos que fueran sus barrios y en el extraño caso de que hubiese una salida de carácter extraordinario, allí estaba el primero para disfrutar de la misma. Mientras, quienes me enseñaron a amar nuestra Gran Fiesta, me recordaban que las cofradías salen en Semana Santa, hecho en el que radica gran parte de su encanto y que para matar el gusanillo hay durante una época del año buenos pasos de gloria de esos que gustan ver los sevillanos profundos, como el que sale el próximo Domingo de la Macarena. Ni que decir tiene que no comprendía como alguien que se autodenomina cofrade podía pensar así...
Ha pasado el tiempo y el abuso de pasos en la calle me ha hecho empezar a ver las cosas de ese modo. Lo respeto, pero no entiendo porque hay que sacar una imagen en procesión porque cumpla cincuenta años y mucho menos dos dolorosas por un simple hermanamiento.
Al salir de casa, un inmenso tapón se deshacía desde la plaza de Pilatos hasta la zona de la Alfalfa. Mientras, los bares del entorno se encontraban repletos de cofrades variopintos (recordemos que la de Santiago es la Hermandad de moda según algunos). No pude ver al Señor porque se había marchado Águilas arriba y, como siempre, iba con prisas; pero el caso -por eso os decía que me estoy haciendo viejo- es que tampoco me importó en demasía.
El Beso de Judas sale de verdad el Lunes Santo, cuando al afeitarme tengo de fondo el Llamador de Canal Sur en vez del fútbol; y porque sale ese día y no otro, siento los nervios en el estómago al escuchar que su paso de Cristo va ya por San Pedro y veo que, con mi habitual lentitud al arreglarme, no me va a dar tiempo de cogerlo pronto con idea de disfrutarlo un rato antes de la vuelta de Orfila, que es donde lo dejamos antes de buscar Santa Genoveva. Eso, amigos, sólo se siente si es Semana Santa.

04 octubre 2008

La otra maravilla


Ya sabéis que me encanta, en cuanto tengo ocasión, pegar una escapada de dos o tres días, cinco a lo sumo y descubrir en ellos nuevos lugares o regresar a aquellos por los que siento especial afinidad. Os hablaba este verano de El Puerto, mi espacio ideal para cargar las pilas; meditar, pasear por sus calles, recorrer sus tabernas y excelentes barras de tapas, pasar la noche en uno de sus encantadores hoteles... Pero ando descubriendo otro rincón de nuestra Andalucía que me está cautivando, a pasos agigantados, en cada una de mis, últimamente, muy frecuentes visitas: Granada.
Pese a tener mis orígenes en ella -mi abuelo paterno era nacido allí, en Maracena, que es casi un barrio de la capital- me llevé muchos años escuchando hablar de su belleza, hasta que a los 22 la pisé por vez primera. Fue un fin de semana algo lluvioso y en el que -no podía ser de otra forma- descubrí la Granada prototípica: Alhambra, Catedral, Capilla Real, plaza de las Flores... Me marché de allí consciente de la belleza del lugar, pero totalmente ajeno al verdadero encanto de esta ciudad de ensueño.
Una tarde de junio, tras una parada en ella para almorzar a deshoras, comencé a sentir verdadera atracción por el entramado callejero de su casco antiguo. Tanto a mí como a quienes me acompañaban nos costó regresar a Sevilla... Tardé algo más de un año en volver, acompañando a mi hermano a buscar piso. Su decisión de estudiar allí su segundo Magisterio y su instalación en pleno corazón de Granada, en plaza Nueva, son en gran parte los culpables de que me esté enamorando de una ciudad de la que, por otra parte, pocos no se han enamorado alguna vez.
Este año ya, a finales de agosto, regresé y he vuelto a hacerlo nuevamente hace unos días. En estos dos últimos acercamientos atendí a un consejo que alguien me había dado: "piérdete por Granada". Así lo hice. Fue entonces cuando terminé de rendirme a sus encantos de los que, imagino, aún me queda tanto por conocer. Que nadie dude que Granada es mucho más que la Alhambra, que por otra parte es una maravilla... Es un cúmulo de retazos y como nuestra Sevilla, de pequeñas dualidades.
Granada es una mañana de paseo por la Gran Vía, donde se va asomando la Catedral, casi por sorpresa o un atardecer tibio en el Mirador de San Nicolás. Granada es un colacao calentito con un pionono en una de esas elegantes cafeterías que no se supieron conservar en Sevilla. Granada es un mediodía de tapas por la plaza de toros o una noche fría de invierno en las tabernas de la calle Navas. Granada es un paseo reposado desde la fuente de la Reina Católica hasta las Angustias. Granada es la bandera de España al viento ante los jardines del Triunfo, muy cerca de donde duerme eternamente Fray Leopoldo. Granada es el bullicio de sus estudiantes, alegres como un par de banderillas del Fandi. Es la elegancia de las fachadas de su centro urbano y las casas ocupas del Albaicín. Es Darro y es Genil. Agua y nieve. Noche y día...
Ando plenamente convencido de que Granada es mucho más, por ello, y aunque éste casi por norma es un blog de acento sevillano, os invito a que me la sigáis descubriendo por unos días. Yo, por mi parte, intentaré seguir haciéndolo durante este próximo invierno en particular y durante el resto de mi vida en general. A fin de cuentas, esto último, es lo que hacemos de manera inconsciente con todo aquel lugar que nos cautiva.

18 septiembre 2008

Retablo otoñal sevillano


Estoy totalmente de acuerdo con el maestro Burgos en su reflexión, sensible y a la vez profunda, como todas las suyas, sobre el Otoño sevillano. Don Antonio señala que la que ahora recibimos es la verdadera estación de Sevilla, el tiempo en que nuestra ciudad se muestra como es. Lejos de una primavera que, aún amada por todos, no deja de reflejarnos como algo bien distinto a lo que supone el día a día de esta gran urbe hermosamente provinciana; la caída de las hojas nos hace reencontrarnos con la Sevilla de siempre.
En una ciudad donde todo llega de forma sorpresiva, el Otoño también lo hace de esta guisa, a través de una de esas tardes oscuras, como ésta en la que escribo, o quizás de una mañana de sábado, metida en agua que parece bañar de color antiguo cada calle de los viejos barrios sevillanos. Ver llover sobre la Sevilla que se asoma a una nueva estación es como ver hacerlo sobre nuestra memoria, siempre presente, guardiana de los recuerdos infantiles y de aquellos que eternamente se repiten, año tras año.
El Otoño de nuestra niñez eran tardes de compra del material escolar en la desaparecida papelería de Antonio, en la calle Alfalfa y mañanas de descubrimiento paulatino de una nueva vida cotidiana que, aún siendo prácticamente simétrica a la del curso anterior, no dejaba de llamarnos la atención.
Siempre pensé que en Otoño Sevilla se nos vuelve más nuestra, más llena de secretos encantos, tan sólo conocidos por nosotros; tales como el reencuentro con las naves desiertas de la Catedral, en las primeras horas de una mañana que, inesperadamente, ha amanecido mucho más fría que la anterior. De música de fondo los latines de los canónigos que cantan en el Coro y allá fuera Sevilla, aunque no lo parezca desde este punto, inmersa en el ajetreo de una nueva jornada laboral.
El Otoño llega pegando coletazos de calor del membrillo, pero pronto trae lluvias y fríos nuevos que propician estampas y colores antiguos. Trae cofradías de gloria de infinito sabor sevillano, para recordar a muchos que no es necesario echar a la calle pasos impropios de este tiempo, mientras la Virgen del Rosario siga cantando nanas a su Niño dormido por San Gil, Todos los Santos desciendan a la calle Feria, o la Virgen del Amparo se enseñoree por noviembre del corazón de la ciudad más señorial.
El Otoño es olor a tierra mojada, humo de castañas sobrevolando una tarde de compras por el centro, anochecida temprana, primer escalofrío, vuelta a las noches de tapeo por el Arenal, Mateos Gago, Santa Catalina o San Lorenzo...
Así pues, disfrutad o aguantad (según gustos) estas últimas calores del estío, porque apenas pasen unas semanas vamos a asomarnos al inmenso retablo del Otoño de Sevilla, fiel reflejo de lo que fuimos, somos e, indudablemente, seguiremos siendo por siempre.

10 septiembre 2008

Petición atendida

Pese a que no soy muy amigo de este tipo de historias y menos aún de publicarlas en el blog, ya que no encajan mucho en su temática; aquí tenéis el listado de catorce de las cosas que más me agradan. No podía negarme viniendo la invitación desde el Rincón de Sevilla. Allá vamos:

Reglas:
Copiar las reglas.
Escribir 14 cosas que me hacen feliz.
Seleccionar 6 blogs para que sigan con el meme y avisarles

Catorce de las cosas que me hacen feliz (porque ni que decir tiene que hay muchas más):
Que tanto los míos como yo tengamos salud al despertar cada mañana.
Oír repicar desde mi casa las campanas de la Giralda u otra torre cercana.
Sentirme periodista cada vez que preparo un nuevo reportaje para el periódico.
Escuchar la radio y vivirla desde dentro cuando acudo a la tertulia de "Cruz de Guía".
Acabar los exámenes, no os digo nada el día que logre acabar la carrera...
Tapear y copear con la gente que más quiero. Es entonces cuando surgen conversaciones con ellos que no lo harían en otro ambiente menos distendido.
Los sábados por la noche de los últimos tiempos...
La comida italiana e Italia en sí.
Viajar por España y el resto del Mundo.
Ir a El Puerto cada cierto tiempo.
La Cuaresma, con su cumbre en el Domingo de Ramos.
Sacar la Piedad de los Servitas y soñar con sacar Santa Marta.
Un gol del Betis.
Ver torear a Morante o Manzanares.

Ahora viene esa parte en que quedas de latoso, pero no hay más remedio. Los 6 blogs seleccionados son: La Quinta de Txomin, Volantes y Lunares, Renacimiento, Por el callejón del Agua, Alamares de Pasión y La vida entre Triana y Almería (todos ellos enlazados en el mío).

Pd: lo de avisarles ya es mucha tela; cuando pasen por aquí que decidan si aceptan la petición.

12 agosto 2008

El Blog de Pregonero en Punto Radio Sevilla


Hoy el Blog de Pregonero se ha vestido de gala para recibir a Fernando García Haldón y su joven equipo de "Protagonistas Sevilla", el programa que ameniza las mañanas de Punto Radio Sevilla. Desde aquí mi más sincero agradecimiento a Fernando, Teresa y Carlos por el buen rato que me han hecho pasar durante la entrevista, la cual espero poder colgar en unos días.
Sirva este gozoso acontecimiento para conmemorar el segundo aniversario de esta casa sevillana en internet, que llegará Dios mediante el próximo 15 de Agosto, cuando los nardos perfumen la mañana única de quien inspiró su primera entrada: la Virgen de los Reyes.

28 julio 2008

José se quedó corto...


Me tienen que volver a permitir la licencia. Un verano más, este blog de apuntes sevillanos se descubre de nuevo ante el que, estoy cada día más convencido, es uno de los rincones del paraíso, al menos del paraíso terrenal: El Puerto de Santa María.
Desde pequeño siempre sentí especial predilección por la provincia de Cádiz, ese "rincón del Sur" (como lo denominó Juan Posada en su obra "De Paquiro a Paula", sobre toros y toreros gaditanos) donde en un reducido espacio físico tienen cabida multitud de sensaciones distintas, diferentes formas de crear arte y de disfrutar de la naturaleza y el espacio urbano. Quedé prendado de Cádiz bañándome en sus aguas de plata, mientras la atardecida comienza a oscurecer las blancas torres de la Catedral. Pronto descubrí que las olas rompen más antiguas y bellas en la Cruz de la Mar de Chipiona, o que Rota es la playa familiar más hermosa de Andalucía. Pronto valoré Jerez como cuna de tantas cosas y me enamoré de su vino como de ningún otro y pronto también, conquisté las blancas calles sanluqueñas, tan llenas de sabor y si me apuran, de sevillanía, traída por las aguas del Río Grande. Pero, por encima de todo, cuando descubrí El Puerto, hallé ese entorno concreto que todos escondemos, como el más preciado de los tesoros, en el fondo de nuestro corazón. El lugar en el que nos gusta perdernos de vez en cuando, para cargar las pilas, descansar o simplemente disfrutar de lo que consideramos unas minivacaciones perfectas, ya sea verano, primavera o invierno.
Ya de niño llamaba mi atención la vida de sus calles, tanto en las bulliciosas mañanas del verano, como en las noches de velador y pescao frito. Su playa de Santa Catalina, a la altura de Vistahermosa, me sorprendía por su extensión, su mar abierta y ondulada y su visión lejana de Cádiz, encendiendo sus luces cuando la noche comenzaba a cubrir con su negro manto la Bahía.
Pasaron los años y mi afición taurina me hizo acudir en numerosas ocasiones a disfrutar de excelentes tardes de toros en su Plaza Real, la cual pese a su personalidad indudable viene a ser, por distintas razones, como una Maestranza estival. Poco a poco, esas jornadas de toros en El Puerto me hicieron descubrir delicias del calibre del Patio de las Siete Esquinas, personalísimo establecimiento arropado por las bodegas de la zona en que se enclava y por la suya propia; la calle Misericordia, con sus múltiples bares de tapas siempre repletos; las barras exquisitas de Los Portales o de Casa Flores; las madrugadas en La Pontona, con la brisa del Guadalete refrescando; la copa de Miura con hielo en el Santa María, mientras bajan de sus habitaciones los toreros, camino de la plaza; las noches calmas y elegantes en el patio central del Monasterio de San Miguel, un bellísimo hotel cargado de historia...
Hoy lo tengo muy claro, parafraseando a dama "si me pierdo que me busquen..." en El Puerto; en cualquiera de sus múltiples tabernas bebiendo fino de la tierra; en una de esas calles que alternan las casas de cierros bajos con las de balcones palaciegos; en la cubierta con aires marineros de su popular vaporcito...
Como escribió en este mismo blog mi querido calleferia: "José se quedo corto...", quien no ha visto toros en El Puerto no sabe lo que es un día de toros, pero es que "quien no ha visto El Puerto no ha visto ná de ná".
(A mi amigo Migue, compañero de pasión portuense. Para que en los momentos de agobio recuerde siempre que, en un rinconcito de la Bahía, tenemos nuestra válvula de escape).

11 julio 2008

Memoria de la Alfalfa


La gran mayoría de vosotros conocéis que vivo en la Alfalfa. Es algo que, como casi todos los que habitamos este trozo de ciudad, gusto de reivindicar con frecuencia; no por el privilegio de vivir en el centro o en una zona en la que muchos sevillanos desearían hacerlo, ya que considero que cada barrio, cada rincón de nuestra Sevilla, por alejado del casco antiguo que se encuentre, tiene su propio encanto (y en estos tiempos incluso más sabor que ciertas partes enclavadas en el mismo corazón de la ciudad); sino por el simple hecho de que vivir en este entorno es hacerlo en el primer retazo de Sevilla que existió y quizás en el pueblo más cercano a la misma, tan cercano que como os decía estuvo presente en ella desde al arranque de su propia historia.
La Alfalfa y la Costanilla Alta fueron la zona más elevada de Híspalis, aquella en la que, sobre las aguas, comenzó a construirse el germen de lo que hoy es Sevilla. Por ello y como escribe el dermatólogo Ismael Yebra en su reciente libro "Sevilla vista desde la Alfalfa" (el cual os recomiendo no dejéis de leer) ha sido un lugar testigo privilegiado de la historia de la ciudad, puede que por ese misterioso atractivo que la gran mayoría de hijos de esta tierra sentimos por esa plaza y su habitat cercano, sin más encanto que el de su constante vida, su alegría...
Para este "pregonero", residente en la Alfalfa desde el día de la Inmaculada de 1982, con dos años recién cumplidos, su barrio constituye mil recuerdos y una forma de vida. La Alfalfa es la memoria de sus bares, como el Danubio (Casa Ramón para nosotros), con sus porras futbolísticas que en varias ocasiones me llevé siendo un niño y sus proyecciones de diapositivas cofrades, los sábados por la noche en la trastienda del establecimiento. Precisamente en el mismo local hoy existe otro bar con el nombre de Trastienda. La Alfalfa son las desaparecidas tostadas del Donaire, con esa cristalera mirador del barrio y esos veladores en los que tantas noches de verano viví. La Alfalfa son lejanos recuerdos, como el del cierre de aquella enorme tienda de electrodomésticos, que significaría la apertura del Horno San Buenaventura; o el de cuando íbamos a misa los Domingo a la sede provisional de San Isidoro, una iglesia fantasma para mí que se hallaba tras un muro de obras y que durante muchos años soñaba conocer, revitalizada, con sus cofradías y sus pasos dispuestos, cofradías las tres (San Isidoro, Salud y Penas provisionalmente) que tan buenos momentos me hicieron disfrutar, dentro y fuera de los muros parroquiales, años más tarde. La Alfalfa, como no, son tambores tempranos, los mediosdías del Martes y del Miércoles Santo (desde este año también el Lunes con el Cautivo del Polígono); es bulla del Pilatos; negros nazarenos de ruán camino de la parroquia, como escapándose del sueño de la Semana Santa, en la atardecida del Viernes Santo; es procesión de gloria, por mayo o por septiembre; campanita de la Majestad de San Nicolás, anunciando la llegada de Dios bajo mi balcón, una mañana de Domingo de junio... Podría pasarme horas enumerando instantes, sensaciones..., pero no es cuestión de aburriros.
Hoy la Alfalfa es una plaza extraña, llena de bancos modelo Ikea y farolas ducha. Debo reconocer que, a pesar de su horrorosa visión, en mi opinión la plaza ha ganado en vida y alegría, más si cabe, con el hecho de su peatonalización.
Sea como sea, la Alfalfa, mi barrio, cuna de toreros y cantaoras, siempre será distinta, especial y sevillanísima.

27 junio 2008

Mi Colegio


Llegan las vacaciones para los más pequeños y éstas, como septiembre, como las navideñas, son fechas en las que de manera inconsciente suelo recordar el niño que fui. Alguna vez lo he referido de pasada, pero si hubo un espacio vital destacado en el que situar a ese niño, éste no es otro que el Colegio San Francisco de Paula, un lugar en el que transcurrieron la mayor parte de los días de ocho años de mi vida; un lugar en el que fui creciendo y en el que, como no, hice amistades difícilmente superables.
En San Francisco siempre hubo dos tipos de alumnos; los que con mayor o menor éxito completan en él los once años de su formación académica y los que antes de que esto ocurra lo abandonan para proseguir sus estudios en otro centro. Ni que decir tiene que pertenezco al segundo grupo. Las fatiguitas veraniegas pasadas en "Costa Paula" los dos últimos cursos de la E.G.B para superar, principalmente, las asignaturas de ciencia y el dibujo, aconsejaron mi huida de aquel lugar, marco de tantos buenos recuerdos pese a todo.
Dice mi amigo Paco que los que hemos sido alumnos del Colegio llevamos un sello en la frente, ese sello que, pese a no haber cruzado palabra alguna en muchos casos, nos hace reconocernos en la barra de un bar, en una bulla de Semana Santa o dando un paseo por la playa, aunque el paso del tiempo vaya haciendo de nosotros algo muy distinto física y mentalmente. Estoy de acuerdo con él y es indudable que debe ser por tanto compartido durante años. Quienes fuimos alumnos de San Francisco nos seguimos santiguando ante el retablo de la Virgen que hay en el zaguán, cuando pasamos por esa calle Sor Ángela de los recuerdos, y nunca olvidaremos que fue don Juan Plata (mientras le vendía a nuestros padres la lotería de "Montensión") quien nos enseñó que así debía de ser por siempre. Quienes fuimos alumnos de San Francisco hemos tenido la habilidad de jugar veinte partidos de fútbol a la vez en un mismo patio, impregnados por el olor antiguo del pan recién hecho en el horno de la calle Alcázares. Quienes fuimos alumnos de San Francisco hemos hecho la Primera Comunión ante el misterio de la Cena, o ante la Amargura, en aquel año en que los Terceros permaneció cerrado por obras. En sus patios reímos, lloramos, nos enamoramos por vez primera, recibimos incipientes lecciones de amistad...
En la memoria de cada uno de los que estuvimos en San Francisco quedarán grabados ciertos nombres, en mi caso: don José Manuel Escamilla, don Juan Oropesa, don Juan Parrilla, el ya citado don Juan Plata... En él nos dieron clase destacados personajes locales, entre otros el entrenador Paco Chaparro, que años después obró el milagro de salvar del descenso a un Betis cogidito con alfileres; o el desaparecido canónigo sevillano don Manuel Benigno García Vázquez, el cura que casó a Felipe González y que medió en ciertos conflictos cofradieros.
Mirar atrás y contar los años que hace que salimos del Colegio nos asusta. Parece que fueron ayer aquellas fiestas de disfraces por Navidad; aquellos pregones de Semana Santa, en los que cantaba Pepe Peregil y a los que acudíamos sobre todo por la copa de después; aquellas cruces de mayo, cuya protagonista, descubrió el niño en una escapada al servicio mientras se preparaba la misma, era una cruz de penitente de la Mortaja revestida de flores... Parece, en definitiva, que no ha pasado el tiempo y que cuando Rufino nos eche hasta de la calle, vamos a coger la pelota para seguir el partido en la puerta de atrás de San Pedro, o si es viernes en San Juan de la Palma...
(A cuatro niños que como yo corretearon esos patios y que hoy son mis mejores amigos. No hace falta nombrarlos. Y a mi amiga Lucía, que nunca olvide que, pese a su marcha del cole, siempre formará parte de él en la memoria de otros niños, aunque como nosotros cinco también crezcan algún día).

10 junio 2008

Nuevos descubrimientos (una más de bares)


Hace tiempo que no escribo de bares y como imaginaréis, aunque a veces cree uno que no le queda nada por descubrir en este sentido, van apareciendo nuevos lugares que en muchos casos se sitúan entre las devociones más particulares.
Hasta cerca de casa puedes recibir la agradable sorpresa de que existe un buen bar que no conocías, o del que al menos no esperabas tanto. Es el caso de El Refugio, en la calle Huelva, bar cofrade que hace poco me cautivó por su San José (una especie de flamenquín), sus croquetas y sus excelentes tablas. Eso sí, es algo caro. No queda lejos Mateos Gago, donde las habituales visitas a Alvarito Peregil y La Fresquita me habían hecho olvidar las excelentes tapas que tiene el bar Giralda, un establecimiento que tras un breve período de cierre ha sido recuperado por los responsables de otro bar de mención, el Estrella. Conserva sus tapas de siempre, entre las que la ensaladilla y la tortilla en salsa merecerían un monumento.
Busquemos ahora el Arenal bajando por Alemanes, no sin antes detenernos en el pequeño bar que, en la esquina con Placentines, ha sido abierto recientemente formando parte de la oferta comercial del Hotel Eme: Milagritos. La carta de tapas no es amplia (si lo es la de raciones), el servicio no es muy profesional; pero la visión de la Giralda desde sus mesas de fuera y su montadito de solomillo y panceta merecen con creces la visita. Por García de Vinuesa llegamos al nuevo Coloniales, donde es igual de complejo encontrar sitio que en el de San Pedro o en el establecimiento hermano Casa Duque, en Nervión. Al menos nos queda el consuelo de que es mucho más amplio que los otros. A sólo unos metros, en la misma calle Fernández y González, está la Casa de Extremadura; junto a La Taberna de la calle Gamazo son dos bares que tengo pendiente visitar tras las múltiples recomendaciones al respecto. De este fin de semana no pasa. Otro bar que sigo sin conocer, pese a lo mucho que frecuenté de pequeño el anterior, es el nuevo Casablanca, frente al antiguo Coliseo de la Avenida.
Por último una ojeada extramuros y de camino un apunte para los cerveceros: prueben la de Casa Coronado, magnífica tasca en Menéndez Pelayo, casi esquina con el Puente de San Bernardo. Digna de compartir honores con las del Tremendo, el Jota y si me apuran la del mismísimo Vizcaíno. Pero busquemos la sombra de un puente que ya no existe, el de la Calzá y hagamos un inciso en La Revirá de la calle Amador de los Ríos, otro bar de corte cofrade que convierte sus agradables veladores en un lugar inmejorable para disfrutar en estas fechas casi veraniegas de sus especialidades, entre las que se encuentran las papas bravas y el solomillo carbonara. Volviendo a Luis Montoto, La Chicotá, el bar de Diego, el capataz del Cristo de la Sangre, nos ofrece unos caracoles de nota y un montadito de bacalao con salmorejo que estoy ansioso por volver a probar. Muy cerca, al final de la calle San Benito, queda Raimundo, con sus serranitos y su amplísima variedad de tapas; pero eso déjenlo para otro día que vengan con más fuerzas...

30 mayo 2008

Dos calles para un Patrón


En toda localidad que se precie una de las calles principales dentro del entramado de las mismas debe ser la dedicada al santo patrón del lugar. En Sevilla, la Patrona de la Archidiócesis: la Virgen de los Reyes, tiene su plaza ante la misma Catedral, rotulada con esta denominación en sustitución de la de plaza del Cardenal Lluch, que llevó hasta el siglo pasado. Se trata de uno de los principales enclaves turísticos de la ciudad y de un espacio cargado de historia, ya que en él se levantó el famoso Corral de los Olmos, que fue sede de los Cabildos secular y eclesiástico de la ciudad. En su conocida obra “Las calles de Sevilla”, que vio la luz en noviembre de 1940, señala don Santiago Montoto que “el 15 de agosto de 1928 se dio a la calle de Jerez el nombre de plaza de la Virgen de los Reyes, de tanta devoción en Sevilla”. Años más tarde se elimina la denominación de esta vía cercana a la puerta del mismo nombre y se rebautiza en honor de la Patrona su actual plaza a los pies de la Giralda.
Pero a lo que vamos; también San Fernando, conquistador y Patrón de Sevilla, cuya festividad celebramos en estos días, tiene su lugar de privilegio en el callejero de nuestra ciudad y no con una, sino con dos calles, en concreto una calle y una plaza, ambas muy conocidas y transitadas por los sevillanos. Señala don Luis Germán y Ribón, en su “Anales de Sevilla”, que en la segunda mitad del siglo XVIII comienza a utilizarse una nueva puerta que da acceso a la zona en que acaba de concluir su construcción el edificio de la Fábrica de Tabacos. La misma se denomina de San Fernando y es origen de una calle denominada Real de San Carlos (en honor de Carlos III) que tiene su final en otra puerta principal, la de Jerez. González de León señala su estreno en 1757 y su denominación en honor del Santo Rey, sin hacer referencia a la denominación de Real de San Carlos señalada por don Luis Germán. Apunta Montoto que en 1877 se acuerda que esta vía “se llame de Alfonso XII, por estar dedicada al Santo Rey la plaza principal”. El acuerdo nunca fue realidad. De este modo, la calle San Fernando, prácticamente desde sus orígenes recibió tal denominación y fue evolucionando junto a la propia ciudad, siendo un alegre escaparate de las graciosas cigarreras durante largo tiempo y aún hoy de bulliciosos estudiantes de la Universidad de Sevilla, con sede central en el bello edificio dieciochesco. La calle sufrió un ensanche en los años veinte y muy recientemente ha sido peatonalizada y adaptada al paso del famoso metrocentro.
Lo que quizá pocos conozcan es que el verdadero nombre de la plaza Nueva es el de plaza de San Fernando, en honor de quien la preside sobre su caballo. La plaza nace en el siglo XIX, tras la destrucción del inmenso Convento Casa Grande de San Francisco, recibiendo en su inauguración el nombre de la Infanta Isabel, primogénita de la Duquesa de Montpensier. En septiembre de 1868 se acordó que llevase el título de plaza de la Libertad. Más tarde, el triunfo republicano la denominó plaza de la República y de la República Federal. Por último, recurriendo nuevamente a don Santiago Montoto, podemos verificar que, desde el 30 de enero de 1875, recibe el nombre de plaza de San Fernando. Pese a tantas nomenclaturas distintas la plaza siempre se llamó en Sevilla plaza Nueva y de este modo se le seguirá conociendo de por vida. Menos mal que el Patrón ya contaba con su calle...

19 mayo 2008

Hora de reflexionar


Sabéis que muy de vez en cuando gusto de intercalar, entre los artículos vivenciales y costumbristas que caracterizan mi blog, alguno de opinión. Habitualmente son reflexiones de carácter crítico y cierto tono polemista, adecuadas a la actualidad de un instante concreto. En este caso, más que de hechos pasados o presentes, se trata de reflexionar sobre el futuro: futuro en verdiblanco color. Me consta que sois muchos los béticos habituales de este "atril", por ello estoy seguro de que no os sentiréis ajenos a mis palabras, originadas de una más que infundada preocupación por lo que se adivina en el horizonte.
Con el trámite de ayer en Getafe se cierra una temporada que el máximo sinvergüenza, en una muestra más de la misma, ha calificado con una nota de 8 sobre 10. Una temporada en la que por tercer año consecutivo sufrimos la cercanía de la tragedia deportiva que constituye un descenso a la categoría de plata. Puede que ese sufrimiento no haya acontecido de forma tan dramática como el pasado año en Santander, ni tan inesperada como en el de la Champions, pero en un punto determinado de la liga (justo antes de que Paco Chaparro cogiera el equipo) la gran mayoría asumíamos que la debacle se produciría, que a fin de cuentas es algo mucho peor que en los dos casos anteriores, aunque el final haya sido menos agónico.
No nos debe extrañar que el Betis pase este calvario cuando en su plantilla sólo hay un futbolista de Primera División, entendiendo por tal un profesional que combina la calidad con la ambición, las ganas, la vergüenza y si me apuran hasta el sentimiento, si es que eso existe hoy en el fútbol. No nos debe extrañar porque dejamos pasar la oportunidad de crecer, un hecho factible para un equipo respaldado por una masa social de tales dimensiones; ahí está el ejemplo del eterno rival para hacer más sangre, al que todos recordamos arruinado económica y deportivamente hace no mucho y levantando cinco títulos hace aún menos. A fin de cuentas, para bien poco sirve mirar atrás...
Nuestra situación es otra historia, una historia que va a peor y que no hay que ser muy listos para darse cuenta de que no tendrá un final feliz si no se modernizan ciertos aspectos. Ya no es cuestión de que se nos conceda lo que sería lógico: por historia, por afición, por número de socios... Sabemos cuáles son las circunstancias ajenas aunque ligadas al actual Betis, pero qué menos que dejar trabajar a un grupo de hombres de la casa para que armen un conjunto de profesionales humildes, con ansias de triunfo. Ahí están el Getafe de los últimos tiempos, el Almería, o el mismísimo Betis que quedó tercero recién ascendido por Serra.
Puede que todos seamos culpables, porque gritar Lopera vete ya no debe ir de la mano del mal juego o de un mal resultado. Nacimos y crecimos como una afición que se contenta con lo mínimo, pero quizás haya llegado la hora de cambiar. No se pueden consentir hechos como el de que al adiós de un bético de pro no acuda nadie representativo del club y que se le organice una misa, deprisa y corriendo, para tapar la trascendencia pública de algo tan lamentable. Y como esto, tantos otros aspectos que están poniendo en peligro esa identidad señorial, a la vez que simpática en medio mundo, que siempre fue nuestro gran bastión, en los buenos tiempos y en los no tan buenos.
Las cosas pueden salir bien o mal, pero al menos hay que pretenderlas. Llega la hora de reflexionar y ya que sabemos que hay quien no tiene dignidad suficiente para hacerlo, nos tocará a nosotros para tras ello actuar en consecuencia.
(Nueva dedicatoria: al profesor de Gimnasia que nunca me suspendió, pese a mi poca agilidad deportiva, y que esta temporada obró el milagro inexplicable de que el Zaragoza bajara antes que mi Betis).

02 mayo 2008

El Señor de las Capuchinas


Cuando leí en la prensa hace unos meses que el Señor del Gran Poder pasaría un tiempo en Santa Rosalía me pareció un hermoso sueño sevillano que quien hubiese disfrutado jamás imaginaría ver cumplido. Hoy, día 2 de mayo de 2008, es realidad y ayer por la tarde lo pude comprobar con mis propios ojos.
Bien sabéis, quienes compartís conmigo desde hace tiempo mis vivencias y mis impresiones, que todo lo que toca al barrio de San Lorenzo tiene para mí una significación muy especial. Pese a todo, el Gran Poder es algo más, Vecino ilustre de la plaza donde siempre es otoño y a la vez Señor de toda una ciudad que besa cada viernes "el talón de Su Santo Pie derecho". El Gran Poder, como casi todo en ese barrio, es algo bien ligado a mis recuerdos infantiles. Imborrables aquellas primeras visitas a la basílica, sobrecogido en mi pequeñez física ante el rostro renegrido de Dios. Lejano en la memoria aquel vía crucis del 87, sólo la imagen difuminada de una multitud y el Señor por la zona de la Gavidia. Seriedad sobrecogedora de sus negros nazarenos -aquellos que aún no vería horas más tarde con el cirio tiniebla- camino de la calle Pescadores, cuando regresaba tras pasar el palio de Pasión por la Campana...
Recuerdo como en aquella casa de la calle que lleva su nombre, donde el Gran Poder presidía el salón, donde era guardián de cada mesilla de noche, donde la cúpula de su basílica se vislumbraba desde el balcón en cada atardecida de vencejos, me enseñaron a quererlo como lo que es, como le querían allí y como le quisieron quienes ya habían marchado. Me contaron que al llegar a la silla paraba los pulsos, acallaba el bullicio de el Pinto y arrancaba las mejores saetas que podían escucharse en toda la Semana Santa... Cuando por vez primera sentí el frío de la Madrugada en mi rostro infantil pude comprobar que era así. Ya no había Pinto, ni luces apagadas, ni tampoco había tantas saetas, pero su llegada por el Duque, valiente y poderosa la zancada, paralizaba ese universo en que vivíamos por toda una semana.
Ya mayor comprobé que también era así por Molviedro, por el Museo, o por Pedro del Toro, aquella fatídica Madrugada en que sus nazarenos, que siempre me parecieron sacados de la noche de los tiempos, se hicieron humanos ante mí, fruto del temor que todos padecimos en aquella estrechez y que Él pronto calmó con su llegada.
Salió el Domingo al sol de la mañana, junto a su Madre, camino de uno de esos conventos femeninos que salpican su barrio. Ayer por la tarde lo pude ver más cercano que nunca; más aún que en aquel besamanos de San Lorenzo; más que este año sobre su paso, cuando lo vistieron con la túnica de cardos. Señor de una ciudad ante el bello retablo mayor de una iglesia sorprendida por el ajetreo que nunca tuvo. Señor de todos y para todos, pero ahora más que nunca de doce capuchinas que, pese a su cercanía, apenas habían podido verlo más que por estampas y que durante meses rezarán solas ante Él mientras amanece en los claustros.
(A mi amigo El Aguaó, nazareno del Señor de Sevilla).