20 septiembre 2014

Salvador Dorado "El Penitente": mucho más que un capataz


Fue uno de aquellos “siete magníficos”. A decir de quienes le conocieron, le trataron, le quisieron, le admiraron… el más completo de todos ellos; el más técnico y el de mayor personalidad; el más valiente e innovador entre sus excelentes coetáneos. Pero la figura de Salvador Dorado no queda ahí, en el prodigioso capataz de cofradías; fue todo un personaje, no solo para la Semana Santa sino para la ciudad, una ciudad –cainita como pocas– que más de veinte años después de su desaparición aún no ha tenido tiempo de pagarle deuda de gratitud siquiera con una calle.

Nació hace ciento dos años, el 5 de junio de 1912, en un enclave pleno de sabor y de sevillanía: el Arenal, en concreto en la calle Galera. Recibe las aguas bautismales en la parroquia del Sagrario, pero pronto, con solo dos meses de existencia, se traslada a vivir allende el río, a un barrio, el de nuestra hermandad, que le marcará de por vida. Conoció la Triana que la prosa de Chaves Nogales refleja en Juan Belmonte, matador de toros, la de los corrales de la calle Castilla, donde por encima de la innegable humildad, y a ratos la miseria, reinaba la belleza de las flores, la buena vecindad y la cotidianidad de lo humano, valores hoy perdidos como aquellos patios y como la memoria de aquel tiempo. Tras un breve paso por la escuela, el suficiente para algunos años después convertirse en lector de las novelas del Oeste de Marcial Lafuente Estefanía y para rubricar con su firma –que no con una cruz– sus contratos con las hermandades, pronto comienza a trabajar en los tejares del viejo arrabal, aprovechando la enorme fortaleza física que desde niño demostró. Practicó deporte: fue boxeador en las veladas de un cine de verano de la calle Relator. También jugó al fútbol; quienes le vieron cuentan que era un defensa derecho inexpugnable que tras su paso por varios equipos locales –entre ellos el amateur de su Betis– pudo fichar, durante el servicio militar en Madrid, por todo un grande como el Atlético.

Pero su sitio estaba en Sevilla y más concretamente en Triana. Nunca perteneció a ninguna hermandad más que, con el paso del tiempo, a la nuestra de Madre de Dios del Rosario, en cuya junta de gobierno se integró durante varios mandatos. Sin embargo, desde muy joven, apenas quince años tendría, se enroló como costalero de Rafael Ariza, padre de José, abuelo de Rafael y Pepe y bisabuelo de Rafael, Ramón y Pedro. En activo se mantendría hasta el fatídico accidente del palio de La O en 1943, momento en el que iba trabajando en uno de los zancos, permaneciendo debajo tras la catástrofe y propiciando de este modo la salida de muchos compañeros. Entremedio el episodio de la Guerra Civil, condena a muerte incluida tras la finalización de la misma, fruto de su periplo por varios puntos de la geografía nacional como capitán del ejército republicano. Un campo de concentración en Heliópolis, la conmuta de la pena por treinta años de cárcel y el paso por un nuevo batallón de trabajadores, en este caso en La Almoraima, fueron los trágicos precedentes de la libertad de Salvador, que llega a finales de 1940, cerrando así una etapa de su intensa trayectoria vital que merece ser estudiada en otro ámbito más propicio. Tras la boda civil en territorio republicano, llega la boda religiosa con Pepa, su mujer, en el año 42 en San Bernardo. Ese mismo día se bautiza su hija Carmina (clave para la realización de este artículo), que había nacido durante la contienda en Alcaudete de La Jara; Rocío, la menor, ya vio la luz primera en Sevilla. Se establecen en los terrenos del Cortijo Maestre Escuela y el cabeza de familia pasa a ganarse la vida como carrero, repartiendo harina por las panaderías. Del carro pasaría al sector del transporte y de este, durante casi treinta años, al muelle.

Como ya comentamos, tras el atropello del tranvía al palio de La O, Salvador deja atrás su etapa como costalero, años de siete cofradías cada Semana Santa por las que llegaría a cobrar diecinueve duros y dos pesetas, siendo La Macarena la mejor pagadora (diecinueve pesetas más una “tajá” de bacalao y un bollo, en la vuelta por la calle Feria a la altura de la Cruz Verde). Tras un breve periplo como contraguía de Ariza, debuta como capataz en solitario en La Trinidad, en el año 46. Su primer segundo fue Paco Quesada, a quien seguiría su compadre Espejito, además de nombres claves en su trayectoria como Manolo Santiago o Salvador Perales, muchos años junto a El Penitente. Jesús Basterra, actual hermano mayor de Madre de Dios, también acompañó al maestro durante seis años (desde 1974 a 1980). De él recalca su sexto sentido para ver venir los problemas y solucionarlos antes de que acontecieran, reforzando, si era preciso, una delantera dura como la del palio de la Virgen de los Dolores de Las Penas con buenos peones de la trasera del Señor, ya en el regreso de la cofradía a San Vicente.

Llegó a sacar hasta once cofradías en una misma Semana Santa: La Sed el Viernes de Dolores; el Sábado de Pasión, San Juan de Aznalfarache; el Domingo, El Amor; el Lunes, Las Penas; el Martes, Los Estudiantes; el Miércoles, San Bernardo; el Jueves, Los Negritos; la Madrugada, La Macarena; el Viernes, una en La Puebla del Río y una en La Algaba más tarde; por último, el Sábado, El Santo Entierro de Dos Hermanas; al margen, numerosas cofradías de gloria a lo largo del año, tanto en Sevilla capital como en la provincia. Para ello, qué duda cabe, contó con excepcionales costaleros, cuyos nombres permanecen en muchos casos en la memoria de tantos buenos aficionados: El Pi, El Corneta, Vargas, Cerezo, Manolete, Catrafa, Berraquero, Paquillo de Torreblanca… Cuentan de él que daba categoría a la cofradía que cogía y que por ello muchos buenos cofrades a los que contaba entre sus más queridos amigos hicieron lo posible para que tocara los martillos de las suyas. Unos lo consiguieron y otros no, ya que durante años guardó fidelidad a varias hermandades: San Bernardo, Los Negritos, Los Gitanos… La no aceptación de esta última en la subida de una peseta para sus hombres y la insistencia de don Eduardo Miura le llevaron a sacar La Macarena, con una doble salida en 1974 (Madrugada y Domingo de Resurrección, para regresar desde la Anunciación, donde la cofradía se había refugiado por lluvia) que quedará para los anales de la Semana Santa.

Episodio clave en su trayectoria fue la creación de la primera cuadrilla de hermanos costaleros de la Semana Santa de Sevilla, la del Cristo de la Buena Muerte de Los Estudiantes en 1973. Su sobrino-nieto Sergio Barba, que honra la memoria de su tío con el estudio y la divulgación de su figura, además de con su buen hacer en los martillos nazarenos, señala que “siempre fue un innovador”, un hecho a buen seguro propiciado por su procedencia de abajo de los pasos y por no pertenecer, como el resto de “los siete magníficos”, a estirpe alguna de capataces. En esta misma línea se manifiesta Enrique Henares, padre del firmante de este artículo y costalero de aquella mítica primera cuadrilla de la Universidad, quien declara que para Salvador “aquello era un auténtico reto que afrontó con el convencimiento no solo de su feliz consecución, sino también de que de aquel semillero de niños costaleros sacaría un grupo de buenos peones para su cuadrilla profesional”, un grupo que le acompañaría a varias cofradías, como efectivamente así ocurrió con el propio Henares y otros tantos compañeros. Clave para la realización y el éxito de la empresa fue la figura del hermano mayor de la hermandad, Ricardo Mena, uno de esos señores de las cofradías que hoy tanto echamos de menos a la hora de ver regidos los destinos de nuestra Semana Santa. El propio Enrique y Carmina, la hija mayor de nuestro protagonista, coinciden en señalar la profunda amistad e incluso la semejanza en lo personal entre Ricardo y Salvador: el uno, prestigioso médico; el otro, como hemos pretendido reflejar, hombre curtido en mil batallas y experiencias duras, pero en el fondo iguales, incansables trabajadores, valientes y ambiciosos, seguros de sí mismos. ¡Qué pena no tener grabadas sus conversaciones!

Era un hombre simpático, pero que no se andaba con tapujos a la hora de llamar a las cosas por su nombre. Ese carácter le valió algún enemigo, pero también muchísimos buenos amigos. La gran mayoría de ellos desfilaron por la huerta que, junto a su familia, habitó durante años en los terrenos que hoy ocupa el colegio de las Carmelitas de Nervión y más tarde por su piso de la Ronda de Pío XII, además de por la lista de El Portela, en la avenida de Cádiz. Entre ellos se cuenta el decano de los capataces en activo de Sevilla, Manolo Villanueva, que pese a sacar cofradías con Vicente y con su padre (segundo de este) y más tarde con Domingo Rojas, tuvo el privilegio de acompañarle en algunas ocasiones para las que fue requerido por el maestro. Cuenta Villanueva como era un capataz tan completo que en muchos momentos ni siquiera precisaba de un segundo para afrontar la responsabilidad ante los pasos; así ocurrió durante años en La Carretería, cuando en una etapa donde los titulares siempre mandaban los palios, él se iba al Cristo, sabedor de su dureza, mandando a Manolo Santiago a la Virgen. Tampoco rehuyó el reto de la creación de la primera cuadrilla del palio de Los Estudiantes, para Jesús Basterra su gran logro, ya que se trataba de un paso con una parihuela muy pesada y una candelería fundida que “calentaba” de lo lindo a los profesionales; Salvador lo superó con creces, dejando establecida una base que aprovecharía el propio Basterra como responsable de una etapa brillante, difícilmente superable para sus sucesores.

Noble hasta el extremo, su hija cuenta cómo en las juergas llamaba la atención de los señoritos para que aflojaran la cuerda a los cantaores y los artistas que él mismo contrataba, ya que estos al día siguiente tenían que ir, como cualquiera, a “tita Encarnación” (el mercado de la Encarnación). Si así era con todo el que lo necesitaba, cuánto más con sus costaleros, a los que mimaba y apoyaba en cuanto estaba al alcance de su mano. No olvida Carmina aquellas noches de Sábado Santo en las que, tras haber pasado por el banco por la mañana, organizaba de forma minuciosa los cobros de las distintas cofradías y las propinas, en muchos casos propiciadas por aquellas levantás a la música tan características de sus cuadrillas de palio; ni que decir tiene que no faltaban los anticipos para quienes los requerían. Pagaba pronto, el Domingo de Resurrección, siempre con billetes nuevos.

A grandes rasgos, este fue Salvador Dorado Vázquez “El Penitente”, un personaje que marcó una época en la Sevilla de su tiempo, con una trascendencia mucho más allá de la del excelente capataz que fue. Admirado por los cofrades, los aficionados e incluso muchos de sus brillantes compañeros en aquellos años sesenta y setenta, hoy resulta casi un desconocido para las nuevas generaciones, erróneamente adoctrinadas en tantos aspectos relativos a la Semana Santa y en especial en lo que concierne a nuestro gremio, donde algunos pretenden reinventar la historia. Como hiciéramos el año pasado con Rafael Franco y como continuaremos haciendo con todos los grandes de aquella etapa mágica, sirva este artículo de modesto homenaje a su persona y a su papel determinante en el universo de las cofradías.

(Artículo publicado en el boletín de Madre de Dios del Rosario, Patrona de Capataces y Costaleros).

15 agosto 2012

Seis años después


Ha llegado la hora del adiós. Justamente hoy, el día en el que se cumplen seis años exactos de la publicación de la primera entrada, dedicada –no podía ser de otra forma- a la Reina de Reyes. Desde hace tiempo, tengo el convencimiento de que la vida de las personas se sustenta en ciclos y el mío como bloguero está más que cumplido.
Nació este personal altavoz con la exclusiva intención de refrescar mi por entonces aparcada afición a la escritura. Aires sevillanos, tan propios de mis textos ya en la infancia, lo envolvieron desde primera hora. Busqué y hallé en aquella primera etapa lo que quizá nunca debí dejar escapar: una fórmula para reflejar, sin grandes pretensiones y con la mayor brevedad posible, aquello que rondaba mi cabeza. Tiempos felices en la blogosfera –nada que ver con los actuales-, fueron llegando cada vez más amigos y desconocidos que, en varios casos, se sumarían a los anteriores fruto de varios encuentros personales. Poco a poco, sin razón aparente, aquellas breves reflexiones iniciales fueron tornándose en artículos de corte costumbrista, los que siempre soñé publicar. El por entonces Blog de Pregonero se convertía para mi asombro en una bitácora muy seguida. Jamás tuvo contador de visitas, pero muchas fueron las personas que me felicitaban por su contenido, no faltando entre estas algunas a las que admiro profundamente por su excelente labor periodística o escritora, profesional en definitiva. Hasta un alcalde de Sevilla, no muy de mi cuerda, me confesó leerme casi desde los orígenes...
Por todo esto, creció mi autoexigencia a la par que decreció la frecuencia de las actualizaciones. El blog, o quizá mi renovada ilusión por escribir, me habían abierto por vez primera las puertas de un medio de comunicación, al que dediqué casi por entera mi creatividad. Pese a todo, mi rincón cibernético se seguía sustentando de algún que otro fogonazo de inspiración y de artículos previamente publicados en el periódico o en alguna revista o boletín que, amablemente, requería mi colaboración. Muchos fieles, de manera estoica, continuaban ahí; pero serían el nombramiento de mi padre como pregonero y aquel artículo dictado por el corazón los que me devolvieron, efímeramente, a la primera línea bloguera. Tras aquello, vino la segunda gran etapa: un intento, jamás logrado, por regresar a los orígenes; una serie de pequeños cambios y mejoras, de ideas curiosas y de nuevas reflexiones, la mayoría de las veces ajenas a la hasta entonces habitual temática sevillana; e incluso algún que otro artículo en la línea de los de la etapa dorada, mucho mejor escrito que aquellos, gracias a la experiencia, la formación y la influencia siempre positiva de Ana, pero sin el eco que tuvieron los pioneros. Lógico. Por no faltar, no faltó ni un rebautizo, protagonizado por mi nombre y mi primer apellido. Todo fue en balde.
Harto de no tener tiempo ni ganas de satisfacer las peticiones de actualización que varias personas, increíblemente, me siguen haciendo; harto de no lograr sentarme a dar forma escrita a aquello que pienso o que disfruto; y consciente, en definitiva, como apuntaba en el inicio, de que mi etapa como bloguero está cumplida, hoy entornamos las puertas de este blog. Y digo “entornamos” porque queda en la red para que quien, casualidades del destino, se tope con él mientras navega pueda leer lo que en su día contamos y comentamos. Además, todos sus textos se guardan en mi ordenador, algunos con especial cariño y hasta cierta ilusión en que un día pudieran ser impresos en compañía de otros que fueron y serán. Tengan por seguro que seguiré escribiendo, quién sabe dónde y cuándo, pero lo haré. De momento, como mi torero en esta fotografía de Ernesto Naranjo, arrastrando el capote, me voy al burladero.

Gracias de corazón.

27 marzo 2012

La auténtica Semana Santa


Pasan los años, llega una nueva Cuaresma y a su final, cercano cuando esta revista vea la luz, llegará una nueva Semana Santa. Tanto una como otra, a buen seguro, conformarán los días más felices, puede que por anhelados, del año natural de muchos sevillanos. Pese a todo, como en los últimos tiempos, vuelve a quedarnos la misma sensación: estos cuarenta días con sus cuarenta noches, esos tan esperados que darán comienzo en la mañana limpia e incomparable del Domingo de Ramos, siguen siendo infinitamente hermosos, pero no tanto como lo fueron cuando éramos niños o jóvenes imberbes que aprendíamos a amar nuestra Fiesta Mayor.
Resulta curioso que recordemos con nostalgia las Semanas Santas en que, a causa de la edad, apenas decidíamos dónde y cuándo ir; aquellas en las que pasábamos muchas menos horas en la calle y estas, en su gran mayoría, transcurrían para nosotros sentados en una silla de la Campana, por muy privilegiada que fuese. Había concluido una Cuaresma en la que solo la visita a algunos besamanos y a los templos más cercanos a casa en los días finales nos había hecho percibir la realidad; el resto lo habíamos intuido leyendo las páginas cofradieras de los periódicos, o acaso lo habíamos dibujado en nuestra mente escuchando los programas de radio que en distintas emisoras se sucedían desde la tarde hasta la medianoche. Llegaba una nueva Semana Santa y lo hacía el Domingo de Ramos, ya que hasta que el Carmen Doloroso no comenzó a salir el Viernes de Dolores nunca vimos un paso en movimiento antes de este día. Amanecía, despertábamos nerviosos, mucho más que la mañana del 6 de enero, y nos íbamos hacia el balcón para, descorriendo el visillo con la mano, asomarnos a un cielo eternamente azul en nuestra memoria. Hoy seguimos despertando inquietos y varias horas antes que cualquier otro domingo, seguimos descorriendo el visillo para asomarnos al cielo prometido, pero, aun felices y ansiosos por echarnos a la calle, no logramos sentir la plenitud gozosa de los Domingos de Ramos de la infancia. Nos asaltará de nuevo la duda, no en ese día donde apenas hay tiempo para algo más que patear la ciudad y disfrutar de sus nueve cofradías primeras, pero sí cuando, a su conclusión, analicemos la Semana Santa pasada: ¿Por qué nos ocurre esto año tras año? ¿Qué explicación medianamente lógica podríamos encontrarle? No soy ni mucho menos un profundo conocedor de la mente humana y sus vericuetos, pero quizá, como en tantos otros aspectos de nuestra vida cotidiana, simplemente estemos soñando con reencontrar lo que no volverá, ya que su esencia radica en una edad concreta a la que no regresaremos.
Perdida la pureza de la infancia y de la juventud primera, nuestra misión está en buscar la auténtica Semana Santa dentro de la que viviremos Dios mediante a lo largo de los días que se avecinan. Simplemente dejándonos llevar, habrá algunos instantes, algunas imágenes de fuerza sobrecogedora, que nos harán experimentar sensaciones tan gozosas o más que aquellas perdidas. Ocurrió en la tarde, casi noche ya, del Jueves Santo de 2010; tras cinco años como costalero de la primera trabajadera de su palio, quise reencontrarme como espectador con la incomparable Victoria de las Cigarreras; el marco elegido fue la plaza de la Contratación. Apenas habíamos logrado hacernos un hueco en la acera, llegó la Virgen, regia y majestuosa, atravesando entre naranjos camino de la calle San Gregorio; a los sones de dos de las más clásicas y elegantes marchas sevillanas, humedeció mis ojos con su sola presencia. Durante los instantes en que caminé junto a su palio fui incapaz de articular palabra; una mano que no precisa de aquellas para saber qué siento agarraba fuerte la mía. Después de muchas vivencias, no por esperadas y hermosas menos rutinarias, la magia de estos días idílicos me acababa de sorprender… Solo la Esperanza, quién si no, extraordinariamente bella mientras el sol besaba su rostro al darle cara a Omnium Sanctorum una ya lejana mañana de Viernes Santo, había provocado en mí aquella reacción incontrolable que en esta anochecida del Jueves volvería a aparecer.
El paso se alejó buscando la Puerta de Jerez. Fue entonces cuando encontré a un amigo, hermano de las Tres Caídas de San Isidoro para más señas, que acertó a darme la definición más perfecta que de lo que acabábamos de ver podría expresarse: “Esto es la Semana Santa”. Toda una sentencia. Desde aquel día en que la dulce Virgen Cigarrera me anudó la garganta e hizo brillar mis ojos contemplándola temo menos a la ilusión perdida de la infancia. Sé que a lo largo de esas siete jornadas donde cabe una vida siempre surgirá ese instante único y preciso. Pasados doce meses, jamás regresará como tal, pero cuando la luz se prolongue cada tarde de marzo lo seguiremos esperando como el niño que fuimos.

(Artículo publicado en la revista Sevilla Cofradiera).

14 marzo 2012

Recomendaciones gastronómicas: La Reja (Sevilla)


Pese a ser muy habituales de su barra, que es un magnífico lugar para tapear o merendar, nunca habíamos comido en el restaurante de La Reja. La pasada Navidad por fin pudimos hacerlo y salimos más que satisfechos.
Había algunas mesas ocupadas, pero elegimos sin problema el rincón donde queríamos sentarnos. El marco, al igual que fuera, es especialmente acogedor y diferente al de cualquier otro restaurante de la ciudad. Como siempre digo, por esa abundancia de la madera, esa luz medida y ese aire de otros tiempos, me resulta un negocio más al estilo de los viejos bares y cafeterías de Madrid que de los que actualmente podemos encontrar en Sevilla.
Bebimos bien y comimos mejor. La carta es excelente, con una buena variedad en carne y pescado y unos postres estupendos (recordemos que La Reja y la confitería La Campana son establecimientos hermanos). Los entrantes, entre los que no faltan las sopas, casi desaparecidas en los restaurantes sevillanos, pueden complementarse con las medias y enteras de la barra y la terraza. Nosotros apostamos por unos daditos de merluza y unos chocos fritos; los primeros muy buenos, los segundos exquisitos, solo de recordarlos se me hace la boca agua...
El servicio, como en la zona del bar, magnífico: camareros de los de toda la vida, excelentes profesionales, siempre atentos y afectuosos dada nuestra asiduidad a la casa, pero respetando en todo momento el espacio del cliente. De precio muy bien: sin escatimar nada -vino de Jerez para el aperitivo, botella de rosado Marqués de Cáceres, agua mineral, dos raciones completas muy generosas, cuatro platos, postres e infusiones- la cosa no sobrepasó los 35 euros per capita.

13 febrero 2012

Recomendaciones gastronómicas: La Paella Real (Madrid)


Si me gusta escaparme un par de veces al año a Madrid es, entre otras cosas, por los buenos homenajes gastronómicos que puede uno pegarse en la capital. Varios son los restaurantes que tengo anotados en mi lista de favoritos, pero ninguno como esta encantadora Paella Real, situada justo a la espalda de la Ópera y muy cerca de la Plaza de Oriente, lugar idílico para pasear en la sobremesa.
Lo primero que llama la atención al entrar es que parece que no lo haces en un restaurante, sino en una casa particular. Tras un breve recibidor, pasas al salón principal, amplio y con numerosos espejos en uno de sus frontales. Hay otro saloncito pequeño, mucho menos llamativo, en el que he tenido la oportunidad de almorzar alguna vez. Me quedo con el grande, más bonito e igualmente tranquilo, así que pedid en él vuestra mesa al hacer la reserva.
A La Paella, como su nombre indica, y aunque no falten otras cosas, se viene a comer lo que se viene a comer. En estos frentes arroceros, me gusta apostar por los acompañamientos marinos, si es posible sin mucha presencia de bigotudos trabajosos. De este modo, mi favorita y la que siempre pido es la de rape y chipirones, que sirven acompañada de un cuenco con alioli para quien, como es mi caso, guste de pegarle una pincelada blanca al amarillo de vez en cuando. Tengo ganas de probar su arroz negro, que no debe estar malote tampoco con ese alioli tan magnífico; la próxima vez no lo perdono.
De las paredes cuelgan fotografías de famosos que han pasado por allí (en mi última visita, por ejemplo, coincidí con Guti, el ex del Madrid, que compartía almuerzo con su prometida y sus hijos). Se agradece que el hecho de que lo frecuenten caras conocidas no sea sinónimo de endiosamiento y explotación del casticismo, como ocurre por la Cava Baja. Respecto al precio, no es caro para nada, cosa habitual en los restaurantes especializados en paellas y arroces.

27 enero 2012

Aquella noche en "Quitapesares"


A Álvaro

Al contrario que de La Goleta de su hijo, nunca fuimos muy asiduos del negocio de Pepe Peregil. Quizá por eso, me tuve que hacer mayor para que me reconociera como Henares junior y nos saludáramos afectuosamente al encontrarnos con frecuencia por su barrio de Santa Catalina. Al verme, siempre me decía con ese vozarrón que le caracterizaba que cuándo puñetas iban a hacer a mi padre pregonero de la Semana Santa.
Debía ser cierto que tenía muchas ganas de que esto ocurriese, porque la noche en que se hizo realidad el nombramiento llamó a las puertas de un Rinconcillo ya cerrado para abrazar con cariño sincero a su amigo y tomar una copa junto a él y los que a su lado lo celebrábamos gozosos. No tardó en irse, pero nos emplazó a continuar la fiesta en su taberna. Los que la frecuentan saben bien que, llegada cierta hora tardía, Pepe mandaba a “cada mochuelo a su olivo” (por decirlo finamente), dejaba de servir tras la barra y se subía a dormir. Pero ese día sería una excepción.
En la fría madrugada de aquel ya domingo 9 de noviembre, Pepe Peregil cerró la puerta de “Quitapesares” y, casi sin mediar palabra, nos lo cedió como si de casa de cualquiera de los que allí pasábamos un rato inolvidable se tratase. Apenas ese grupo de personas y otras muy cercanas conocían esto que hoy les cuento. En esta tarde triste de enero, que ya presiente la llegada de una nueva Cuaresma, no he podido resistirme a hacerlo público, a modo de homenaje a este buen sevillano que se nos acaba de marchar.
La Virgen de las Aguas lo guarde por siempre en ese cielo azul noche donde se pierde su mirada cada Lunes Santo.

06 enero 2012

El Niño torero

Al Niño que nos nació en Belén hace unos días -o en la Costanilla Alta de San Isidoro, que hay división de opiniones al respecto- los Reyes le han traído una muleta y una espada. Como tantos salones de tantas casas, el Portal es en esta mañana ilusionada escenario de sus juegos infantiles.
Para que luego digan los políticos del Parlamento gallego que la Fiesta de Toros no es para los más pequeños...

24 diciembre 2011

Felices Pascuas

A todos los lectores de este blog, Felices Pascuas de la Natividad del Señor y de los Reyes Magos. Que en 2012 no falte la salud en nuestras casas ni el sol en lo más alto del Domingo de Ramos.

Abrazos y besos.

Enrique

15 agosto 2011

El año que falté


Fue un verano raro el de 1993. Se hizo una gran obra en casa durante el mes de agosto que, junto a mis suspensos -en aquella ocasión más de la cuenta-, impidió que nos pudiésemos ir a la playa los diez o doce días que habitualmente lo veníamos haciendo. Habían pasado los años de La Antilla y no sé si los de Benalmádena; el lugar elegido era El Puerto. Quién iba a decirme por entonces que aquel rincón de la Bahía de Cádiz habría de convertirse más tarde en mi predilección, dentro y fuera de los días estivales...
En ese verano raro, tan raro que ni siquiera vivimos en casa, la posibilidad de bañarnos más allá del Náutico se limitaba a algunos fines de semana. Y el 15 de agosto caía en fin de semana, en domingo creo recordar... La decisión fue dura para todos los Núñez que integrábamos la expedición, pero finalmente nos decidimos por la playa. Tengo grabado el sentimiento, de entre tristeza y extrañeza, que tuve al ver la portada del ABC mientras desayunaba. Recuerdo también leer en él un artículo, firmado por el desaparecido calonge Paco Gil Delgado. Aún lo guardo recortado entre mis archivos, como curiosidad ligada a aquella nostálgica mañana portuense. Desde aquel balcón alto y privilegiado de Vistahermosa, podía contemplar la inmensidad del mar, con la vieja Tacita capitalina como guardiana milenaria allá en la lejanía; podía escuchar el hermoso rumor del Atlántico y sentir la alegre brisa de la mañana fresca. Tenía ante mí, en definitiva, lo que me había llevado días ansiando. Por contra, desde aquel lugar no podía divisar la Giralda, ni escuchar sus campanas cuando la Virgen saluda al sol; cuando gira sobre su propio eje, buscando asomar a cada corazón sevillano; o cuando regresa triunfal a su plaza, apenas una hora después de haber atravesado la Puerta de los Palos. Contemplaba el mar, pero ello conllevaba no poder recrearme en su enigmática mirada de siglos, esa que magistralmente ha retratado hace unos días, en el besamanos, mi amigo Javi Comas.
Nunca falté desde que me alcanza la memoria y nunca volví a hacerlo, pero aquella vez sí. Aquel 15 de agosto solo vi a la Virgen de los Reyes con los ojos del alma, mientras los repiques a Gloria se tornaban en olas tempranas.

10 agosto 2011

Yo estaba allí...

Tú sabes, tío José, mejor que nadie, que quien no vio a Morante y Manzanares el sábado en El Puerto no sabe lo que es la torería...

13 julio 2011

Donde paro en Sevilla


Dado lo mucho que ha gustado, a quienes lo han leído, este conjunto de breves comentarios sobre los bares sevillanos que más frecuento, lo convierto también en entrada ordinaria. Con esto, aprovecho para darle algo de vida al blog, que anda, como casi todos sus hermanos, en una de esas etapas poco activa.
Como ya comenté a mis seguidores twitteros, la idea es ir sumando nuevas barras y restaurantes de mi agrado. No serán solo establecimientos de Sevilla, sino también de otros lugares que visito con relativa asiduidad y en los que, cómo no, también mantengo mis devociones culinarias. Podrán encontrarlos, más pronto que tarde, en la pestaña superior derecha donde está incluido, desde hace un par de días, este mismo texto.
A modo de ilustración, he escogido esta fotografía "rinconcillera" de mi tío Juan. Me resultó propicia a estas calores estivales por el frescor que desprende la imagen de la copa que sirve Fernando.

Estos son mis imprescindibles:

Vizcaíno: En plena calle Feria, esta vieja taberna, paredaña a la capilla de Montesión, tira la que para mí es, sin lugar a dudas, la mejor cerveza de Sevilla. Forma parte del atemporal costumbrismo de la plaza de los Carros, el lugar perfecto para comenzar un mediodía o una larga noche entre amigos. Nunca debería perderse.

Casa Mateo: Sita en la calle Palacios Malaver. Siento debilidad por su Valdepeñas, siempre a una temperatura perfecta. Entre sus tapas, destaca el excelente bacalao rebozado, la especialidad de la casa; su montadito de atún con mayonesa y sus tortillas. No hay nada preparado, todo lo hacen en el instante el bueno de Mateo y su hijo, sordomudos de nacimiento y ejemplos de superación.

El Rinconcillo: Desde 1670 a la sombra de la iglesia de Santa Catalina, por si hay alguien en este mundo que aún no lo conoce. En él me siento como en casa; y es que gente como Carlos y Javier (sus propietarios) o empleados como Fernando me han visto crecer ante su barra. Todo está bueno aquí, desde el pavía a las espinacas, pasando por el arroz, los guisos del día o su inigualable tortilla de jamón. El restaurante de arriba también es de nota.

Becerrita: En la calle Recaredo, muy cerca de donde Enrique Becerra padre abrió el primer negocio familiar, se ubica este restaurante -también es bar de tapas y muy bueno- que pasa por ser el más valorado de la ciudad. No es barato, pero sí agradable, exquisito en el trato y con una carta, basada en la cocina local y regional, inmejorable de principio a fin. El lugar ideal para darse un homenaje.

La Goleta: Esta pequeña y popular tabernita de la calle Mateos Gago, propiedad de mi buen amigo Álvaro Peregil, sigue siendo un lugar magnífico para tomarse un botellín helado con unos montaditos excelentes, entre los que me gusta especialmente el de carne mechá. Puede parecer incómoda, pero lo compensa su personalidad, encanto y la gracia sevillana que desprende su dueño.

La Reja: En un rincón de Sierpes, cerca de la Campana, parece estar sacada de otros tiempos, aquellos a los que retrotrae su estética y la de sus camareros. Distinta a todos los bares y cafeterías del centro, conoció la ciudad sin noche, la de los teatros y a muchos de sus parroquianos actuales con varios años menos. Su carta de tapas es breve y ajena a innovaciones, pero cualquiera que se pidan es recomendable.

Donald: Situado en la calle Canalejas, es otro clásico sevillano. Me gustan sus tapas frías, en especial la ensaladilla y el brazo sanluqueño; y también su mero empanado. En sus paredes abundan las fotografías taurinas; esto y la cercanía con el hotel Colón lo convierten durante la Feria en lugar de reencuentro y de tertulias tras las tardes de toros. En esos días de fiesta, no me busquen en el real, háganlo mejor aquí.

Santa Marta: Junto al pasaje Los Azahares, en pleno corazón de la ciudad, se sitúa este populoso bar donde es posible almorzar con solo un par de tapas. Su tortilla, continuamente agotada y repuesta, es difícilmente superable, sobre todo si la piden con mayonesa. La tapa del día suele alcanzar unas dimensiones más que respetables, sin llegar a las de su conocido flamenquín. No concibo una tarde de compras por el centro que no concluya allí.

Bodega San Lorenzo: Muy cerca de la plaza donde vive el Señor, como recordara un pregonero, encontramos este establecimiento centenario. A él acudo por cuestiones genéticas: mi abuelo era un habitual cuando la conocida en el barrio como “la bodega”, a secas, era aún más pura. Me gusta su tinto frío con sifón, su original aliño de atún y melva con tomate frito y su montadito de jamón.

Casa Manolo: Este de la calle San Jorge es, sin lugar a dudas, uno de mis rincones favoritos de Triana. Con frecuencia, cruzar el puente es símbolo de una visita a Manolo. Entre sus tapas, desde muy niño siento debilidad por su huevo bechamel. Sentado a la mesa, y pese a su carta inagotable, caben pocas elecciones mejores que la de sopa de picadillo y milanesa de cerdo. Comer tan bien y a tan buen precio como aquí no es fácil.

Bodega San Benito: En el tramo de la Buhaira más cercano a Luis Montoto, se sitúa este establecimiento al que Manolo Arias, su propietario y el de otros dos negocios cercanos, ha dotado de un aire diferente al del resto de bares de la zona. La chacina, en sus múltiples variedades, es la estrella de esta barra de la Calzá. Para regarla, cuenta con una interesante oferta de vinos, de diversa procedencia y a precios muy competitivos.

Hermanos G.Hijón: A la vera de donde se alzara la Puerta de Córdoba, en plena Ronda de Capuchinos, encontramos este bar-cafetería, propicio para salvar un mediodía de obligado almuerzo fuera de casa. A su carta fija de tapas y platos -donde mandan en mis predilecciones el pavía y el mantecaíto de solomillo- suman otra del día, en la que no suelen faltar la correcta paella o unas excelentes espinacas. Tienen incluso postres.

20 junio 2011

Bienvenido, Granada

El ascenso del Granada a la Liga BBVA me ha llenado de alegría como creo que nunca lo había hecho el de ningún otro equipo, excepto cuando, como este mismo año, el afortunado ha sido el Betis, claro.
No podía ser de otra forma ya que mis orígenes Henares son granadinos, en concreto de Maracena, un pueblo pegadito a la capital, que es donde nació y vivió sus primeros años mi abuelo Enrique. Por si fuera poco, mi hermano lleva desde septiembre de 2007 residiendo en Granada, en la mismita plaza Nueva, con lo que suelo visitar la ciudad con bastante frecuencia y le he tomado un cariño enorme, sintiéndola ya mi segunda cuna. Descubrir sus calles, sus rincones perdidos, sus bares y sus tapas, a mi ya por siempre querido y venerado Fray Leopoldo... ha supuesto un disfrute inolvidable, además de un refuerzo para un vínculo imperecedero.
A partir de ahora, tendremos además la posibilidad de acudir a su estadio de Los Cármenes a ver fútbol del bueno.
Bienvenido, Granada. Toda la suerte del mundo en tu quinta aventura entre los grandes.

08 mayo 2011

Yo estaba allí...

Dicen que fue una tarde histórica. ¿Quién lo duda? Muchos nos dimos cuenta de que así sería desde el inicio del solemne paseíllo de tres toreros que saben hacerlo como pocos: a la izquierda Julito Aparicio, de azul Estrella y oro; a la derecha José Antonio Morante, de verde Esperanza Macarena y oro; en el centro José María Manzanares, de azul cielo de Domingo de Ramos y oro. Fotógrafos multiplicados ante la elegancia de tres matadores distintos; el incombustible y nonagenario Canito entre ellos, besado por los toreros cariñosamente nada más advertir estos su presencia. La lluvia de solo unos instantes antes daba paso a una tarde de sol primaveral; temperatura perfecta, quizás algo de viento...
Salió el primero de Cuvillo cuatro años después. Muy pronto comenzó a demostrar el gran colaborador que sería. La tarde se iba a fragmentar en dos recuerdos inolvidables: la actuación conjunta, brutal, de José Mari Manzanares y el recital a la verónica de Aparicio y Morante en este toro que abrió plaza. Lógicamente, ha quedado eclipsado por la trascendencia del hecho que vivimos instantes después, pero aquello fue la locura. Comenzó Julio en el recibo, meciendo su capote de vueltas azules en unos lances de indudable inspiración paulista; continuó él mismo tras el puyazo, en un quite que hizo crujir la Maestranza, devolviéndola por un instante a aquella novillada matinal de hace más de dos décadas. Después vino la réplica de José Antonio, y pareció renacer entonces el cante grande de la tarde de Jerez el pasado año, o la histórica de Madrid en 2009. Manos bajas, mentón hundido. Sublime composición. Insuperable...
Como casi todos preveíamos, despiertos ya del sueño capotero, el espectacular cuvillo se fue con las orejas puestas a la gloria de los toros buenos. Como casi siempre, Morante de la Puebla reencontró la mala suerte con sus lotes sevillanos. Por el camino quedaron algunas pinceladas en la faena de más a menos del sobrero que hizo de segundo. Llegará el día, tiene que llegar. A todos los toreros grandes les llega.
Como le llegó a Manzanares... No voy a polemizar aquí sobre el indulto, me parece una pérdida de tiempo. Sí diré que me resultó innecesario, pero no entiendo que se diga que desprestigia a la Maestranza, equiparándolo con ello a otras tantas cosas que sí lo hacen verdaderamente. Ocurrió en un contexto, en unas circunstancias, con un torero y una forma de torear que a muchos nos hace olvidar todo. ¿Qué más da entonces? Borrachera de temple, empaque, majestad, torería, sabor ordoñista... Hilen ustedes una frase siquiera viendo el vídeo para intentar describir lo que allí ocurrió. Yo no he logrado hacerlo. Si bueno fue lo del tercero, muchos disfrutamos aún más lo del sexto, ajenos ya por completo a todo aquello que no fuese la faena rotunda de José Mari, que en un ramillete de series para enmarcar volvió a acompañar, con todo el cuerpo, la dulce embestida de otro excelente toro de Cuvillo...
Faltó poco para que me lo perdiera, pero a Dios gracias no fue así. Yo estaba allí... el día en que Manzanares toreó más despacio de lo que imaginarse pueda y se asomó al Guadalquivir cuando atardece.

16 abril 2011

Mis apuntes cofradieros (y V)

"Y cuando ya parezcan que no faltan más días, llegará la víspera del sueño. Ya sí que todo está dispuesto a comenzar. La belleza de esta noche de sábado, para muchos de nosotros desde muy niños una segunda noche de Reyes, es infinita. Los pasos de las hermandades del Domingo de Ramos en sus preparativos florales constituyen el signo inequívoco de que, apenas transcurran unas horas, por fin nos amanecerá la ilusión de todo un año. En San Julián o en El Porvenir, en El Salvador o en Molviedro, en Los Terceros o en la vieja Ronda, y allá por San Jacinto o en aquel San Juan de la Palma en donde todo arrancó, la luna brillará sin cerco y eso significará que todos los ritos están cumplidos, todos menos el más bello: el de asomarnos, recién abiertos los ojos, al primer cielo de la Semana Santa."

06 abril 2011

Mis apuntes cofradieros (IV)

Al presentar estos viejos apuntes cofradieros, ya les anuncié que, ocasionalmente, publicaría alguno de los escasos versos que he escrito a lo largo de mi vida. Rogándoles, una vez más, disculpen el atrevimiento, les dejo este soneto al Cristo de la Buena Muerte de la Universidad. Hace bastantes años que permanecía guardado en el cajón de lo privado, de donde nunca pensé que saldría.

"¿Qué dulce sangre mana de tu herida?
¿Qué plenitud severa en ti me apena?
¿Qué locura de amor tu sueño llena?
¿Qué cadencia en ti mora adormecida?

¡Qué suprema lección la recibida!
¡Qué caricia tan viva en muerte plena!
¿Qué Postigo de luz, en cal y arena,
enmarcara tu efigie engrandecida?

¡Qué perfecta y preciada tu escultura!
¡Qué suave caída en tu pendiente!
¡Qué leve rigidez en tu estructura!

¡Qué bendito milagro poder verte
y observar tu perfecta arquitectura,
mientras sueñas tu eterna Buena Muerte!"

01 abril 2011

Mis apuntes cofradieros (III)

"Siempre anheló aquel nazarenito de Montesión, que antes de la salida repartía caramelos entre los “ratones” de Rafael Franco, con emular a aquellos hombres de ásperas manos encallecidas y frentes despejadas, a los que los mayores llamaban costaleros y que, a la vez que él cubría su rostro con el negro antifaz de terciopelo, se disponían bajo el palio de la Virgen del Rosario.
Apasionado de la Semana Santa en todos sus aspectos y auténtico cristiano, miraba pese a todo más hacia abajo que hacia arriba al ver pasar un paso. Y es que aquel mundo de las trabajaderas le atraía sobremanera, hasta tal punto que cada Domingo de Ramos, catorce o quince años tendría la vez primera, se acercaba frente a la taberna “El Colmo”, en la Puerta Osario, a ver cómo igualaban Vicente Pérez Caro y Antonio Villanueva su cuadrilla de “pasocristo” antes de marchar al Porvenir.
Aquel niño del barrio de San Lorenzo, hecho ya un adolescente, asistía cada año junto a amigos de su misma cuerda a la lista de los Rechi, allá en la calle Arfe, buscando con ilusión la oportunidad soñada. Sería en 1973 cuando, de la mano de un excepcional Hermano Mayor (Ricardo Mena) y un magnífico capataz (Salvador Dorado Vázquez), les llegó, tanto a él como a otros muchos jóvenes universitarios, la posibilidad de acometer ese ilusionante e histórico proyecto en el que con valentía se embaucó la Hermandad de los Estudiantes."

18 marzo 2011

Yo estaba allí...

Era invierno en Madrid, pero parecía primavera en Sevilla; era Carabanchel, pero parecía Jerez o El Puerto; era Morante de la Puebla, pero parecía Currito de la Cruz...

09 marzo 2011

La esencia perdida


Ultimo en estos días la lectura de un libro para capillitas excepcional: Las Cofradías de Sevilla en la II República (Abec editores), de Juan Pedro Recio. La falta de tiempo y de la calma necesaria no me han permitido devorarlo con la prontitud que acostumbro en esos casos en que lo que tengo entre manos me apasiona sobremanera, pero quizá estas circunstancias han hecho que lo paladee más aún. Desde que la mañana de Reyes apareció, cariñosamente envuelto, sobre la mesa del salón, hasta la tarde de mitad de febrero en que redacto este artículo, he sentido, en no pocas ocasiones, la sensación de que me reencontraba con el disfrute y el aprendizaje sobre ciertos aspectos de la fiesta amada. Hasta aquí nada extraño, dirá alguno, pero es que la descrita, les confieso que era una sensación tristemente perdida desde hace largo tiempo.
Desde muy niño sentí una enorme inquietud hacia todo aquello que rodeaba a nuestras hermandades y cofradías. Las primeras lecciones llegaron de la mano de mis padres y de mi abuela Amalia, si bien en cuanto tuve ocasión –y siempre en la medida de mis infantiles posibilidades, claro está- me fui acercando a todo tipo de publicaciones de diverso carácter. Me convertí a la par en un ferviente oyente de programas de radio cofradieros: el viejo Saeta, de Cope, este año felizmente recuperado; el inconfundible Cruz de Guía, de Radio Sevilla, al que posteriormente estaría un largo tiempo vinculado, primero como participante de su concurso para grupos jóvenes y más tarde como contertulio habitual; El Llamador, de Canal Sur, por aquellos años un magnífico programa de cofradías, ejemplo de radio joven y fresca, personal, pero siempre respetuosa, la antítesis de aquello que es ahora... Junto a estos, otros que pasaron a la historia: programas vespertinos como el Siempre es Víspera, de Antena Médica, mantenido de forma admirable de lunes a viernes durante todo el año; aquellos de la incipiente Onda Cero, o de la desaparecida Radio Voz... Cercana la Cuaresma, el retorno de estas emisiones; de las páginas especiales en los periódicos; de publicaciones diversas que, como hoy pero en menor medida, veían la luz en aquellos días suponían el mejor heraldo anunciador de las tardes templadas de luz más duradera; de las noches de ensayo y montaje de pasos; de los nervios en el estómago, cercana la semana grande...
Poco tiempo después, en plena adolescencia, conocí cómo se vive este tiempo en el seno de una hermandad. Colaboré entonces, durante algunos años, en la puesta a punto de la cofradía. Aprendí, disfruté enormemente, pero siempre extrañé en cierto modo aquellas sensaciones de la niñez. A la par, mi universo cofrade se transformaba. Llegaba Internet, aportando lo bueno y lo menos bueno. Aquello que tanto disfrutaba en el pasado parecía malearse y, lo que es peor, eternizarse hasta perder su encanto. Comprendí entonces que solo es posible reverdecer viejas glorias en algunos rincones, muchos menos que ayer, en los que se halla la Semana Santa con mayúsculas. A veces, un rayo de esperanza, como esta bien documentada, seria y apasionante publicación de Juan Pedro Recio, nos devuelve la ilusión de que algún día, aunque sea solo en parte, el dulce tiempo de la espera recuperará esa esencia perdida.

20 febrero 2011

Mis apuntes cofradieros (II)

"Suele ser a esa hora en que una inexplicable sensación, una luz exclusiva y personalísima, un indeterminado aire de melancolía y una brisa serena y tibiamente fresca nos invaden el alma y los recuerdos, copados por tantas emociones vividas en tan escaso espacio temporal.
Suele ser a esa hora en que, por vez primera, sentimos verdadera conciencia de que lo que tanto anhelábamos se nos empieza a ir muy lentamente, tan lentamente como habrá amanecido este Viernes entre negros capirotes por el viejo Compás de la Laguna; por la estrechez de la antigua calle Capuchinas, cortada de manera sorpresiva por la larga zancada del Señor que todo lo puede; o por un Arenal de blancas capas, humo de calentitos y serrín de tabernas.
Suele ser a esa hora en que la calle que sabe a la ciudad de siempre, la eterna calle Feria, recibe los primeros nazarenos de antifaces morados que anteceden el paso de la Sentencia de Cristo. Suena toda la trompetería de la Centuria por la estrechez cercana a Montesión, mientras San Juan de la Palma se inunda de verdes capirotes de Esperanza..."