
Desde niño, por estos días, tengo una sana costumbre compartida con varios amigos y que a otros les cuesta asimilar. Aún sin tener por qué madrugar entresemana -no es el caso de este año ni de otros muchos- mi despertador suena bien temprano, sábado o domingo inclusive, para disfrutar de los encierros de San Fermín.
La retransmisión de Televisión Española -desde el pasado año me he pasado a la de Cuatro- me hizo familiarizarme durante toda una década, no sólo con los anuncios publicitarios navarros o sanfermineros, sino también con el conjunto de viejas calles de una ciudad norteña -Pamplona- que, aunque sólo fuese por servir de marco a esos encierros con los que, año tras año, arrancaba para mí la temporada veraniega, deseaba conocer.
A veces los sueños se cumplen. Pasada la Feria de 2001, un amigo y compañero en el grupo joven de las Penas nos sorprende diciendo que contamos con alojamiento gratuito para San Fermín en un piso de chicas estudiantes situado en la mejor zona de la ciudad, muy cerca de la Universidad de Navarra. Recién terminados los exámenes de primero de carrera, allá que nos fuimos el 6 de julio (día del chupinazo), con los sacos de dormir, lo justo de ropa en la mochila y un bocata para el tren a cuestas, en un Talgo camino de Zaragoza. Tras un breve paseo por la capital maña, llegamos a Pamplona, a bordo de otro tren lleno de cafres, en la anochecida del primer día de las fiestas. Apenas sobrepasamos las 48 horas allí (el dinero no daba para más), malcomimos y de dormir ni hablamos. Pero, casi sin esperarlo, tuvimos el honor de disfrutar del ambientillo que rodea al encierro y sus preliminares y de las tardes de charanga por el centro, mientras en la plaza se celebran las corridas de toros. La noche, todo sea dicho, se vivió también, pero no me resultó especialmente recomendable. Parecía increíble, pero estábamos formando parte de lo que tantos años llevábamos viendo por la tele, mañana tras mañana de primeros de julio.
Hace poco, por tuenti, vimos algunas fotos de aquellos días inolvidables. Casi irreconocibles, con menos kilos, más pelo y lo que es peor, con sólo veinte añitos, nuestras caras en la calle Estafeta con el pañuelico rojo al cuello reflejaban la felicidad de estar viviendo algo histórico. Es difícil volver, y más aún hacerlo en las condiciones -mucho más cómodas y pretenciosas- en que uno desearía hacerlo ahora. Nunca se sabe... Al menos, mis cinco amigos y yo, siempre podremos decir que estuvimos en Pamplona durante los Sanfermines de 2001.
Nota a posteriori: a Daniel Jimeno, que se dejó la vida en el encierro del 10 de julio de 2009, tras ser corneado en el cuello por el toro 'Capuchino', de Jandilla.