08 mayo 2011

Yo estaba allí...

Dicen que fue una tarde histórica. ¿Quién lo duda? Muchos nos dimos cuenta de que así sería desde el inicio del solemne paseíllo de tres toreros que saben hacerlo como pocos: a la izquierda Julito Aparicio, de azul Estrella y oro; a la derecha José Antonio Morante, de verde Esperanza Macarena y oro; en el centro José María Manzanares, de azul cielo de Domingo de Ramos y oro. Fotógrafos multiplicados ante la elegancia de tres matadores distintos; el incombustible y nonagenario Canito entre ellos, besado por los toreros cariñosamente nada más advertir estos su presencia. La lluvia de solo unos instantes antes daba paso a una tarde de sol primaveral; temperatura perfecta, quizás algo de viento...
Salió el primero de Cuvillo cuatro años después. Muy pronto comenzó a demostrar el gran colaborador que sería. La tarde se iba a fragmentar en dos recuerdos inolvidables: la actuación conjunta, brutal, de José Mari Manzanares y el recital a la verónica de Aparicio y Morante en este toro que abrió plaza. Lógicamente, ha quedado eclipsado por la trascendencia del hecho que vivimos instantes después, pero aquello fue la locura. Comenzó Julio en el recibo, meciendo su capote de vueltas azules en unos lances de indudable inspiración paulista; continuó él mismo tras el puyazo, en un quite que hizo crujir la Maestranza, devolviéndola por un instante a aquella novillada matinal de hace más de dos décadas. Después vino la réplica de José Antonio, y pareció renacer entonces el cante grande de la tarde de Jerez el pasado año, o la histórica de Madrid en 2009. Manos bajas, mentón hundido. Sublime composición. Insuperable...
Como casi todos preveíamos, despiertos ya del sueño capotero, el espectacular cuvillo se fue con las orejas puestas a la gloria de los toros buenos. Como casi siempre, Morante de la Puebla reencontró la mala suerte con sus lotes sevillanos. Por el camino quedaron algunas pinceladas en la faena de más a menos del sobrero que hizo de segundo. Llegará el día, tiene que llegar. A todos los toreros grandes les llega.
Como le llegó a Manzanares... No voy a polemizar aquí sobre el indulto, me parece una pérdida de tiempo. Sí diré que me resultó innecesario, pero no entiendo que se diga que desprestigia a la Maestranza, equiparándolo con ello a otras tantas cosas que sí lo hacen verdaderamente. Ocurrió en un contexto, en unas circunstancias, con un torero y una forma de torear que a muchos nos hace olvidar todo. ¿Qué más da entonces? Borrachera de temple, empaque, majestad, torería, sabor ordoñista... Hilen ustedes una frase siquiera viendo el vídeo para intentar describir lo que allí ocurrió. Yo no he logrado hacerlo. Si bueno fue lo del tercero, muchos disfrutamos aún más lo del sexto, ajenos ya por completo a todo aquello que no fuese la faena rotunda de José Mari, que en un ramillete de series para enmarcar volvió a acompañar, con todo el cuerpo, la dulce embestida de otro excelente toro de Cuvillo...
Faltó poco para que me lo perdiera, pero a Dios gracias no fue así. Yo estaba allí... el día en que Manzanares toreó más despacio de lo que imaginarse pueda y se asomó al Guadalquivir cuando atardece.

5 comentarios:

Romani dijo...

Enhorabuena doblemente: por vivir in situ esa tarde histórica y por ser capaz de describirla tan maravillosamente.

Un consejo: piense seriamente en dedicarse de forma profesional a estas lides cronistas.

Un ruego: no deje de regalarnos con mayor frecuencia similares apuntes taurinos.

Como siempre, será un placer leerle. Un beso.

Enrique Henares dijo...

Poco a poco uno se va cansando de escribir sobre Sevilla, sobre cofradías y sobre tantas otras cosas, pero creo que sobre toros podría estar haciéndolo toda la vida.

Tomaré buena nota del ruego. Respecto al consejo, ojalá fuese posible, siempre ha sido mi sueño.

Kiski dijo...

Me debes mucho

Saludos

Enrique Henares dijo...

Ya te lo dije: el Tremendo en cervezas, jaja!

Agradecido por siempre, don Basilio.

La gata Roma dijo...

Aunque tarde la leo, me ha dado una envidia que no te la imaginas y eso que a Julio Aparicio lo tengo castigado con desdén desde que me regaló una tarde mediocre una San Miguelada de hace ya bastantes años. Pero lo dicho, que envidia, creo que esa tarde fue la que Lombo lloró.

Me uno al consejo y la petición de Romani.

Kisses