09 marzo 2011

La esencia perdida


Ultimo en estos días la lectura de un libro para capillitas excepcional: Las Cofradías de Sevilla en la II República (Abec editores), de Juan Pedro Recio. La falta de tiempo y de la calma necesaria no me han permitido devorarlo con la prontitud que acostumbro en esos casos en que lo que tengo entre manos me apasiona sobremanera, pero quizá estas circunstancias han hecho que lo paladee más aún. Desde que la mañana de Reyes apareció, cariñosamente envuelto, sobre la mesa del salón, hasta la tarde de mitad de febrero en que redacto este artículo, he sentido, en no pocas ocasiones, la sensación de que me reencontraba con el disfrute y el aprendizaje sobre ciertos aspectos de la fiesta amada. Hasta aquí nada extraño, dirá alguno, pero es que la descrita, les confieso que era una sensación tristemente perdida desde hace largo tiempo.
Desde muy niño sentí una enorme inquietud hacia todo aquello que rodeaba a nuestras hermandades y cofradías. Las primeras lecciones llegaron de la mano de mis padres y de mi abuela Amalia, si bien en cuanto tuve ocasión –y siempre en la medida de mis infantiles posibilidades, claro está- me fui acercando a todo tipo de publicaciones de diverso carácter. Me convertí a la par en un ferviente oyente de programas de radio cofradieros: el viejo Saeta, de Cope, este año felizmente recuperado; el inconfundible Cruz de Guía, de Radio Sevilla, al que posteriormente estaría un largo tiempo vinculado, primero como participante de su concurso para grupos jóvenes y más tarde como contertulio habitual; El Llamador, de Canal Sur, por aquellos años un magnífico programa de cofradías, ejemplo de radio joven y fresca, personal, pero siempre respetuosa, la antítesis de aquello que es ahora... Junto a estos, otros que pasaron a la historia: programas vespertinos como el Siempre es Víspera, de Antena Médica, mantenido de forma admirable de lunes a viernes durante todo el año; aquellos de la incipiente Onda Cero, o de la desaparecida Radio Voz... Cercana la Cuaresma, el retorno de estas emisiones; de las páginas especiales en los periódicos; de publicaciones diversas que, como hoy pero en menor medida, veían la luz en aquellos días suponían el mejor heraldo anunciador de las tardes templadas de luz más duradera; de las noches de ensayo y montaje de pasos; de los nervios en el estómago, cercana la semana grande...
Poco tiempo después, en plena adolescencia, conocí cómo se vive este tiempo en el seno de una hermandad. Colaboré entonces, durante algunos años, en la puesta a punto de la cofradía. Aprendí, disfruté enormemente, pero siempre extrañé en cierto modo aquellas sensaciones de la niñez. A la par, mi universo cofrade se transformaba. Llegaba Internet, aportando lo bueno y lo menos bueno. Aquello que tanto disfrutaba en el pasado parecía malearse y, lo que es peor, eternizarse hasta perder su encanto. Comprendí entonces que solo es posible reverdecer viejas glorias en algunos rincones, muchos menos que ayer, en los que se halla la Semana Santa con mayúsculas. A veces, un rayo de esperanza, como esta bien documentada, seria y apasionante publicación de Juan Pedro Recio, nos devuelve la ilusión de que algún día, aunque sea solo en parte, el dulce tiempo de la espera recuperará esa esencia perdida.

6 comentarios:

Enrique Henares dijo...

Artículo publicado en las páginas de los periódicos de Casco Antiguo, dentro de mi columna de opinión cuaresmal "La Venia".

El referido libro lo concluí hace un par de semanas. Muy recomendable. Según he podido ver, ya va por su segunda edición.

Zapateiro dijo...

Parece mentira que la esencia de todo lo que nos rodea en la vida se encuentre siempre en los años de la infancia. Vivimos, aprendemos, tropezamos, mejoramos, analizamos todo cuando cumplimos años y siempre recurrimos a esa mirada hacia atrás, a la pureza de la niñez que procuramos retener sin fisuras en la mente y el corazón.

Enrique yo no sé si se han perdido muchas cosas realmente o es que la percepción que tenemos de la realidad que nos envuelve nos impide ser 'puros'.

Yo siempre recomiendo lo mismo por estas fechas: ser uno mismo, disponerse al disfrute y echarse a la calle anónimamente.

¡Buena Cuaresma!

Juan Antonio ( Amaneceres mios) dijo...

Quizas el problema sea el que el cumulo de sentimientos de la infancia ,que estan sin maldad ,se van estropeando y enviciando con el tiempo.Lo que era felicidad plena algunas veces se torna amargura.Pero yo he solucionado el problema de la esencia perdida.La que perdi yo, la recupero en los ojos d mis hijas cuando van a sacar su papeleta,cuando se colocan la tunica...Ahi esta la esencia ,no esta perdida ,simplemente vive en otros ojos .Y gracias a nosotros...Buena Cuaresma a todos.

No cogé ventaja, ¡miarma! dijo...

Pues estoy de acuerdo con los tres, con la entrada de Enrique, y los comentarios de Rocío y Juan Antonio.
Es verdad que la ilusión y candor de la juventud ayudan a mirar hacia atras con ternura.
También es cierto que las formas actuales dejan mucho que desear y como los jóvenes no tengan muchas ganas, el panorama con el que se encuentran es, casi, descorazonador.
Saludos.

Enrique Henares dijo...

De eso estoy convencido, amigos, el día que vea esa "esencia perdida" en otros ojos seré el hombre más feliz del mundo, mucho más que cuando la sentí. Dios quiera que así sea.

El callejón de los negros dijo...

A partir de los doce años lo que hacemos es buscar lo que ya no vendrá, como esa explicación a pie de paso en una mañana gloriosa esperando una levantá del pasocristo de la Sentencia.

Un abrazo
Antonio