
España está a punto de ganar –¿alguien lo duda?- su primer campeonato del mundo y yo debo ser un bicho extraño, pero esta circunstancia, aún gustándome el fútbol, me provoca total indiferencia; si me apuran, pese a que no me une a la selección holandesa el más mínimo afecto, hasta deseo lo contrario.
Recuerdo que de niño, cuando Sevilla era sede de la selección, me sentía bastante identificado con ella. Disfrutaba ante la tele en los partidos de clasificación –inolvidable aquel gol de Hierro a Dinamarca en el Sánchez Pizjuán, en noviembre del 93- y sufría lo indecible cuando llegaban las grandes citas mundialistas y europeas y “el equipo de todos” siempre defraudaba. Recuerdo aquel partido de cuartos con Italia en EEUU: el gol de Caminero, el codazo de Tassoti a Luis Enrique y el gol de Roberto Baggio que mandó a España de vuelta a casa y nos dio a todos la tarde de playa (en mi caso estaba en La Antilla, pasando el fin de semana). Quién me iba a decir a mí que, muchos años después, si de algún éxito me iba a alegrar en este tipo de torneos iba a ser de los de la Nazionale transalpina...
Pasaban los años y la selección mantenía su tónica habitual ya fuera de Sevilla, con lo cual comenzó a alejarse poco a poco de mis devociones. Decepción tras decepción, llegaban cada dos años, de nuevo, los mismos titulares engañabobos de siempre que harían que le fuese cogiendo cierta tirria al equipo nacional. Aún así me gustaba verlo y, por suponer una excusa para disfrutar de un buen rato con los amigos, me alegraban sus escasos éxitos. Recuerdo, por ejemplo, el Mundial de Corea y Japón con sus extraños horarios. Los días que jugaba España, hasta su polémica caída ante uno de los anfitriones, eran días de fiesta grande en la casa hermandad de San Isidoro, donde alegrías y penas se olvidaban rápidamente en la azotea, con una barbacoa y manguerazos varios en la sobremesa para sofocar los primeros calores estivales. Creo que desde entonces no he vuelto a celebrar un gol de la selección. En la Eurocopa de Portugal y en el Mundial de Alemania empecé a darme cuenta, mientras veía los partidos del equipo nacional, que no sentía lo más mínimo hacia aquel combinado de futbolistas; si ganaban mejor que si perdían, de acuerdo, pero la indiferencia máxima por norma. Cierto es que coincidía esta sensación con una etapa –aún duradera en cierto modo- en la cual tenía ciertas dificultades para tragarme un partido de fútbol completo en el que no jugase el Betis (curioso, porque aguantar noventa minutos de nuestro actual equipo no es comparable al peor de los martirios futbolísticos...). En estas dos citas comienzo a aficionarme a la azzurra italiana, el antifútbol, todo lo que ustedes quieran, pero salvo en esta ocasión, casi por norma, el mejor camino para llegar a la consecución del éxito de forma reiterada, que es de lo que se trata.
Llega la Eurocopa de 2008. La selección de mi país ya no es España, ni “La Furia”, es “La Roja” y la plaza Colón de Madrid ya no es la plaza Colón de Madrid, es “la plaza roja de Madrid”; todo por obra y gracia de esos señores tan simpáticos y respetuosos con el prójimo que son los periodistas de Prisa. La España borrega de la cátedra del Marca nos mortificaba, día sí y día también, con el inaguantable “podemos”. Mientras, el equipo español bordaba el fútbol, como lo bordó el miércoles ante Alemania, como seguramente lo bordará el domingo en la final. ¿Cómo no va a bordar España el fútbol si en su once titular juegan siete tíos del mejor equipo del mundo, al que por cierto odian muchos merengones –de primera o segunda opción- en la mayor parte de los pueblos y ciudades de este país? Lo que en principio suponía un juego, un pique entre amigos para no aparcar nuestra forma dual de entender el fútbol, se convierte en manía persecutoria tras la victoria española sobre Italia en los penaltis de cuartos. En el titular escribo “no me gusta...”, pero aquí, entrelíneas, me atrevo a confesarlo: no soporto a “La Roja”. Lo siento. No me sale quererla. Si durante el año les tengo manía a tipos como Sergio Ramos o Fernando Torres (que es al fútbol un invento como el de Cayetano al toreo), no me sale animarlos porque lleven otra camiseta. No me sale celebrar un gol español de un Carles, antitaurino confeso, que luce el escudo de mi país en el pecho para llevárselo calentito; yo haría lo mismo, que conste, pero no me sale. Mira que a ratos hasta he intentado alegrarme, como me alegro de los triunfos de Nadal, Contador o los chicos del baloncesto, pero nada, imposible, no me sale.
Al menos, este suplicio, este bombardeo mediático, este histrionismo de tantos, sirve para ver en los balcones la bandera española; pero que nadie se confíe. En cuanto la prensa capitalina olvide los éxitos patrios y comience a bombardearnos con la nueva hornada de galácticos madridistas, esa misma bandera volverá a molestar en la caseta del PP en la Velá de Triana, volverá a ser de fachas lucirla en polos y camisas, volverá incluso a quemarse y pisotearse en muchos rincones de la piel de toro... En fin, cosas de este país veleta y esnobista.