
Me tienen que volver a permitir la licencia. Un verano más, este blog de apuntes sevillanos se descubre de nuevo ante el que, estoy cada día más convencido, es uno de los rincones del paraíso, al menos del paraíso terrenal: El Puerto de Santa María.
Desde pequeño siempre sentí especial predilección por la provincia de Cádiz, ese "rincón del Sur" (como lo denominó Juan Posada en su obra "De Paquiro a Paula", sobre toros y toreros gaditanos) donde en un reducido espacio físico tienen cabida multitud de sensaciones distintas, diferentes formas de crear arte y de disfrutar de la naturaleza y el espacio urbano. Quedé prendado de Cádiz bañándome en sus aguas de plata, mientras la atardecida comienza a oscurecer las blancas torres de la Catedral. Pronto descubrí que las olas rompen más antiguas y bellas en la Cruz de la Mar de Chipiona, o que Rota es la playa familiar más hermosa de Andalucía. Pronto valoré Jerez como cuna de tantas cosas y me enamoré de su vino como de ningún otro y pronto también, conquisté las blancas calles sanluqueñas, tan llenas de sabor y si me apuran, de sevillanía, traída por las aguas del Río Grande. Pero, por encima de todo, cuando descubrí El Puerto, hallé ese entorno concreto que todos escondemos, como el más preciado de los tesoros, en el fondo de nuestro corazón. El lugar en el que nos gusta perdernos de vez en cuando, para cargar las pilas, descansar o simplemente disfrutar de lo que consideramos unas minivacaciones perfectas, ya sea verano, primavera o invierno.
Ya de niño llamaba mi atención la vida de sus calles, tanto en las bulliciosas mañanas del verano, como en las noches de velador y pescao frito. Su playa de Santa Catalina, a la altura de Vistahermosa, me sorprendía por su extensión, su mar abierta y ondulada y su visión lejana de Cádiz, encendiendo sus luces cuando la noche comenzaba a cubrir con su negro manto la Bahía.
Pasaron los años y mi afición taurina me hizo acudir en numerosas ocasiones a disfrutar de excelentes tardes de toros en su Plaza Real, la cual pese a su personalidad indudable viene a ser, por distintas razones, como una Maestranza estival. Poco a poco, esas jornadas de toros en El Puerto me hicieron descubrir delicias del calibre del Patio de las Siete Esquinas, personalísimo establecimiento arropado por las bodegas de la zona en que se enclava y por la suya propia; la calle Misericordia, con sus múltiples bares de tapas siempre repletos; las barras exquisitas de Los Portales o de Casa Flores; las madrugadas en La Pontona, con la brisa del Guadalete refrescando; la copa de Miura con hielo en el Santa María, mientras bajan de sus habitaciones los toreros, camino de la plaza; las noches calmas y elegantes en el patio central del Monasterio de San Miguel, un bellísimo hotel cargado de historia...
Hoy lo tengo muy claro, parafraseando a dama "si me pierdo que me busquen..." en El Puerto; en cualquiera de sus múltiples tabernas bebiendo fino de la tierra; en una de esas calles que alternan las casas de cierros bajos con las de balcones palaciegos; en la cubierta con aires marineros de su popular vaporcito...
Como escribió en este mismo blog mi querido calleferia: "José se quedo corto...", quien no ha visto toros en El Puerto no sabe lo que es un día de toros, pero es que "quien no ha visto El Puerto no ha visto ná de ná".
(A mi amigo Migue, compañero de pasión portuense. Para que en los momentos de agobio recuerde siempre que, en un rinconcito de la Bahía, tenemos nuestra válvula de escape).