
Quienes sean lectores de este blog desde sus inicios, o hayan seguido, a lo largo de casi tres años, las “Curiosidades de Sevilla” que he venido publicando en las páginas de
Casco Antiguo, habrán advertido en numerosas ocasiones mi profunda “devoción” por distintos libros y estudios de don Francisco Morales Padrón, fallecido en la madrugada del pasado lunes 15 de noviembre, curiosamente en la misma fecha en que lo hiciera, 41 años antes, otro enamorado de la ciudad, Joaquín Romero Murube. Grancanario de nacimiento, sevillano de adopción, y también de corazón, consagró su vida laboral a la docencia y la investigación americanista en la facultad de Letras de la Hispalense, en la que ocupó cátedra durante 54 años.
Doctores tiene la universidad para loar y reconocer los incontables méritos profesionales del profesor Morales. A título particular, yo le tributo estas sencillas líneas en agradecimiento por tantos buenos ratos que me hicieron pasar las lecturas de algunas páginas de sus libros, descubiertos entre los numerosos de la biblioteca paterna que luce en mi salón. En ella hallé desde un concienzudo análisis de
La Ciudad del Quinientos a su más reciente
Guía sentimental de Sevilla, sin olvidar
Visión de Sevilla, aquel libro que contiene un delicioso recorrido, mitad relato histórico-mitad reportaje periodístico, por el olvidado barrio de San Bartolomé. Ya en mi propia biblioteca, guardo un estudio sobre
Los Corrales de Vecinos de Sevilla que, como he escrito en alguna ocasión, me marcó de tal forma que llegó a convertirme, quizás, en el más joven investigador de esta temática que haya existido. También
Varias Sevilla, una publicación del Ayuntamiento que recopila algunos de sus artículos y conferencias, entre estas últimas la que lleva por título “El barrio de San Vicente y sus habitantes: 1875”, dictada en septiembre de 1975, dentro de los actos conmemorativos del I Centenario de nuestra común Hermandad de las Penas de San Vicente.
Sin embargo, y pese a todo lo destacado anteriormente, puede que sus más hermosos escritos sevillanos se encuentren en ese otro volumen, editado por la colección de bolsillo de la Universidad que, bajo el título de
Sevilla insólita, a muchos, tal y como escribía ayer su compañero de Academia Antonio Burgos, “nos redescubrió nuestra ciudad con ojos apasionados”. Así, permanecerán por siempre en nuestra memoria lectora, capítulos como los dedicados a la Santa Escuela de Cristo; al remanso de paz de las clausuras sevillanas, que visitó junto a los profesores Valdivieso y Morales, como prologuista que sería de la
Sevilla oculta de estos; o ese otro en el que nos descubre un santo para cada día de la semana, recorriendo los templos sevillanos en los que se hallan y describiendo con minuciosidad cada detalle del entorno que observa. No faltan en estas páginas referencias –fundamentalmente en el capítulo “Traslados y esperas”- a una Semana Santa de la que Morales Padrón fue pregonero en 1986. Ni que decir tiene que al siempre complejo mundo de las cofradías no le gustó su alocución, ya que, en la elaboración de su texto, decidió permanecer fiel a ese estilo literario que a muchos de sus lectores habituales nos cautiva profundamente y que no caza precisamente con lo que los cofrades gustan escuchar desde el atril.
Hará unos cinco años, junto a mi primo Juan, tuve el placer de conocerle personalmente en el departamento de Historia de América de nuestra Universidad. Nos lo presentó, con grandes alabanzas hacia su trayectoria, el profesor Mora Mérida, con el que nos entrevistábamos en aquellos instantes con la finalidad de superar unos créditos de libre configuración. Ni él, ni el bueno de don Francisco imaginaron, a buen seguro, la gran satisfacción que me produjo aquel encuentro casual.