
Apenas levantaba unos palmos del suelo, pero sabía de sobra que ese ajetreo vespertino en casa de mi vecino Ignacio Bosch significaba que, en aquella tarde septembrina de domingo, salía de San Esteban la procesión de la Virgen de la Luz. Que la Luz saliera también significaba, casi todos los años, una cosa mucho menos ilusionante, que al día siguiente, lunes, comenzaba de nuevo el colegio. Sin duda, sería entonces cuando le fui tomando cariño a esta encantadora procesión de gloria. En su caso, a ese vínculo afectivo particular que, fruto de la vecindad, sentía igualmente por la Salud y la Alegría se unía el de actuar de inmejorable bálsamo ante lo que se aproximaba tras el largo verano de descanso.
Pasaron algunos años, la Hermandad de la Luz había trasladado su procesión a la noche del sábado. Yo había crecido y ya no tenía que recorrer camino de San Francisco de Paula aquellas calles por las que, apenas unas horas antes, había disfrutado de su paso; pero el cariño continuaba intacto. El día de su salida, como en las dos citas por mayo con las antes referidas Salud y Alegría, estaba bien marcado en el calendario. Aquella noche era la perfecta oportunidad para no moverse del barrio y, junto a algún buen amigo de mi misma cuerda, disfrutar de la procesión y de todo lo que la rodeaba por la estrechez de aquellas calles tan familiares para nosotros.
Continuó pasando el tiempo y aunque prácticamente ningún año falté a mi cita con la Virgen, apenas la acompañaba unos instantes tras su paso por delante de mi casa. Ayer, aun con la Macarena en las calles, volví tras mucho tiempo a disfrutar de mi querida procesión de la Virgen de la Luz por esa misma calle Imperial donde tantas veces me llevaban a verla de niño. Al menos en lo relativo a aquello que me alcanza la memoria, todo estaba igual que entonces: el mismo excelente paso de Castillo Lastrucci junto a los mismos muros palaciegos; la misma luz tenue y los mismos sonidos clásicos en la banda; el mismo corte de cofrades sensibles a estos instantes, embelesados contemplando la hermosa vuelta de la calle Calería...
En las cercanías del Arco, la noche tuvo un inolvidable e inusual epílogo de Esperanza. Pese a todo, hoy me he despertado pensando que tenía que regresar al colegio.